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Reportaje:NIÑOS DEL MUNDO | CÓMO SE HIZO

El mundo de la infancia es un pañuelo

Seis meses atravesando fronteras, veinte países, cuatro continentes. Una fotógrafa: Isabel Muñoz. Cinco periodistas, 19 ONG, un centenar de niños retratados. En el 20º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño, comprobamos que se ha avanzado en el camino, pero que queda mucho todavía por recorrer. Así se hizo.

Una maleta es, además de un misterio, una metáfora del mundo, un elemento perfecto de toda escenografía, un espejo del que la lleva. A la ida, las que transportamos en esta travesía transcontinental de la mano de Unicef a través de 20 países iban repletas de cámaras, unas (incluso aquella pesadísima que se recorrió América entera para hacer una foto submarina); y del peso de la responsabilidad de un proyecto nuevo y abierto, las otras. Muy distinto fue a la vuelta, como veremos. El proyecto Nuestro pequeño mundo, de Unicef y El País Semanal, que se publica en este monográfico, había nacido en un restaurante en Addis Abeba (Etiopía) a finales de septiembre de 2008, tal como recuerda Pablo Guimón, periodista que viajaría luego a Líbano y a India: "La persona de Unicef entonces comentó que en 2009 se celebraba el 20º aniversario de la Convención sobre los Derechos del Niño, que es el mandato que tiene Unicef. Y empezamos a valorar la posibilidad de hacer algo juntos". La idea era mostrar una especie de "estado de la nación infantil", cómo viven los menores justo ahora que se celebra el 20º cumpleaños del documento que recoge sus derechos y que ha sido ratificado por 193 países, llamados "Estados Partes". Dicen en Unicef que, a pesar de los muchos desafíos pendientes, el valor del documento es trascendental: "Ha cambiado el modo en que se considera y trata a la infancia en el mundo. Ha influido en legislaciones, programas, políticas nacionales e internacionales; en las instituciones públicas y privadas, las familias, las comunidades y los individuos, y ha servido de apoyo a importantes progresos en supervivencia, desarrollo, participación...".

El mundo entero recorrido, paisajes únicos, olores, colores…, pero nada comparable al impacto por la gente que hemos conocido

Manos a la obra. Reportaje fotográfico de altura de Isabel Muñoz ("lo más grande que he hecho nunca", dice), acompañada, según dónde y cuándo, de alguno de sus tres asistentes, y de alguno de los cinco periodistas de El País Semanal implicados. En Unicef España se volcaron, llegaron a preparar 235 informes, a enviar un millar de mails, movilizaron a 70 personas de sus oficinas, a 19 ONG de las que apoyan... Había que elegir países, buscar niños, identificar los problemas que les afectan, asignar algún derecho, de los 54 de la Convención, a cada Estado (sabido es que hay países que los vulneran todos, como en un catálogo de desgracias). Seis meses de idas y venidas desde que se tomó el primer avión el 27 de abril, camino de Karlsruhe (Alemania), hasta las últimas fotos en Madrid en octubre. Isabel Muñoz puso a punto sus baterías, que deben de ser de ultimísima tecnología porque siempre andaban cargadas, y se puso en marcha. Uno podía andar literalmente muerto entre dunas, selva, barro o chabolas, que ella daba brincos disparando sin pausa. El número de fotos tomadas es incalculable. Y su calidad. Juramos que nadie la ha visto dormir ni comer, salvo helados (pero sí hablar con su gente especial por el Skype en la madrugada).

Un centenar de personas implicadas y otro tantos niños y jóvenes retratados (algunos no aparecen aquí, y lo sentimos). El mundo entero recorrido. Paisajes increíbles, colores, olores, luces... Pero ni eso, ni el calor agobiante del Trópico, el frío de Nepal, las tormentas de polvo de Lesoto, la lluvias torrenciales de Senegal, las dificultades para entenderse en distintas lenguas, los trayectos insufribles en los atascos de México o el tormento de los aeropuertos han sido nada comparado con el impacto por la gente que hemos conocido.

Allí llegábamos nosotros, blancos, occidentales y ricos, a cualquier barrio pobre de ciudad superpoblada o aldea, escuela o casa con todos nuestros trastos e intenciones... y siempre encontramos puertas abiertas, personas generosas (el personal de Unicef, de ONG, padres de los niños que hasta nos daban de merendar, maestros, conductores, traductores...) que se han prestado, han entendido, han empleado su tiempo en acompañarnos y conseguir algo que quizá ni podrán ver, por no tener dónde ni cómo. Por no hablar de los niños, a los que será difícil olvidar. Trabajábamos. Nos íbamos. Ahí quedaban ellos. Citarlos a todos sería imposible. "Visitamos a gente muy desgraciada, los niños abusados en Filipinas, los de las canteras nepalíes... y sorprendía su alegría, a pesar de la adversidad... Cuando saltamos a Japón, al hiperconsumista Tokio, con su derroche de luces y modernidad, sufrimos un shock. En un par de vuelos, pasamos de la espalda del mundo a un mundo de excesos", cuenta Sergio C. Fanjul de su experiencia en Asia. Y Quino Petit, que se encargó de Europa: "Cada viaje te hace más viejo y, por tanto, un poco menos ignorante. Nunca olvidaré la lección de Victoria, una niña moldava con una discapacidad cerebral que sonríe cada mañana al comenzar su lucha por caminar sin doblar la espalda, por seguir pasito a pasito sin perder ningún curso académico". Rafael Ruiz, que se encargó de África, recuerda de Lesoto: "Tras un viaje interminable vía Johanesburgo, con extravío de equipaje y pérdida de conexión incluidos, nos esperaba una gente tan serena y ensimismada en sus montañas, que nos conmovía cada día".

Hubo incidentes de todo tipo y mucha anécdota. En Uganda, la violencia se respiraba en el aire: "Nos salvamos por sólo dos horas de quedar atrapados en las revueltas de septiembre en la capital, Kampala, y que causaron 15 muertos oficiales". En el barrio de Ciudad Bolívar, de Bogotá, tuvimos que entrar escoltados, por la violencia y lo llamativo de las cámaras. Vivimos mucho momento tenso y desesperado. Y algún homenaje al surrealismo: "La ardua negociación que mantuvimos, de madrugada y congelados, con unos porteadores que trasladaron un piano por las calles de Estocolmo para el simpático atrezo de una fotografía. O esa mañana en un aeropuerto en el que David López subió por una escalera mecánica el carrito de las maletas cargado de cámaras, focos, baterías y equipaje. Al llegar al final de la cinta, como era de esperar, el carrito volcó, y con él, los que íbamos detrás". O en la India, cuenta Guimón: "Isabel quería fotografiar a la niña subida a un elefante. Fuimos hacia un río, donde nos decían que podríamos encontrar, lavándose, a alguno de los que quedan allí. Vimos uno. Negociamos con sus propietarios, una extraña banda de feriantes que nos lo alquilaron dos horas. La niña, Rozi, accedió a subirse. Y Cachán, el elefante, decidió regarnos con su trompa". O en Níger: "Cuando negociamos con un camellero disponer de sus animales un día entero, como fondo de las fotos en las dunas cercanas a Niamey; y con el propietario de unas vacas para que se metieran en el río Níger y posaran para la foto con Nouhou, un niño de la calle. Había hipopótamos en el agua. Las vacas estaban aterrorizadas. Y se logró". O volviendo a la maleta de la cámara acuática: la cargamos en toda la increíble tournée americana, de Estados Unidos a Argentina, cinco países, veinticinco días, nueve aviones... La foto submarina estaba prevista en Belice. Y allí estaba Garbutt, experto submarinista del Caribe con su barco y su todo. El sol era limpio; el lugar, impresionante; el mar, transparente. Pero Tyrel, el niño que debía bucear... no buceó. Se lo pensó mejor cuando apareció una barracuda. La foto se tomó luego en Filipinas.

En esta travesía todos hemos incorporado a nuestro equipaje personal paisajes, nombres propios y experiencias. Pero, sobre todo, comprobamos cuatro evidencias. Una: la entrega de la gente de Unicef y los que en ella trabajan. Dos: la fuerza con la que los niños y jóvenes se enfrentan a su destino por duro que sea. Ese coraje que nos mostró un día Yina, coordinadora de un colectivo juvenil en México. Tras contarle qué tipo de publicación es El País Semanal, el tipo de reportajes que hacemos, sobre mafias, prostitución infantil, emigrantes perdidos en el mar..., ella pregunta: "¿Y nos os persiguen?". "¿Cómo...?", le digo sin entender. "Sí", responde, "¿que si no os persiguen por escribir eso...?". Ésa es su realidad cotidiana. Tres: lo hemos visto de primera mano, de un punto a otro del globo: lo mucho que se hace y lo mucho que hace falta. Y cuatro: cuando la pobreza arrecia, arrastra todo lo demás (guerra, enfermedad, explotación, maltrato...) y a todos. Pero son los más pequeños siempre las primeras víctimas.

"Tuve que dejar de estudiar para dedicarme por entero a buscar y llevar agua a mi casa. Así que paso todo el día haciendo eso para mi familia, casi siempre bajo un sol abrasador. Y, después de todo, sólo recojo 100 litros de agua sucia". Sahoura Mahaman tiene 12 años y vive en Níger, donde sólo el 42% de la población tiene acceso al agua potable, y donde el 60% de las niñas y el 44% de los niños no van a la escuela.

Se cumplen 20 años de la Convención sobre los Derechos del Niño (CDN), adoptada por unanimidad por la Asamblea General de Naciones Unidas el 20 de noviembre de 1989. Es el tratado internacional más ratificado de la historia y recoge los derechos fundamentales de las personas menores de 18 años.

La CDN estableció la frontera entre paternalismo y justicia. Los niños eran seres a los que, por ser vulnerables, se protegía en una u otra medida, pero desde 1989 son sujetos cuyos derechos están reconocidos en un documento jurídicamente vinculante. Desde entonces, todo niño y niña en cualquier parte del mundo debe tener acceso a lo necesario para garantizar su pleno desarrollo, por imperativo legal. En 20 años se han dado pasos de gigante: la mortalidad infantil descendió en un 28%, pasando de12,5 millones de niños menores de cinco años muertos en 1990 a 8,8 millones en 2008. Es un claro ejemplo de avance, aunque la situación aún es inadmisible.

Entre las múltiples causas de mortalidad infantil están las relacionadas con la malnutrición. Una realidad que, en pleno siglo XXI, produce escalofríos y que no sólo existe, sino que ha crecido. El aumento del precio de los alimentos y la crisis mundial han agravado la tragedia de aquellos que viven en crisis permanente. Sin olvidar que cerca de nosotros también hay niños en riesgo de pobreza y exclusión, sea por su origen inmigrante, por el impacto de la crisis o por otros motivos.

Los propios niños ven la situación. En 1992, Severn Suzuki, de 12 años y miembro de la Environmental Children's Organization, lo verbalizó en la Cumbre de la Tierra:

"Recaudamos nosotros mismos el dinero para venir aquí, a 5.000 millas, para decirles a ustedes, adultos, que deben cambiar su forma de actuar. Al venir aquí hoy no tengo una agenda secreta. Sólo lucho por mi futuro. [...] Estoy aquí para hablar en nombre de todas las generaciones: de la nuestra y de las que están por venir. Estoy aquí para hablar en defensa de los niños hambrientos del mundo cuyos lloros siguen sin oírse. [...] No podemos soportar no ser oídos".

Hemos alcanzado cotas de bienestar y desarrollo tecnológico nunca imaginadas. Y se han registrado grandes progresos en derechos de la infancia, hay soluciones para cada uno de los problemas, y aplicándolas se salvan vidas -literalmente-, pero todavía la brecha entre este mundo y el que debería y puede ser es inmensa. Es necesaria la voluntad política.

Detrás de cada cifra se esconde un rostro, una mirada o una sonrisa, un ser humano que con toda probabilidad no llegará a serlo en plenitud.

Si fuéramos capaces de observar esa mirada y escuchar con avaricia su mente y su corazón, podríamos evolucionar mejor como seres humanos, desarrollar nuestra dimensión universal y abrirnos realmente al mundo: podríamos recuperar los valores que en nuestra alocada carrera hacia eso que llamamos progreso dejamos en el camino.

Nos daríamos cuenta de que manteniendo esta situación impedimos el avance de toda la humanidad, porque la verdadera medida del progreso es la forma en la que viven los niños. P

Consuelo Crespo Bofill es presidenta de Unicef Comité Español

Fotografiados Un centenar de niños han sido retratados en este monográfico. Arriba, Isabel Muñoz junto a Andréi Dabija, en el almacén de maíz de su casa, en Moldavia. En el centro, Priya, de siete años, en India. Abajo, plató improvisado en el campo de refugiados de Chatila (Líbano). Oualid Idris Baños entre Tánger y Assilah (Marruecos). Este chaval, de 13 años, era tan líder, que nos puso a todos a jugar al fútbol durante más de una hora; tan hipnótico, que Isabel Muñoz dedicó dos tardes enteras hasta el atardecer a tomarle fotos en la arena y en el agua. De toma en toma Al lado, vista desde una azotea del campo de refugiados de Chatila, en Beirut. Los niños se arremolinaron y se divirtieron de lo lindo mientras se realizaba la sesión fotográfica. A la derecha, en India, Rozi mira con curiosidad el encuadre de la foto. Asistentes de fotografía en el proyecto Nuestro pequeño mundo: David López Espada, Roberto Ranero y Toni Catalá. Tratamiento digital de todas las imágenes: David López Espada.

* Este articulo apareció en la edición impresa del Domingo, 15 de noviembre de 2009