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domingo, 25 de octubre de 2009
Reportaje:

Río de Janeiro. Ciudad de Dios y del diablo

  • Las cifras impresionan. se calcula que unas 100.000 personas trabajan para los traficantes
BERNARDO GUTIÉRREZ 25 OCT 2009
Brasil ha logrado los Juegos Olímpicos 2016 para Río de Janeiro con una candidatura que emocionó y logró superar su principal punto débil: la inseguridad. Entramos en un infierno de 700 favelas, en un campo de batalla entre policías, paramilitares y narcotraficantes, con casi 20 asesinatos diarios.

avela Vila Aliança, zona oeste de Río de Janeiro. Yashmina Barbosa, de tres años, revolotea en el parque alrededor de su abuela, Rosângela da Silva. La Bahía de Guanabará se oculta allá entre un mar de antenas. El paraíso de arena de Copacabana queda lejos. La niña, ajena, juega cerca de la cárcel de Bangú, a la que llaman "la fábrica de monstruos". En algunas paredes alguien ha escrito frases religiosas, evangelistas: "Dios cambia a quien quiere ser cambiado". Abunda la basura desparramada. Rosângela observa cómo el 14º Batallón de la Policía Militar acaba de aparecer. Y, de repente, su nieta yace en el suelo. Todo sucede demasiado rápido. Un proyectil de 7,62 milímetros a 850 metros por segundo entra por la espalda de la pequeña. Cuando llega al hospital Albert Schweitzer, está muerta.

¿Y los desaparecidos? Entre 1993 y 2007 se contaron más de 25.000. ¿Quién los mata y los oculta?

María solloza: "Un día mataron a nueve. Ajuste de cuentas". Pero no denuncia.Los traficantes le dan gas

El joven negro jamaica vendía ropa robada. Luego marihuana y cocaína. Y un día desapareció sin dejar rastro

Cuando fue a recoger su coche robado, dentro había tres jóvenes sin cabeza

Yashmina es una más. Un nombre/número que pasará pronto a la estadística/olvido. Su caso (del pasado 29 de abril) ocupó algunos párrafos en los diarios de Río. Otra víctima de las denominadas "balas perdidas", proyectiles que alcanzan a cualquiera sin detenerse a medir su grado de inocencia. En los últimos tres años (hasta finales del pasado mes de mayo) se han contabilizado 739 balas de tal calibre en Río de Janeiro, según el Instituto de Segurança Pública. Y han segado la vida a 56 personas que, como la niña Yashmina, estaban o pasaban por allí en mal momento.

Nada nuevo. Sólo la punta del iceberg de una estadística brutal: según la Secretaría de Seguridad del Estado, 7.089 personas fueron asesinadas en el Estado de Río de Janeiro el pasado año. Es decir, casi 20 homicidios diarios. Más de un millar, muertos a manos de la Policía Militar. Ya lo decía bien claro el grupo musical Planet Hemp, cuando popularizó aquello de "Sarajevo es una broma, esto es Río de Janeiro".

Y los datos oficiales no reflejan el cuadro completo; ocultan algunas esquinas. Una de ellas, la de los desaparecidos: nada menos que 25.025 entre 1993 y 2007, según la Policía Civil. "Y este año han aumentado", afirma Marcelo Campos, de la Red de Movimientos contra la Violencia. ¿Quién los mata o entierra u oculta?

Habitar en esta "Ciudad Maravillosa llena de encantos mil", tal como Carmen Miranda le cantaba antaño en sus conciertos, significa enfrentarse a uno de los más complejos puzles de violencia del mundo. Significa comprender por qué al trecho de una calle que sube hasta el Morro dos Prazeres (dominada por el Comando Vermelho, la principal facción de narcotraficantes) la llaman "la Franja de Gaza". Por qué el periodista Zuenir Ventura escribió sobre esta ciudad partida donde la Policía Militar vigila las favelas como "si estuviesen en la torre de un campo de concentración". Cualquier día/noche aquí puede convertirse en un infierno. Y no sólo en las zonas de chabolas; también en los barrios de clase media la guerra puede estallar al otro lado de tu ventana. A primera vista, la ecuación es incomprensible. Por un lado, los grupos de traficantes, que forcejean entre sí y luchan contra las fuerzas de seguridad. Por otro, la Policía Militar -corrupta, violenta-, que combate el crimen con técnicas de guerra sin importar la muerte de civiles. La milicia -grupos paramilitares que suplen el gran vacío en seguridad- completa el cóctel.

favela fallet, favela rocinha

Calle del Almirante Alexandrino, barrio de Santa Teresa. Dos de la madrugada. Varios coches de la Policía Militar suben hacia la favela Fallet. Las metralletas sobresalen, como es habitual, fuera de las puertas. Llevan varios M16 (el arma favorita del Ejército estadounidense) y algunos FN LAN (usados en la guerra de Angola). Decenas de jóvenes corren. Otros caminan agachando la cabeza. Los tiroteos son tan intensos que es difícil incluso hablar en el interior de los apartamentos. Algunos vecinos esperan insomnes en la calle. "El Comando Vermelho, la principal facción de traficantes, intenta invadir Fallet, dominada por sus enemigos los Amigos dos Amigos", comenta Ricardo Beliel, uno de ellos. En el trecho de Almirante Alexandrino, que sube hasta la favela dos Prazeres (la citada "Franja de Gaza"), el amanecer llega muchos días con silbidos de plomo.

La geografía/escenario de la guerra carioca se explica bien en Ciudad de Dios, el libro de Paulo Lins que inspiró la famosa película de igual título: "Allí arriba", los morros, las colinas, los pobres. "Allá Abajo", la ciudad, "el asfalto". El libro describe una urbe extrema: el lujo de la zona sur convive con los barrios deprimidos. Por ejemplo, la Gavea chic -donde algunos pagan mil euros al mes para que sus hijos estudien en la Escuela Americana- está cercada por la Rocinha, una de las mayores favelas del mundo. No hay cómo escapar. Y Paulo Lins no contó en su obra que la "ciudad del demonio" no se encuentra en la rica zona sur. Ni en sus favelas. El infierno de esta urbe de seis millones de habitantes (casi doce en el área metropolitana) se alza en Río Norte. Un complejo de complejos de chabolas (Maré, Alemão...) que el vecino de la zona sur ni loco pisa. Las subciudades de Río raramente se tocan. Conviven escindidas.

tres jóvenes sin cabeza

Giuseppe, un profesional independiente, vecino de Santa Teresa, nunca imaginó que el robo de su coche en 2007 se convertiría en la peor pesadilla de su vida. El comisario le llamó para comunicarle que el vehículo había aparecido. Al llegar a comisaría, a Giuseppe casi le da un infarto. Dentro del auto había tres jóvenes sin cabeza. La tapicería, ensangrentada. Casi tres años después, este italiano sólo quiere olvidar. Sacó una conclusión: "Mi coche sirvió de bonde do caixão (equipo de ataúd), una señal para que la facción rival no invada su territorio".

Algunas (nunca todas) claves del susto de Giuseppe y de la bala perdida de Yashima se encuentran en el mapa de la violencia que ha elaborado el equipo de Fernando Gabeira, el candidato ecologista a las elecciones de 2008. El mapa está incorporado a Googlemaps (http://gabeira.com/gabeira43/?tag=violencia). Con un sólo click, los puntitos de colores salpican la geografía de Río. En cada favela tomada por los paramilitares (88) hay un puntito azul. En las dominadas por el narcotráfico (71) hay un color para cada facción. Puntito rojo para el Comando Vermelho. Verde para el Terceiro Comando Puro. Amarillo para Amigos dos Amigos. En la calle/vida, cualquier combinación de colores es mortal.

Así, los tres descabezados de Giusseppe se explican por un choque entre el amarillo (Morro Mineira, Coroa) y el rojo (Fallet). Hasta hace muy poco, el Gobierno de Río no publicaba las estadísticas sobre violencia. Por eso el diseñador André Dahmer lanzó en febrero de 2007 un contador de muertos virtual, Rio Body Count, inspirado en el Irakbodycount que contaba soldados caídos en combate. "O Globo sólo publica un muerto si vive en la zona sur, la sociedad vive de espaldas a la violencia, a sus causas", confiesa Dahmer. El impacto de Rio Body Count fue profundo. André lo desactivó, porque cumplió su objetivo. El Gobierno, desde entonces, publica las cifras de muertes.

Pobreza profunda

Mediodía. Calor abrasador. Las calles del Complexo da Maré -un conjunto de 16 favelas de Río Norte- son un amasijo de polvo, casas de ladrillo y niños descalzos. María da Silva (seudónimo) -mulata, ojeras, camiseta fucsia chillón- habla sollozando: "El otro día estuvimos en el suelo horas, el tiroteo fue pesado". En una cocina desmantelada y sucia, corretean varias ratas. Su hijo, de siete años, mete los dedos en los agujeros de balas de la pared. Juega. "En la Maré no hay paz", susurra. El Comando Vermelho disputa cada calle con el Terceiro Comando. El puntito rojo, en Nova Holanda. Muy cerca, en la favela Timbau, el verde. Las fronteras son móviles. Y los tiroteos, también. La muerte no sorprende a nadie. "Un día mataron a nueve personas, ajuste de cuentas", matiza María. Pero ella nunca denunciaría a los traficantes. Le dan gas cuando no tiene. O "golosinas para los niños". El Estado no existe. La ley es verde. O roja. Tiene nombre de comando.

El ácido escritor Rubem Fonseca anticipaba hace tres décadas en El cobrador la guerra civil que calcina la Ciudad Maravillosa. El protagonista odia a los ricos. Y gritando: "Come caviar, que tu día va a llegar", asesina y se cobra las deudas que la sociedad tiene con él. Bang, bang. Y Fátima Guedes popularizaba entonces una samba-profecía: "Once tiros y no sé por qué tantos, los tiempos no están para niñerías, la realidad no rima". Bang, bang. En el siglo XXI, la realidad, más que no rimar, desafina. Los más de 113.000 habitantes del Complexo da Maré "viven secuestrados por la pobreza y la violencia", según Raquel Willadino, del Observatorio de Favelas. El Índice de Desarrollo Humano (IDH) de la Maré es de 0,722. En Ipanema, que vio nacer a aquella "garota" de "dulce balanceo camino del mar", presumen de estadísticas nórdicas: un IDH de 0,962. En Maré, la esperanza de vida es de 66,8 años. En Ipanema, de 80. "Aquí no hay opciones de ocio, no hay empleo", explica Raquel.

los Traficantes han cambiado

Hace tres años, cuatro traficantes de la favela de Salgueiro apuntaron sus metralletas Kaláshnikov hacia este reportero. Pertenecían al Comando Vermelho. El amanecer tejió un cadáver al borde del morro, un homicidio común. Pero la policía invadió Salgueiro. La guerra estalló. El músico Catra, todo un antihéroe urbano, solucionó la situación con una frase: "Estamos con la comunidad, hermano". Comunidad, sinónimo de favela para sus habitantes, fue la palabra clave para salvarnos.

Llegar a hablar con los traficantes no es fácil. A veces, el contacto apropiado, las frases/palabras adecuadas, se cristalizan en un salvoconducto. Hace dos años, tres adolescentes armados recibieron a este periodista en una favela de Río Norte. Rostros cubiertos, ojos vidriosos en un cuarto claustrofóbico. Uno, que sujetaba una bolsa con droga, se justificaba: "¿Qué vamos a hacer si no hay trabajo?". No tenía más de 15 años. En su brazo, un tatuaje de una serpiente. Su voz era bronca, dura. Pero hueca, forzada, como si tentase aparentar 25 o 30 años. Entró en el tráfico con 11. Su primer asesinato, a los 12. "Yo he perdido la cuenta de a cuántos maté", afirmaba otro con sarcasmo. Todos reían casi al unísono. Un tercero -delgado, fibroso, más silencioso- presumía de ropas caras, de marca, mientras revelaba cuánto cuesta sobornar a la policía: "25.000 reales (unos 7.000 euros) por semana".

María, la reina de la casa agujereada, tenía razón. Los traficantes no son como los de antes, "gente que nos respetaba". Personas como William da Silva, El Profesor, el intelectual izquierdista que fundó en los sesenta el Comando Vermelho con un fuerte componente social. No quedan personajes como Marcinho VP, que garantizó en 1996 la seguridad de Michael Jackson en la grabación del videoclip They don't care about en la favela Santa Marta. Marcinho se convirtió en el Robin Hood de los pobres y protagonizó el documental Historia de una guerra particular, de João Moreira Salles: "Fue lo único que encontré para defender a mi pueblo de la opresión".

Moreira Salles, un intelectual de clase alta, da más detalles sobre Marcinho VP: "Nacido en otras circunstancias, habría sido un líder popular. Quién sabe si un líder revolucionario...". Salles afirma que Marcio dejó el tráfico y marchó a México para conocer al subcomandante Marcos. Llegó a afirmar que fundaría el Movimiento Social Revolucionario pela Favelania. Pero murió asesinado en 2003 en la cárcel de Bangú.

adolescentes atrapados

Marcinho fue una excepción. Un estudio del Observatorio de Favelas, realizado entre los adolescentes del tráfico de la Maré, revela que el 70% no tiene interés político. Ya se acabaron los tiempos en los que se podía hablar de las guerrillas de pensamiento marxista; ahora han sido sustituidas por las violentas mafias de la droga. Eso es lo que son. Sin más vueltas. Y se alimentan de la espiral de extrema pobreza de la gente. "Sus sueños son consumistas", afirma Raquel Widallino, una de las directoras del observatorio. Ni política ni inquietudes sociales. El progresista diputado Fernando Gabeira piensa que los "traficantes ni siquiera tienen fuerza ideológica".

Talys Motta -40 años, vendedor de libros- es el hombre/excepción: conoce los dos Ríos paralelos. Sabe cómo y cuándo entrar en las favelas. Frecuenta fiestas pijas de la zona sur. Pero conoce los códigos de Río Norte. Incluso frecuenta la verdadera "Franja de Gaza", en Manguinhos, mucho más cruda que la de Santa Teresa. De noche, no para en semáforos en rojo. A veces, afirma, "en área de traficantes, la clave es apagar y encender rápidamente las luces". A bordo de su coche destartalado, Talys explica cómo los niños entran en el tráfico como olheiros (vigilantes) o fogueteiros (lanzan cohetes de aviso cuando llega la policía). Evolucionan a vapores (vendedores). "Muchos se quedan en el camino", dice. Durante los dos años que duró el estudio del Observatorio, 45 de los jóvenes fueron asesinados. "Empiezas en el crimen", remata Talys, "y no consigues salir".

Las líneas de separación son casi imperceptibles. Jamaica, un joven negro de la favela Fallet, encarna como nadie al adolescente-que-acaba-delinquiendo. Pisó durante años el "asfalto" de Santa Teresa para vender pantalones, camisetas, objetos robados. De repente, vendía marihuana y cocaína. Jamaica desapareció con 10 reales prestados "para comprar pañales para su hijo". Nunca más dio señales de vida.

Las cifras impresionan: se calcula que unas 100.000 personas trabajan para los narcotraficantes en Río.

Tropa de élite con calavera

Alberto Pinheiro -44 años, ropa negra, brazos corpulentos- es policía militar desde hace 25 años. Habla con energía. Es el comandante del Batallón de Operaciones Especiales (BOPE), "un grupo de 400 policías especializados en el combate al crimen en áreas urbanas". Tropa de Élite, ganadora del Oso de Oro de Berlín en 2008, popularizó este cuerpo. Y creó una gran polémica en Brasil. El BOPE es el héroe de la película. Parte de la clase media comenzó a defender la represión policial. Pinheiro asegura que la cinta "muestra que la vida criminal no tiene glamour y que abominamos de la corrupción". Niega además cualquier abuso: "Quien diga que el BOPE entra en la favela disparando no conoce la verdad".

La palabra de la discordia es caveirão (calaverona). Así bautizaron en Río a los carros a prueba de balas usados por el BOPE, que llevan una calavera pintada. El informe de Amnistía Internacional Ellos llegan disparando denuncia los excesos cometidos a bordo del caveirão: insultos por los altavoces, jóvenes asesinados colgados en los ganchos del vehículo... Tim Cargill, de Amnistía Internacional, afirma desde Londres que "el caveirão criminaliza a toda la población con su presencia". Critica, sobre todo, a la Policía Militar. "Uno de cada siete homicidios los comete un policía". Las cifras/realidad le dan la razón. En 1993, la policía de Río de Janeiro mató, según la Secretaría de Seguridad del Estado, a 1.195 civiles, el doble que todas las policías de Estados Unidos y Europa juntas. La cifra, desde entonces, supera los mil muertos por año.

El sociólogo Ignacio Cano, del Laboratorio de Estudios sobre la Violencia de la Universidad Estadual de Río de Janeiro (UERJ), probó con un informe que el 65% de los asesinados por la policía tenía al menos un disparo por la espalda. "Les llaman autos de resistencia, pero son ejecuciones", indica. Tim Cargill da una pista importante: "Los autos de resistencia blindan a la policía, no se investigan las muertes".

En todo este caldo, 2006 fue un año decisivo. El presidente Lula afirmó que a los traficantes "no se les combate con pétalos de rosa". Y autorizó el envío de militares a las favelas de Río. El punto de inflexión fueron los Juegos Panamericanos (PAN), en julio de 2007. Unas semanas antes de su inicio, la Policía Militar invadió con 1.300 hombres el Complexo do Alemão, uno de los lugares más pobres de la ciudad. La operación se saldó con 30 muertos y 60 heridos. La Secretaría de Derechos Humanos (SEDH) confirmó que varias de las muertes fueron "ejecuciones arbitrarias". Al PAN se le recuerda en Río como el Pandemonio.

"el taxi del más allá"

Antonio conduce el rabecão, una furgoneta de los bomberos militares de Río. El teléfono sonó hace un rato, como cada hora. La Policía Militar le informó dónde recoger el muerto. "Tenemos 40 minutos para retirar los cadáveres de la vía pública", dice. Tiene 30 años. Hace seis que recoge muertos casi a diario. "Viví rebeliones en prisión, masacres". Todavía no sabe que hoy le espera un cuerpo totalmente quemado con un olor insoportable. Hace unos días fue peor: una mujer embarazada con dos tiros en la espalda.

Varias veces al día, "el taxi del más allá" de Antonio (como llaman al rabecão) entra en el Instituto Médico Legal, en la céntrica calle del Riachuelo. Las paredes de la morgue están forradas de fotos de desaparecidos. Marcelo Sampaio, 26 años. Alex Alves, 17 años. Hay anuncios de funerarias 24 horas. "Llegan entre 20 y 30 todas las noches", confiesa un hombre que lleva 18 años repitiendo su ritual: esperar "el taxi del más allá". Empujar el presunto (jamón), como llaman a los muertos. Y dejarlo en el depósito de cadáveres, en fila, a la espera de una autopsia.

milicia, poder paralelo

El sociólogo Ignacio Cano, que ha participado en el libro Seguridad, tráfico y milicias en Río de Janeiro, no duda al acusar a la milicia de fomentar el "neofeudalismo". Para despejar la tercera incógnita de la violentísima ecuación carioca basta con teclear en el Googlemaps de la violencia. La zona oeste está forrada de puntitos azules. Cada favela-milicia, un punto azul.

Vila Sapê, 15.00 horas. Renata -piel negra, mirada incisiva, decidida- camina cerca del portón que separa la favela (punto azul) de la avenida de Bandeirantes. Hay hombres vigilando. Y un graffiti-síntesis: un policía y una frase: "24 horas vigilados". Renata da detalles de cómo funciona la milicia: "Cobran por la seguridad. También por la salud. La televisión por cable pirata (gatonet) cuesta 20 reales. Por las noches, prohibido salir de casa". Esta mujer, que perdió al marido en un tiroteo, explicaba cómo hace dos años la Policía Militar pintó los muros de blanco y conquistó el territorio a los traficantes.

Cano afirma que la milicia representa una privatización perversa de la seguridad pública: "Ha caído el mito de que proporcionan seguridad. Tenemos más de 300 denuncias de tráfico de drogas en área de milicia". Pero nadie como Marcelo Freixo, el diputado que dirigió la comisión de investigación de las milicias, para hacer un perfil del paramilitar made in Río de Janeiro: "Son grupos criminales. Agentes públicos, policías, ex policías, bomberos...". A Freixo, su lucha contra las milicias le ha salido cara. A finales de mayo, la operación Leviatã 2 que desarticuló el grupo del ex policía Fabrício Fernandes se saldó con 18 detenidos. Y desveló un plan para asesinar a Freixo. "Mi vida ha dado un vuelco, mi familia está en crisis", confesaba cuatro días después de saber que estaba marcado para morir.

La ley del silencio. De la mordaza. La milicia no perdona. Freixo destaca que muchos milicianos "son elegidos en las elecciones legislativas". Eduardo Paes, actual alcalde, ganó las elecciones defendiendo al poder paramilitar. El policía Alexandre de Sousa justifica la milicia "por los bajos salarios de la policía". La media está en torno a 1.100 reales, menos de 400 euros mensuales. "Por ello existe la corrupción", explica. Un total de 1.245 policías militares corruptos han sido expulsados desde 2002 hasta marzo de 2008. Implicados en el tráfico de drogas. En la venta de armas a traficantes. En fundar grupos paramilitares para lucrarse.

Río boca abajo

La ecuación está casi completa. El Río Norte tomado por los traficantes. La zona oeste, conquistada por las milicias. En las favelas elevadas de la zona sur, algunos puntos de tráfico. En toda la ciudad, la población pobre a merced de los abusos de uno y otro lado. El vídeo que el Gobierno de Río entregó al Comité Olímpico Internacional ocultaba las favelas. Hasta la histórica Mangueira, pegada al estadio Maracaná. El vídeo no mostraba los muros que están siendo construidos en 13 favelas de Río, "para proteger la naturaleza" (versión oficial). No es que no se haga nada; hay algo de inversión social. En Santa Marta, por ejemplo. Y en la defensa de la candidatura olímpica en Copenhague, el gobernador Sergio Cabral comprometió 2,5 millones de euros para "entregar los Juegos más seguros". "Pero la policía sigue intimidando con armas", afirma Daniel Luz, de la ONG Viva Río. Hasta Jorge Bittar, secretario de Vivienda de la ciudad, confiesa que Santa Marta es sólo una favela. Una de muchas. La Ciudad Maravillosa tiene más de 700 (hace 20 años eran 300). Lo cierto es que en 2009 todo sigue parecido. La clase media, cheirando (esnifando cocaína) en las fiestas de la zona sur mientras el rapero MV Bill entona sus rimas afiladas desde la favela de Ciudad de Dios: "Compras cocaína de mis manos, luego me insultas en la televisión". La mayoría de los cariocas mira para otro lado, no quiere hablar de la violencia. P

F

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