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54º Festival de San Sebastián

Del culto a los vivos y a los muertos

Sorín y Honigmann presentan sus obras sobre Maradona y el cementerio de Père-Lachaise

Carlos Sorín es un veterano de San Sebastián. Aquí presentó Eversmile New Jersey, de 1989; Historias mínimas, de 2002, y El perro, de 2004, por las que obtuvo diversos premios. Ayer fue El camino de San Diego, que concluye, con las dos anteriores, su particular trilogía de la gente noble y sencilla.

San Diego no es otro que Diego Armando Maradona y el filme narra el largo viaje hasta Buenos Aires de un habitante de la provincia de Misiones (Ignacio Benítez), el más entusiasta admirador del futbolista, del que conoce toda su vida, goles, miserias y grandezas. Lleva consigo una gran raíz de un árbol caído en la que sobresale una posible cara del ídolo. Deduce que tantas coincidencias y circunstancias no son sino una señal del destino para hacerle llegar la escultura a quien está pasando uno de sus peores baches, hospitalizado en 2004 por una grave crisis cardiaco-respiratoria en una clínica bonaerense, ante la que se acercan día y noche cientos de admiradores o devotos.

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Explicaba Sorín que en Argentina el componente esotérico e irracional es directamente proporcional a la mala salud económica nacional: a más problemas de trabajo, inflación, etcétera, mayor presencia e influencia de lo oculto. De ahí el auge de las religiones evangélicas o la veneración a personajes como Gauchito Gil. Sorín, que vuelve a rodar con aficionados, nos muestra una Argentina rural en la que no existen malas personas, ni siquiera malos sentimientos. No es tanto una historia del buen salvaje como un compendio de acrisoladas virtudes humanas. Si como parece ser "a la tercera va la vencida", en su caso a la tercera nos damos por vencidos. La ternura que surgía en sus Historias mínimas y, sobre todo, en las andanzas de Bombón, el perro, en El camino de San Diego alcanza un cierto punto de saturación. Demasiada bondad del pueblo llano y sencillo inmersa en una trama bastante insustancial.

La peruana Heddy Honigmann, nacionalizada holandesa, presentó su documental Forever, un homenaje al cementerio de Père-Lachaise, en París, que alberga, probablemente, el mayor número de restos de glorias artísticas por metro cuadrado. Allí están enterrados desde Chopin, Oscar Wilde, Méliès, Apollinaire, Marcel Proust o Modigliani, a Edith Piaf, el iraní Sadegh Hedayat, Ingres, Simone Signoret, Ives Montand, Maria Callas, Michel Petrucciani y, por supuesto, Jim Morrison, además de numerosos seres anónimos, republicanos españoles o víctimas de la represión de la Comuna de París.

Heddy Honigmann tiene tras de sí 20 años de trabajos cinematográficos, mayoritariamente de documentales. En Forever ha querido realizar una película sobre "un lugar donde el amor y la muerte van mano a mano y la belleza vive para siempre".

Su pericia le permite sortear la posible monotonía de las imágenes con esporádicas intervenciones de familiares, visitantes y admiradores, más un añadido impagable: canciones de Montand, Nocturnos de Chopin, la Casta Diva de Norma por la Callas, un tema de la cantautora francesa Danielle Messia y una composición de Petrucciani con su sexteto, más algunos cuadros de Modigliani e Ingres. Si a ello se le suma la tradicional cultiparlancia de los franceses y un punto de humor por parte de la realizadora, el resultado es un buen documental sobre el amor a los muertos y el ansia de eternidad que encierra la belleza.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 24 de septiembre de 2006