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Entrevista:José Saramago | Escritor

"La religión se alimenta de la muerte"

José Saramago (Azinhaga, 1922) publica nueva novela, Las intermitencias de la muerte, según él la mejor desde el Nobel. En ella el escritor reflexiona con humor sobre la imposibilidad de ser inmortal: la muerte es un gran negocio, y no siempre limpio; es difícil imaginar una vejez extrema, y las religiones cristianas se alimentan de la muerte, dice Saramago.

A los 83 años, José Saramago estrena casa y novela. La casa está en un barrio tranquilo del centro de Lisboa y se llama Blimunda, como su recordado personaje femenino de Memorial del convento. La novela se titula Las intermitencias de la muerte y ha sido editada simultáneamente (con una primera tirada de 100.000 ejemplares) en portugués, español, italiano y catalán. El premio Nobel de 1998 presentó ayer el libro (Alfaguara, en castellano; Edicions 62, en catalán) en doble sesión lisboeta; por la mañana, en el Instituto Cervantes, con una videoconferencia, y por la tarde en el teatro nacional San Carlos, durante un acto multitudinario en el que Saramago recibió el afecto de sus lectores, sonó la música de Bach, varias mujeres (entre ellas, su esposa, Pilar del Río, traductora de la novela al español) leyeron fragmentos del libro y Saramago habló de literatura, de vida, de muerte y de política.

"Hay una mirada del narrador mucho más humorística, más que en ninguna otra novela"

"Me preocupa la apatía de la gente, esa crisis de indiferencia que se vive en Portugal"

El autor de El año de la muerte de Ricardo Reis mantiene una relación difícil con Portugal, país que abandonó simbólicamente en 1993 después de que un subsecretario de Cultura del Gobierno de Cavaco Silva impidiera que su novela El Evangelio según Jesucristo representara a su país en un premio literario europeo. Y ahora que Cavaco vuelve al primer plano de la actualidad con la precampaña presidencial, Saramago ha redoblado sus ataques contra "el censor", con la misma energía con la que ha escrito y defiende esta nueva novela, "quizá la mejor desde el Nobel", según afirma.

Las intermitencias de la muerte parte de una idea-catapulta, como todas las novelas de Saramago: en un país imaginario, de repente la muerte deja de matar. A partir de ahí, el relato indaga con ironía, humor, humanismo y pesimismo en esa situación de inmortalidad transitoria que perturba a los poderosos, ilusiona a los ingenuos y acaba revelándose como un caos muy difícil de administrar.

Pregunta. El libro empieza con la frase "Al día siguiente nadie murió" y parece a ratos una sátira, aunque pocos le asociarían a usted con ese género.

Respuesta. No es exactamente una sátira, aunque haya en parte sátira, o mejor quizá crítica, de las costumbres y las instituciones, y las reacciones de la gente ante la muerte y la falta de muerte... La pregunta es: ¿qué pasaría si fuéramos eternos?

P. Y la primera respuesta de la novela es que sin la muerte mucha gente se arruinaría.

R. La muerte es un gran negocio y no siempre muy limpio. Aunque ése no sea el tema principal de la novela, si la muerte desapareciera de repente, si la muerte dejara de matar, mucha gente entraría en pánico: funerarias, aseguradoras, residencias de ancianos... Y eso sin hablar del Estado, que no sabría ya cómo pagar las pensiones.

P. Parece un chiste, aunque la cosa es seria porque la vejez cada vez dura más.

R. Es serio, sí: sólo pueden pagar las pensiones hasta el 2015; a partir de ahí no sabemos. Ésa era en parte la idea de la novela, con el aire de estar divirtiéndonos, hablar de algunos temas serios.

P. Más que con ironía, con sarcasmo, lo cual también parece nuevo.

R. La ironía no es nueva en mis libros; yo creo que de una manera o de otra, agresiva, activa, directa o menos, está en todo lo que escribo. Lo que es nuevo es el humor; hay una mirada del narrador mucho más humorística, más que en ninguna otra novela, o eso dicen al menos algunas personas que parece que se han carcajeado con el libro.

P. El humor suele venir bien para hablar de cosas tan trascendentes como la muerte.

R. La verdad es que no lo hice de una forma deliberada; simplemente, salió así; y he de confesar que me he divertido mucho escribiendo sobre un tema tan serio como la muerte. Aunque ya se sabe que con la muerte no se puede uno reír mucho, porque es ella la que acaba riéndose de nosotros. Es mejor pensar que la muerte no es una entidad ni una dama que esté ahí fuera esperándonos, sino que está dentro de nosotros, que cada uno la lleva dentro, y cuando se ponen de acuerdo el cuerpo y ella, se acabó...

P. La novela trata también sobre la imposibilidad de la inmortalidad.

R. Es que la inmortalidad sería un horror; aunque uno viviera 20 años de niñez, 50 de adolescencia y 80 o 90 de madurez, la vejez acabaría llegando, y a partir de ahí empezaría el drama. ¿Alguien se puede imaginar una vejez eterna? Mejor no imaginar esa vejez extrema, mejor pensar que morir no es ningún acto heroico, sino una cosa de lo más corriente.

P. ¿Es ahí cuando aparece el Saramago pesimista?

R. En este caso, nada pesimista, sólo rendirse a la evidencia.

P. Y ese violonchelista que se enamora de la muerte encarnada en mujer sin saber quién es, ¿siente algo de lo que siente usted?

R. Si miro atrás, en todas mis novelas el protagonista es un hombre solo; éste también, y además es muy tímido, no tiene familia... Yo nunca he vivido solo, y nunca me ha gustado meter mis experiencias personales en las novelas.

P. ¿Cómo surgió la idea de ésta?

R. Estaba en Madrid, releyendo a Rilke, y no sé si por sugerencia directa del libro, Los cuadernos de Malte Laurids Brigge, o no, cuando lo acababa de dejar a un lado, la idea se presentó. Siempre sucede así, por eso digo que quizá ésta sea mi última novela, porque yo no escribo cualquier cosa, necesito que primero venga esa idea. Pensé: ¿y si la muerte no fuera capaz de matar a una persona determinada? Ése fue el embrión, la selva. No pensé al principio en que la muerte hiciera huelga en un país entero, que es al final lo que ocupa la primera parte. Eso vino después, al inventar una situación general.

P. Para recordar, entre otras cosas, que la idea de la muerte contribuye a que perdure el poder de la Iglesia.

R. Peor que eso. El problema de la Iglesia es que necesita la muerte para vivir. Sin muerte no podría haber Iglesia porque no habría resurrección. Las religiones cristianas se alimentan de la muerte. La piedra angular sobre la que se asienta el edificio administrativo, teológico, ideológico y represor de la Iglesia se desmoronaría si la muerte dejara de existir. Por eso los obispos en la novela convocan una campaña de oración para que vuelva la muerte. Parece cruel, pero sin la muerte y la resurrección, la religión no podría seguir diciendo que nos portemos bien para vivir la vida eterna en el más allá. Si la vida eterna estuviera acá...

P. De momento, acá está Cavaco Silva de candidato a presidente.

R. Sí, y su aparición me ha obligado a desenterrar el cadáver de aquella censura que me ocurrió siendo él primer ministro. Su Gobierno hizo una cosa propia de una dictadura fascista. Por eso apoyaré a Mario Soares si hay una segunda vuelta. Aunque mi candidato es Jerónimo de Sousa, del Partido Comunista, si Cavaco llega a la segunda vuelta con Soares, votaré a Soares. Lo que me preocupa más es la apatía de la gente, ese desánimo, esa crisis de indiferencia que se vive en el país. Parece mentira que sea el mismo pueblo que hace 30 años era el más combativo de Europa.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de noviembre de 2005