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Reportaje:

El arte de lady Foster

Psicóloga, investigadora, profesora, fenómeno televisivo en los noventa con 'Hablemos de sexo', Elena Ochoa contrajo matrimonio en 1996 con el arquitecto Norman Foster. Y rompió con su vida anterior. Hoy edita e inspira algunos de los libros de arte más bellos y caros del planeta.

Una mañana de 1997, mientras daba clase en el King's College, en Camberwell, un distrito deprimido del sur de Londres, lady Foster decidió dar un giro a su vida. En realidad, el gran crack había ocurrido unos meses antes, el viernes 20 de septiembre de 1996, fecha en la que contrajo matrimonio con Norman Foster (Manchester, 1935): uno de los arquitectos más importantes del planeta; autor de proyectos como la torre de comunicaciones de Barcelona, el metro de Bilbao, la sede del HSBC en Hong Kong, la cúpula del Parlamento en Berlín o el viaducto de Millau, en Francia. Un hombre hecho a sí mismo, deportista, piloto de reactores y helicópteros, ennoblecido por la reina y Tony Blair y con una fortuna que el diario The Guardian calculaba en 60 millones de euros. Todo un personaje.

"Pero ese día yo estaba triste: Norman se había marchado a Hong Kong para ver las obras del aeropuerto de Chek Lap Kok y no había podido acompañarle. Empezaba a darme cuenta de que mis clases en la universidad, mis investigaciones sobre el alzheimer, todo lo que había sido mi vida desde los 18 años era incompatible con su trabajo. Vivir con Norman supone estar hoy en China, y mañana en Estados Unidos, y pasado en Francia. No hay vacaciones. Al menos, no como las entiende la mayoría de la gente. Y me dio por pensar: ¿qué pintas aquí?, ¿para eso te has casado?, ¿para estar cada uno en una punta del mundo? ¡Se acabó! Dejé de golpe 20 años de disciplina académica para estar a su lado. Y rompí con el pasado".

-¿Se lo pidió Foster?

-Nunca. Nunca me dijo nada. Salió totalmente de mí.

Camberwell sigue siendo aquel barrio frío e inhóspito en el que trabajó durante un año. El taxi lo cruza en dirección al estudio del escultor Anish Kapoor, autor del último libro editado por esta mujer que viaja en el asiento trasero: lady Elena Foster, nacida Elena Fernández Ferreiro López de Ochoa (Orense, 1958), profesora de psicopatología en excedencia y antigua estrella de la televisión. Hubo un tiempo en que fue un auténtico fenómeno mediático en nuestro país. Aquella doctora Ochoa que explicaba la sexualidad a los españoles a comienzos de los noventa. Parece que han pasado siglos.

Camberwell es un lugar poco recomendable para hacer turismo, pero refresca la memoria de lady Foster. Viste de negro. Sin maquillaje ni joyas. Sólo un Chopard de plástico rojo en la muñeca a juego con sus botas de ante. "Dejé la universidad de un día para otro. Fue como empezar de nuevo. Por primera vez en mi vida me dediqué a no hacer nada. Era fantástico viajar con Norman por todo el mundo y tener tiempo para leer y conocer gente. Pero llegó un momento en que me apetecía meterme en algo más".

Lady Foster necesitaba un reto. Sin ellos está perdida. Sin ese cóctel de perseverancia, disciplina y ambición que estructura su biografía. Ya lo confesaba en una entrevista realizada por Sol Alameda para el El País Semanal en 1991: "Quiero ser una de las mejores en mi profesión". Ser la mejor. De lo que sea. Investigadora o ama de casa, psicóloga o editora. Elena Foster necesita metas. Genio y figura. Más aún viviendo en un intenso micromundo, el estudio Foster and Partners, donde las luces nunca se apagan. 600 arquitectos de todas las nacionalidades trabajan por turnos 24 horas al día. No es un reclamo publicitario.

Estaba lady Elena sumida en sus dudas hasta que un día se las confió a un personaje clave en la biografía de Norman Foster: sir Robert Sainsbury (1906-2000), un acaudalado propietario de supermercados y gran impulsor del arte contemporáneo en el Reino Unido. Una figura de novela. Ya en los años treinta, Sainsbury protegió al mítico escultor Henry Moore, renovador de la escultura moderna; veinte años más tarde hizo lo propio con la carrera de un pintor casi desconocido, Francis Bacon, que llegaría a ser un icono del arte contemporáneo. En los círculos patricios de la City se comentaba con sorna que el antiguo tendero Sainsbury, "además de vender bacon, compra ahora bacons".

Sainsbury construyó una enorme colección de arte con obra de Picasso, Giacometti, Moore o Modigliani. A comienzos de los setenta contrató a un joven arquitecto inglés para que diseñara un edificio que la albergara. Era Norman Foster. En 1977 nacía el Sainsbury Centre for Visual Arts, en Norwich, uno de los proyectos de acero y cristal ya clásicos en su trayectoria. "Ese edificio fue un espaldarazo para Norman. Los Sainsbury le ayudaron mucho", describe Elena. Para la crítica británica, "Sainsbury convirtió a Foster en un artista contemporáneo y acrecentó su fama de arquitecto eficaz, de ser capaz de solucionar cualquier problema técnico. Sainsbury le catapultó al mercado global. Su siguiente obra fue la sede del HSBC, en Hong Kong, que le colocó en la primera división mundial de la arquitectura".

Lejos de la siempre difícil relación cliente-arquitecto, Bob Sainsbury y su mujer, lady Lisa, se convirtieron en unos segundos padres para Norman Foster. Una relación que duraría hasta la muerte de Sainsbury. "Y cuando yo llegué a Londres, huérfana de padre y madre, Bob se portó también conmigo como una figura paterna", recuerda Elena Foster. "Una noche, durante una cena, le dije que había dejado la universidad y que estaba un poco perdida. Quería hacer algo, pero no sabía bien el qué. Y me contesto:

-Amas los libros y amas el arte. ¿Por qué no unes tus dos pasiones? Hazte editora. Puedes crear libros maravillosos y tener acceso a todos los grandes artistas.

-Pero no tengo ni idea del mundo de la edición. Soy una aficionada.

-Cuando yo empecé mi colección, tampoco sabía nada de arte. Estudia. Viaja. Aprende. Tienes todo el tiempo del mundo.

-¿Y cómo sabré lo que es bueno?

-Guíate por tus tripas".

Esa noche, lady Elena Foster decidió hacerse editora de libros de artistas. En los meses siguientes, con espíritu universitario, visitó los talleres de los mejores artesanos de la edición. Se sumergió en procesos ancestrales de fabricación de papel en China, Japón, Francia, India. Contactó con pequeños impresores y encuadernadores. Familias en el oficio durante generaciones. Lady Foster no quería hacer cualquier libro. Quería hacer los mejores. Así lo recuerda el padre del land art, Richard Long (Bristol, 1945), al que lady Foster publicó en 2003 Walking and sleeping: "Elena me desafió. Su ambición era que hiciéramos el mejor libro de mi carrera. De mis sueños. Como soy un optimista, acepté. Ése ha sido también su reto con otros artistas: hacer libros que profundicen en nuestro interior y sean imposibles de mejorar".

-¿Cómo es trabajar con Elena Foster?

-Tiene las ideas claras y sabe cómo hacer un libro. Y eso es básico en un editor. No sabe mucho de arte, pero está aprendiendo deprisa. Ella es, sobre todo, una psicóloga. Y con ella me ha salido el libro más satisfactorio de mi vida. Tardamos más de dos años. Nada es simple ni rápido con Elena. Le da muchas vueltas.

Un paso adelante en el mundo editorial. Con obra original. Como los dibujos hechos con los dedos y barro del río Avon por Richard Long. O las heridas a lápiz de Anish Kapoor. Hasta ahí, nada nuevo. La novedad de Elena Foster es el concepto. Los soportes de sus libros pueden ser escultura, pintura, fotografía, vídeo… Obras de arte que ocultan obras de arte. Libros que no son libros. Al menos, que no lo parecen. Tiradas mínimas. Menos de 50 ejemplares. Y precios elevados. Entre 40.000 y 80.000 euros. Un proyecto basado en la confianza entre el artista y su editora. En la química. Sin contratos ni tiempo límite. "Cada libro es como empezar una relación amorosa en la que no sabes hasta dónde vas a llegar. Tiene que haber afinidad psicológica. Si no existe esa confianza, simpatía, afinidad cultural, el proyecto no sale. Lo importante es crear algo nuevo. Que sea una representación fiel del artista. Que perdure en el tiempo. Trabajamos sin prisas ni esquema previo. Siempre dispuestos a explorar nuevos métodos. Ellos tienen una idea y yo la materializo. Es un proceso de tensión muy fuerte. A veces cuaja y a veces no. Con un artista he estado seis años de conversaciones y no hemos llegado a nada. Aquí lo difícil es sobrevivir a cada libro".

En 1997 nacía Ivory Press.Con dos personas en plantilla: una secretaria y una directora. Y sede social en una pequeña oficina perdida en el edificio acristalado que alberga el estudio de arquitectura Foster and Partners y el propio hogar de los Foster. Un despachito blanco y luminoso con un escritorio diseñado por el arquitecto y montañas de prototipos de libros. No hay sitio para más.

Con Ivory Press, Elena Foster comenzaba un largo camino. De los que a ella le seducen. "Soy muy perseverante, y para llegar al final con éxito es fundamental no saltarse los tiempos. Soy impaciente, pero perseverante. Y en este negocio es básico no tener prisa".

En alguna ocasión, Elena Foster ha resumido su particular filosofía de la existencia en esta frase: "La vida ha de andarse con pasito corto, mirada larga y dientes de lobo". Se ríe. No lo niega. Le gustan los obstáculos. Más aún, superarlos. "Es como un examen final que apruebas tras pegarte una empollada: estás agotada, pero feliz". Así ha sido su vida. Una carrera en busca del éxito. Internado con las monjas de A Coruña (a ver si doblegaban a la díscola Elenita Fernández), brillante carrera de psicología (complementándola con una intensa vida social), becas en las universidades de Chicago y UCLA (un chapuzón de soledad), oposición a profesora titular de psicopatología, estudios sobre la esquizofrenia, publicaciones, radio, televisión (que odiaba y fue un bálsamo tras la prematura muerte de su madre), investigación del alzheimer, Cambridge (junto a su primer marido, el escritor Luis Racionero). Foster. Londres. Ivory Press.

Esta Elena Foster no es aquella Elena Ochoa que conocimos en 1990. Han pasado 15 años. Pero visionando en la Redacción de Informativos de Televisión Española algunos de sus viejos programas de Hablemos de sexo, al periodista lo que realmente le sorprende no es cuánto ha cambiado ella, sino cuánto han cambiado los españoles. Ella, en apariencia, es la misma: bella sin alardes y dotada de un discurso doctoral adornado con profusión de citas. Lo peor de Hablemos de sexo no era Elena Ochoa; lo peor eran esas caricaturas de (se supone) típicos ciudadanos españoles de 1990 (el gallego, el facha, el gracioso, el cheli, la puritana) lanzando sobre la doctora Ochoa sus celtibéricas dudas sobre la sexualidad. Especímenes perdidos en la noche de los tiempos.

Ella ha cambiado para mejor. La Elena Foster que recibe en la puerta de su hogar, en Hester Road, en la cima de un edificio de cristal y acero en caída libre sobre el Támesis, bajo la mirada de un Lenin firmado por Warhol, es más cálida, humana, relajada de lo que fue aquella Elena Ochoa. Conserva la cabellera rojiza. Viste de negro, Prada style y afilados tacones de Blahnik. No se separa de sus coloristas gafas de leer, que encarga y pierde continuamente. Tiene una sonrisa menos mecánica que la que la condujo al estrellato. Ya no parece alterarla la premura del éxito: ella es sinónimo de éxito. En la upper class global se la considera única. Una latina inteligente y generosa. Culta. Presidenta del International Council de la Tate Modern, el museo de arte contemporáneo más importante del Reino Unido. Partícipe del éxito actual del arquitecto Norman Foster. "Son un buen equipo", define Pedro Girao, vicepresidente de la casa de subastas Christie's. "Es un huracán de ideas, y él la respeta". ¿Qué opina Foster de Ivory Press? Ella contesta:

-Norman no tiene nada que ver con Ivory. No se mete en nada.

-¿En nada?

-Bueno, hablamos de su trabajo y del mío, como cualquier matrimonio. Y él me consulta y yo a él. Él tiene la curiosidad, el gusto por lo nuevo, por descubrir cosas, de un chico de 20 años. Y tiene hijos de 40.

-Usted lleva por matrimonio el apellido Foster. ¿No le preocupa que, si se da un batacazo, eso afecte a la imagen de su marido?

-El apellido Foster es un peso, pero no más que mi apellido de soltera. Siempre me preocupó que mis padres estuviesen satisfechos de mi trabajo, de no deteriorar el nombre de mi familia. Con el apellido Foster es lo mismo. No me quita el sueño.

-¿Cómo se conocieron?

-En una cena que daba el arquitecto Miguel Oriol en su castillo de Toledo, en octubre de 1994. Estuve a punto de no ir. Insistieron. Cuando llegué, debía de haber 200 invitados; los hombres, vestidos de oscuro. Todos menos uno, que llevaba un traje de pana beis. Nos sentaron juntos. Era Norman.

El flechazo fue instantáneo. Dos bichos raros. Ambiciosos, perfeccionistas, sofisticados y solitarios. Seguros-inseguros. Convencidos de que uno vale lo que vale su último trabajo. Dos outsiders. El niño pobre de Manchester que se pagó la carrera trabajando como portero de discoteca y la gallega de familia conservadora que rompió moldes hablando de sexo por televisión. Hoy tienen dos hijos, Paola, de seis años, y Eduardo, de tres. Sus juegos y llantos se escuchan desde la oficina de su madre. El niño lleva el nombre de su tatarabuelo, el general López de Ochoa, otro outsider: masón y republicano, fue, sin embargo, el encargado de reprimir la Revolución de Asturias, en 1934. Cayó asesinado en Madrid en los primeros días de la Guerra Civil. Nieta y bisnieta de generales, Elena Foster saca a relucir de vez en cuando el ramalazo castrense de la familia. "Es difícil tener a gente tan dispersa como los artistas concentrada. Ése es mi trabajo, perseguir, fustigar, agitar sin llegar a ser pesada". Puede ser un sargento. Lo confirman sus editados.

Pero esta noche no hay tormenta.

Esta noche es su noche. Saxo en directo, proyecciones en pantalla gigante, sushi japonés, pequeñas brochetas mediterráneas y británicos fish and chips puestos al día. Inmaculado confort de alta tecnología. Universo fosteriano. Muchos libros. Pocos muebles. En el inmenso salón de Hester Road -decorado por un impresionante mural de 60 metros cuadrados de Richard Long, titulado Waterfall lines, y con la ciclópea sede de la aseguradora Swiss Re, el rascacielos bautizado por los londinenses el pepinillo, obra de lord Foster, recortándose en el horizonte-, lady Foster tiene una palabra, una sonrisa para cada invitado. Sin empalagos. Ya sea el diseñador Terence Conram, el modista Tom Ford (ex Gucci), el playboy Tim Jeffries (ex Claudia Schiffer), el director de la Tate Modern, Vicente Todolí, o las riquísimas Miller sisters, Alexandra y Marie-Chantal, esta última casada con el príncipe Pablo de Grecia.

Más allá del burbujeo social, la mansión de los Foster -que Kosme de Barañano, ex director del Instituto Valenciano de Arte Moderno, define, mientras paladea su gin-tonic, como "el mejor salón de Europa"- es una cátedra de arte contemporáneo en vivo. Esta noche, el periodista se cruza con Mary Moore, hija y albacea del escultor Henry Moore; y a continuación con el pupilo favorito de éste, el escultor Anthony Caro, pieza clave en la evolución de la escultura del siglo XX; y unos metros más allá con Richard Long, discípulo a su vez de éste (aunque reniegue) en la Saint Martin School of Art y, a su vez, un revolucionario del concepto actual de arte. Son apenas una muestra: artistas, galeristas, críticos, mecenas y millonarios han acudido esta noche a la llamada de lady Foster.

Presentación del último libro de Ivory Press. Dos años de trabajo más tres de conversaciones. "Un largo viaje". Se titula Open secret y es obra de sir Anthony Caro (Surrey, 1924). Una escultura repleta de sombras y contrastes que esconde textos autógrafos del propio Caro sobre Shakespeare y poemas del escritor y ensayista Hans Magnus Enzensberger. Papel japonés hecho a mano; 80 kilos de peso; 31 ejemplares en acero, bronce, latón y papel. En un par de años se puede convertir en edificio. "Un día estábamos trabajando con el prototipo y llegaron Frank Gehry [el arquitecto autor del Museo Guggenheim de Bilbao] y Norman. Mi marido lo vio y dijo: 'Esto es un edificio'. Gehry recalcó que si nos decidíamos a hacerlo, él nos apoyaría a tope. Le estamos dando vueltas".

A la mañana siguiente, lady Foster nos acompaña a los estudios de dos de sus editados: los escultores Anthony Caro y Anish Kapoor. Londres de norte a sur. El libro de este último, titulado Wound (Herida), se lanzará en la próxima primavera tras sucesivos cambios y retrasos. Con él se cerrará el primer cuarteto de libros de Ivory Press: Eduardo Chillida (Reflections), Richard Long (Walking and sleeping), Anthony Caro (Open secret) y Anish Kapoor (Wound). En la recámara, nombres como el del escultor Richard Serra y el pintor Gerhard Richter. "Me tengo que enamorar de la obra de un artista; si no, esto no funciona". Y en un par de años, el lanzamiento de obra original, dibujos preparatorios para cuadros y anotaciones, de Francis Bacon (1909-1992), un libro que irá encuadernado en una reproducción de su vieja maleta de cuero. El título, Detritus.

Ninguno de estos artistas era un desconocido para lady Elena. Con Chillida y su mujer, Pilar Belzunce, mantenía una vieja relación de amistad. A Bacon, el único con el que nunca habló, le había observado a menudo apurando sus últimos tragos en el Cock, una vieja coctelería madrileña. El resto son amigos de la familia: Caro conoce a Foster hace 40 años, cuando ambos eran vecinos en Hampstead, al norte de Londres. Más recientemente colaboraron en la construcción de la pasarela del Milenio, el primer puente erigido sobre el Támesis en dos siglos. Richard Long es compañero de caminatas iniciáticas de Foster desde hace 20 años. Y Anish Kapoor le ayudó en el concurso para edificar sobre el terreno de las Torres Gemelas de Nueva York (que al final no ganó Foster and Partners). Resumiendo: era trabajar entre amigos. "He tirado de valores muy seguros, pero es que los primeros libros tenían que ser de primera fila. Es una inversión enorme para jugar con gente desconocida".

-¿La idea es ganar dinero?

-No, la idea es cubrir gastos y salir adelante. Mi límite es sobrevivir. Esto es una locura, pero con cierta cordura. Lo más difícil fue empezar. ¿Quién estaba dispuesto a dar 20.000 euros por un libro editado por una tal Elena Foster?

-¿Quién estaba dispuesto?

-El primer chillida lo compró un coleccionista francés. El libro vale hoy tres veces más. Y el coleccionista ha seguido comprando nuestras obras. Chillida fue nuestra escuela. Ver de qué éramos capaces.

Fueron cuatro años largos de trabajo. Embarazo de su hija Paola incluido. Muchas horas en el estudio de Eduardo Chillida, en el caserío de Zabalga (Guipúzcoa), buscando obra original. El descubrimiento de un cuaderno inédito del escultor repleto de notas y bocetos que también se incluiría en el libro. Y el último esbozo de un Chillida gravemente enfermo. Se hicieron 60 prototipos. A los cinco días de terminar el trabajo, en agosto de 2002, fallecía Chillida. Su libro, Reflections, una escultura de granito preñada de obra original, casi un testamento, se presentaba en Londres en octubre de 2003. Era también el lanzamiento de Ivory Press.

El taxi se detiene en un húmedo callejón de Candem Town. El estudio de Anthony Caro tiene algo de dickensiano. Adoquín rojo, enormes piezas de hierro oxidado, poleas, sopletes. Vapores de metal fundido. Las maquetas de 60 años de carrera. Delante de té y pastas, sir Anthony, quizá el mayor escultor vivo del planeta, habla de cinco años de trabajo junto a Elena Foster; de su placer compartido por investigar, por llegar más lejos, por romper barreras. "Open secret es una obra de los dos; sin ella, ni hubiera sido posible, ni tendría sentido. Ella anima a explorar".

-¿Qué es Open secret? ¿Un libro, una escultura?

-Es un paso adelante. En los viejos tiempos, la escultura era un general a caballo sobre un pedestal. Hoy es otra cosa.

El viejo Caro, de 80 años y con una retrospectiva a punto de inaugurarse en la Tate Modern londinense, se despide con calor de su editora. Los 31 ejemplares de Open secret ya están vendidos. Elena Foster vende sus libros sobre maqueta. En primicia. Como los buenos vinos de Burdeos.

Nuestra siguiente parada es Camberwell, el taller del escultor Anish Kapoor (Bombay, 1955).

Si el estudio de Caro remite a la revolución industrial, el de Kapoor es ciencia- ficción. Operarios con mono blanco y respiradores; espacios blancos y desnudos, y enigmáticas e inquietantes esculturas. Kapoor, con obra en los principales museos de arte contemporáneo del mundo, muestra (cosa rara en él) los prototipos de algunas de sus creaciones más emblemáticas: Cloud Gate, una pieza de 110 toneladas instalada en un parque de Chicago; Marsyas, de 15 metros de alto y 25 de largo, expuesta en la Tate Modern de Londres, o el inmenso proyecto para la futura estación de metro Cumana, en Nápoles. Kapoor, pantalón de trabajo y deportivas New Balance cubiertas de pintura, es discreto y afable. No parece un artista. Más bien un contable. "Soy un tipo terriblemente normal, lo menos bohemio que se pueda echar a la cara".

Hablamos de Ivory Press. "El tiempo no cuenta cuando un libro es para la eternidad", bromea refiriéndose a Wound, el fruto de su larga colaboración con Elena Foster. Un libro sin palabras, envuelto en seda blanca manchada por una herida roja. Dentro, una montaña de 261 hojas taladradas con láser en forma de profunda herida. "He trabajado con Elena porque es grande. No hay más explicación. Confiaba en ella. Nos comprometimos. Sabía que no iba a fallar. Yo quería hacer algo especial. La idea de la herida estaba ahí, sólo hacía falta desarrollarla. Pero mi experiencia con la edición tradicional de libros era horrible. Siempre fallan. Yo buscaba el detalle, la perfección, soy muy pesado. Más pesado que Elena. Lo mío es enfermedad. Me gusta la precisión: repetir una vez, y otra, y otra más. He hecho 25 libros con Ivory y todos son míos. Cada uno es diferente. Es un libro que no es un libro, pero que transmite plenamente mis sentimientos".

Al salir del estudio y montarse de nuevo en el taxi, lady Foster confiesa que es la primera vez que escucha a sus artistas juzgar en voz alta el trabajo que han hecho a su lado. Impresiones positivas. Está feliz. Aunque apenas lo trasluzca. Es demasiado educada. Pero, en su interior, es la confirmación de que su sueño, Ivory Press, va por buen camino.

Y uno piensa que le queda cuerda para rato a esta mujer a la que Norman Foster, en la ceremonia de entrega del Premio Pritzker, algo así como el Nobel de la arquitectura, en Berlín, en 1999, definió así en público: "A tu lado, Elena, la palabra Renacimiento tiene para mí un nuevo y más profundo significado".

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de enero de 2005