Selecciona Edición
Entra en EL PAÍS
Conéctate ¿No estás registrado? Crea tu cuenta Suscríbete
Selecciona Edición
Tamaño letra

Karl Lagerfeld sitúa a Chanel en la cima del gran estilo francés

Loewe cristaliza en París su nueva propuesta para la mujer

Superando los límites de alcance mediático de un desfile de alta moda, Karl Lagerfeld, diseñador de Chanel, ofreció ayer en la Semana de la Moda de París un espectáculo difícilmente superable con su propuesta de ropa femenina para la primavera-verano de 2005, desfile que trufó con ropa masculina en una bellísima y esmerada colección chanelista hasta la médula y en el que brilló la presencia de la actriz australiana Nicole Kidman.

Karl Lagerfeld exigió desde hace varios días a los fotógrafos y cámaras que fueran al desfile de Chanel con camisa blanca y chaqueta negra. No era un capricho y, a pesar de algún quintacolumnista airado, la mayoría de estos esforzados profesionales lo entendió enseguida y así se vistieron: es que formaban parte del fantástico decorado que albergaría a 2.500 almas expectantes por su ropa y por la arrolladora belleza de Nicole Kidman, que entró acompañada de Baz Luhrmann, director del filme Mouline Rouge y realizador de un nuevo spot para Chanel. Los fotógrafos estarían en varias tribunas muy visibles formando parte del decorado y muy cercanos a la alfombra roja de la pasarela.

Rozando la hora de retraso, el desfile empezó con un grupo de culto vestido de fiesta: Linda Evangelista, Naomi Campbell, Nadya Auermann, entre otras, salieron comunicativas y sintiéndose guapas, francamente deslumbrantes, como esa colección inteligente donde también estaban magníficas la checa Karolina Kurkova o la española Marina Pérez, hasta llegar a la cifra de 87 modelos.

Todo se basaba en la inteligente filosofía de no traicionar jamás a la tradición de la casa, sino mostrarse evolucionado y fiel: chaqueta corta de entalle suave, tejidos de amplia trama donde abundan el rosa, el blanco y el verde agua, uso del negro y el blanco a discreción y un montón de hallazgos que van desde el pantalón pirata de raso negro a los bordados de cristal, el guipur tricotado y los abrigos sesenteros a la rodilla.

Probablemente, este desfile no será olvidado fácilmente, filmado con más de 20 cámaras, travelling aéreo y cuatro puntas calientes moviéndose sin cesar. No faltó tampoco la logomanía, esta vez más discreta y presente incluso en la ropa de hombre, que no fue mucha, pero que propone una retromasculinidad muy suave. Por otra parte, José Enrique Oña Selfa ha verificado en su colección para Loewe su ingreso en la madurez interpretando de una manera muy personal las tendencias actuales y la pasión universal que redescubre el algodón de alta calidad; lo visto en Loewe es lo más conseguido por la firma en sus últimos años de intento sobre el prêt-à-porter femenino.

Experimentos

Oña Selfa se basó en una gama clara que iba del blanco y el miel al gris humo, verde otoño o azul empolvado. Sus experimentos le llevan a un resultado formal excelente: volúmenes generosos, renacentistas, obtenidos por el ingenuo valor del algodón, digamos su candor, en mangas de falso bullón, faldas rodilleras de amplia capa, con anudado en la cintura y plisados o jaretas finas que se abren en un efecto fortuny, derramando bajo el contraste del ante rebajado con trenzado apache, combinación tan original como eficaz.

Hay que citar sus flecos en cascada con pedrería, los bordados indios a lo Bugatti que aparecen en echarpes, cintura, cuellos y ruedos dando un aire de sofisticado tránsito.

Por último hay que citar el descalabro de Celine al equivocarse en la elección de su nuevo diseñador, el italiano Roberto Menichetti (que llegaba precedido de su éxito en Burberry, primero, y de su reciente fracaso en la pasarela de Nueva York), y que se presentó con una pretensión de candidez colorista y líneas siempre despegadas del cuerpo sin estructurar.

Vestir con la naturaleza

El regreso pasional de un tejido, el algodón, se ha podido verificar tanto en la pasarela de Milán como en los últimos desfiles de la Semana de la Moda de París. Un algodón de calidad, muy evolucionado en manos de los estilistas más consagrados de hoy.

El más antiguo de los tejidos se presenta sobre todo en su instancia primera y más natural: blanco o en crudo sin purificar. Algunos experimentos lo llevan a la volatilidad y la transparencia, lo que es virtuosamente aprovechado en algunos casos para volantería, u otros efectos similares.

Este anunciado regreso se inserta en la tendencia que recupera desde la sofisticación los elementos más orgánicos y naturales. Ello contiene el aviso principal que transita alrededor de lo ecológico, que más que una manera de vestir o comportarse resulta una filosofía de vida: no hay que imitar a la naturaleza, sino refugiarse y vestirse con ella.

Los ejemplos más latentes de esto han sido Miuccia Prada en Milán y Oña Selfa, para Loewe, en París.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 9 de octubre de 2004

Más información