Nochevieja con pantallas
Tras unos segundos de drama, somos capaces de escuchar los cuatros y las campanadas con el consiguiente chillido tras el que lloramos, nos besamos y nos fotografiamos


O. tiene como mucho cuatro años. Lleva pajarita roja y camisa con dibujos del mismo color y le rodean sus padres, tíos, primos y abuelos. Antes de empezar con el primer plato de la cena, delante de él le colocan un iPad cuya pantalla es mayor que la cabeza de O., que permanecerá viendo vídeos de personas que chillan vestidas de Papá y Mamá Noel durante casi tres horas. Por supuesto, con el sonido bien alto, que parece no afectar a sus familiares. Sus padres se tensan durante unos segundos porque quieren evitar a toda costa que el niño se manche y termine 2025 con lamparones. La prima de O., en plena preadolescencia, lleva un vestido de lentejuelas, una melena rubia larguísima y se peleará con su madre por estar demasiado pendiente de otra pantalla, en este caso la de su teléfono móvil.
A apenas metro y medio de distancia, una pareja de ancianos luce pimpante en la última noche del año. Los acompaña su hija, que rondará los 60 años, con más cara de resignación que de ira, no digamos de fiesta. Hablan poco, apenas un puñado de palabras entre plato y plato. La hija va muchas veces al aseo, a veces sola y a veces acompaña a cada uno de sus progenitores. Echa mano al bolso, donde guarda el teléfono, y solo sonríe cuando ve lo que aparece por la pantalla, como si el jolgorio estuviera a muchos kilómetros de ella y de este parador donde cenamos unas 200 personas.
Hay un periodista conocido desde hace muchos años al que solicitan fotografías a las que accederá porque no le queda otra, y hay mucho nerviosismo en el ambiente cuando, al encender los dos televisores de la sala (las únicas pantallas que me interesan esta noche), salen Laura Corradini (Chenoa) y los hermanos Muñoz, pero no se les escucha. Aparecerán raudos y veloces varios camareros para colocar altavoces de discoteca, mientras todos aguardamos con las doce uvas en la mano. Tras unos segundos de drama, somos capaces de escuchar los cuatros y las campanadas con el consiguiente chillido tras el que lloramos, nos besamos y nos fotografiamos. Salgo corriendo en busca del atrezzo para el baile y en la sala se escucha el eco de una canción de Manuel Carrasco. Un minuto y medio después llevo un gorro, unos dientes de vampira y un antifaz, mi cuerpo baila a Coyote Dax. Por un 2026 con pantallas, pero solo de las buenas.
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