Columna
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‘Unorthodox’: la tradición inventada

Cabe temer que sea veraz el retrato de esa asfixiante comunidad jasídica de Nueva York, obsesionada con el rito, la vestimenta y la represión sexual

Shira Haas, en una escena de la miniserie 'Unorthodox'. En vídeo, el tráiler.

No sé qué impacta más en Unorthodox, la miniserie del momento en Netflix. Por un lado, estremece ese mundo cerrado, asfixiante, de la comunidad Satmar, de ultraortodoxos judíos jasídicos, en el barrio de Williamsburg en Nueva York. Por el otro, emociona cómo la joven que escapa a Berlín descubre con inocencia las cosas de la vida en libertad: sus primeros vaqueros, su primera juerga, su primera noche de sexo por placer. Lo que encuentra Esty (gran papel de Shira Haas) en Berlín lo tenía a pocas manzanas de su casa en Brooklyn. Pero si los hombres de negro la persiguen hasta Alemania, qué no harían si la tuvieran más cerca.

Quizás Berlín, siendo como es hedonista y cosmopolita, sale idealizada desde unos ojos deslumbrados. Por contra, cabe temer que el retrato de los ultraortodoxos sea veraz. Obsesionados con la vestimenta, el pelo y los ritos, desconectados del exterior y meticulosos en la represión sexual, el único papel de la mujer allí es abrirse de piernas lo justo para procrear, lo que recuerda a El cuento de la criada pero esta vez no es ficción.

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Alguno creerá que esta secta vive en la Edad Media. No: surgió en Europa oriental como movimiento místico en el siglo XVIII, que llaman de las luces. Emigró y se replegó aun más tras el trauma del Holocausto, que casi acaba con todos y que se interpretó como un castigo divino al judaísmo descarriado (por secular y por sionista). Es el tradicionalismo de una tradición inventada, como tantos otros ismos nacidos del rechazo a la modernidad. Ahora el coronavirus se ceba con ellos, porque desconfían del poder y se aferran a sus ceremonias.

La serie muestra que, cuando alguien abandona la comunidad, la respuesta de manual es echarle en cara la traición a la memoria de los muertos. La vieja trampa. Les debemos respeto, sí, pero nadie tiene derecho a hablar por los muertos.

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