Segundas Navidades con una crisis del coronavirus en la UCI: “Cuando parece que todo va bien, volvemos a empezar”

La presión asistencial crece en las unidades de cuidados intensivos por la sexta ola, pero todavía no están saturadas. Los expertos mantienen la incertidumbre sobre la severidad de la ómicron: los estudios preliminares apuntan a que es más leve

Una sanitaria ataviada con el equipo de protección individual aguarda en la puerta del box de un paciente con covid en la Unidad de Vigilancia Intensiva Respiratoria del Hospital Clínic de Barcelona, el día 16.
Una sanitaria ataviada con el equipo de protección individual aguarda en la puerta del box de un paciente con covid en la Unidad de Vigilancia Intensiva Respiratoria del Hospital Clínic de Barcelona, el día 16.Albert Garcia (EL PAÍS)

El tiempo no pasa en la Unidad de Vigilancia Intensiva Respiratoria del Hospital Clínic de Barcelona. Desde hace 22 meses, entran y salen pacientes iguales o parecidos, todos con covid, muy graves. Apenas una estrella colgada del techo y unas pequeñas bolitas de adorno enganchadas en las puertas de los boxes recuerdan las fechas que son. En la UCI covid, los sanitarios ya viven en una especie de día de la marmota donde todo es siempre igual y los enfermos graves a causa del coronavirus nunca se acaban, explica Miquel Ferrer, responsable de la unidad. “Sentimos una mezcla de hartazgo, cansancio y resignación. Cuando parece que todo va bien, volvemos a empezar”.

Y lo hacen por sexta vez. No saben cuánto durará ni cómo se tensionará el servicio, pero el goteo de pacientes vuelve a cruzar el umbral de esa puerta de la séptima planta del Clínic. Esta semana había en el hospital 25 enfermos con covid ingresados en estado crítico, todavía muy lejos de los 120 que llegaron a tener en la primera ola. No saben cuántos podrán llegar esta vez, pero asumen que habrá que abrir más áreas de cuidados intensivos: la sexta ola está desbocada en España, con la curva epidémica batiendo récord de incidencia —911 casos por 100.000 el jueves, la cifra más alta desde que hay registros fiables— y los contagios disparados cada día —cerca de 73.000 reportó Sanidad la víspera de Nochebuena—. En España hay cerca de 8.000 pacientes hospitalizados, más de 1.500 en cuidados intensivos, y aunque la presión aumenta, dista de la saturación que se alcanzó el pasado enero, durante la tercera ola, con 30.000 hospitalizados (4.800 en estado crítico).

Media docena de enfermeras y otras tantas auxiliares van y vienen sin descanso, sorteando carros de utillaje y compañeros apurados en un pasillo rodeado de boxes. A lo lejos, una enfermera con gorro de colores se pone con soltura el equipo de protección individual sobre el pijama: la bata azul desechable, una mascarilla por encima de otra, gafas, gorro sobre gorro, guantes nuevos y gel desinfectante otra vez. “Lo más complicado es la organización. Hay que hacer entradas limitadas en el box y es mucho estrés porque son pacientes muy inestables”, explica Montse Medina, coordinadora de enfermería de la unidad. Los pacientes están aislados en estancias acristaladas y los sanitarios aprovechan las visitas para hacer varias cosas a la vez: revisión de constantes, poner medicación, sacar sangre para una analítica... Hay que evitar estar entrando y saliendo. Por el bien de todos. Para limitar la circulación del coronavirus y otros microorganismos.

En el primer box, una señora de 81 años, recién llegada a la UCI, mira al infinito rodeada de cables. No está sedada ni intubada, pero necesita ayuda para respirar con una mascarilla que insufla oxígeno. En la estancia de al lado, otro hombre, todavía adormilado, pelea por despertar tras ocho días hospitalizado y enganchado a la ventilación mecánica. Los perfiles de pacientes se repiten en esta ola, apunta Ferrer.

Una sanitaria atiende a un paciente con covid en la Unidad de Vigilancia Intensiva Respiratoria del Hospital Clínic de Barcelona
Una sanitaria atiende a un paciente con covid en la Unidad de Vigilancia Intensiva Respiratoria del Hospital Clínic de BarcelonaAlbert Garcia (EL PAÍS)

“Hay una gran proporción de pacientes no vacunados. Según los cálculos que yo he hecho con los enfermos ingresados aquí, un no vacunado tiene 11 veces más riesgo de entrar aquí que uno vacunado”, explica. El intensivista señala que el colectivo de vacunados que entra a su unidad suele ser “personas inmunodeprimidas o con enfermedades crónicas graves, como una insuficiencia renal crónica o enfermedades sistémicas”. Según los datos del Ministerio de Sanidad, la edad y el estado vacunal marcan la evolución de los pacientes: con datos del 18 de octubre al 12 de diciembre, las personas no vacunadas de entre 60 y 79 años tienen 15 veces más riesgo de acabar hospitalizadas y 25 veces más riesgo de entrar en la UCI que los individuos vacunados de la misma edad. El riesgo de muerte también es 18 veces mayor entre los no vacunados de esta franja etaria.

Lo que no ha cambiado en las últimas olas es el abordaje terapéutico ni el pronóstico. Primera ola aparte, cuando los profesionales desconocían el virus y el sistema sanitario se ahogaba en un colapso asistencial, los sanitarios han aprendido a enfrentarse al virus: “El 70% de los pacientes que ingresan aquí acaban necesitando intubación traqueal y ese es el factor que marca el pronóstico. Un 35% de los pacientes intubados mueren durante el proceso porque pueden tener muchas complicaciones”.

Antes de intubarlos, los médicos lo intentan con ventilación mecánica no invasiva, como el oxígeno de alto flujo. “Hemos aprendido a ajustar mejor técnicas de soporte no invasivo y ahora sabemos que hay fármacos que se usaron en la primera ola que no eran útiles o incluso empeoraban al paciente, como la hidroxicloroquina o medicamentos contra el VIH”, apunta Ferrer. Según el último informe del Instituto de Salud Carlos III, más de 43.000 personas acabaron en la UCI a causa de la covid, la inmensa mayoría gente de entre 60 y 80 años.

La nueva ola, sin embargo, ha vuelto a sumergir a los profesionales en la incertidumbre. No tanto por el abordaje terapéutico, sino por el impacto hospitalario que tendrá. Se trata de un envite del virus con una nueva variante en el tablero de juego, que se sabe que es mucho más contagiosa y con más capacidad de infectar a vacunados y reinfectar que la delta (el linaje predominante hasta ahora), pero se desconoce su gravedad. De entrada, los expertos auguran que será más leve, pero una explosión de contagios sostenida en el tiempo generará un número absoluto de ingresos que, aunque porcentualmente sea menor que en otras olas, puede poner en jaque al sistema sanitario.

Daniel Prieto-Alhambra, catedrático de Farmacoepidemiología de la Universidad de Oxford, analiza tres estudios recientes de Sudáfrica (donde se descubrió la ómicron), Escocia e Inglaterra, que lanzan mensajes esperanzadores sobre la severidad. Con toda la cautela —se trata de resultados muy preliminares, matiza el experto—, son positivos: “El estudio de Sudáfrica [dicen que la severidad es un 80% menor] es difícil de extrapolar a la sociedad española porque la distribución sociodemográfica y la estructura del sistema sanitario, por ejemplo, son muy distintos. En el estudio de Escocia ven un 70% menos de severidad, pero tienen la limitación de que no tienen el mismo seguimiento de ingresos de pacientes con delta que con ómicron”, explica.

El estudio más afinado, señala, es el de Inglaterra, donde sí miran el tiempo hasta el ingreso: “Este estudio intenta tener en cuenta si la severidad es intrínseca de la variante o es que la gente tiene menos gravedad por la protección que tienen [por la vacuna]. Ellos ven que se reduce un 40% la necesidad de ingreso y eso es muy importante: la gran reducción se debe a que está infectando a gente vacunada mucho más que la delta. Aun así, el gran número de infecciones esperables puede crear muchas dificultades en el sistema sanitario, y muchas muertes si no se hace algo para minimizar el número de contagios”.

En la UCI covid del Clínic mucha esperanza no hay. Pesa más el cansancio. Y el enfado, incluso, con la situación, con las personas que no se vacunan y con las autoridades, indica Ferrer: “Es un enfado en genérico hacia los no vacunados y las autoridades, que siempre reaccionan tarde y van por detrás del problema. Llevamos seis olas, deberían saber lo que hay que hacer. Molesta ver cómo las autoridades priman votos y la popularidad de las medidas por encima de la eficacia”.

Medina echa en falta la previsión: “Trabajamos con los tiempos muy justos”. No hay margen para pensar mucho ni para organizarse a medio plazo porque la covid no llama a la puerta. El miedo de aquellos primeros días de marzo de 2020 ha desaparecido, dice, pero quedan otras cosas. Seis olas después, se impone el “cansancio, la resignación y la desesperanza”. Están agotados.

Un corrillo de sanitarios se junta alrededor del punto de control y charlan de la medicación de un paciente o de quién va a dónde. Sobre el mostrador, asoma un pequeño pesebre improvisado entre papeles. Es Navidad. En la pared, una decena de pantallas ilustran las constantes vitales de los pacientes aislados en los boxes. Es la covid.

En la imagen, adorno navideño junto a pantallas de control de los pacientes.
En la imagen, adorno navideño junto a pantallas de control de los pacientes.Albert Garcia (EL PAÍS)

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Jessica Mouzo

Jessica Mouzo es redactora de sanidad en EL PAÍS. Es licenciada en Periodismo por la Universidade de Santiago de Compostela y Máster de Periodismo BCN-NY de la Universitat de Barcelona.

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