La crisis del coronavirus

El Gobierno de Boris Johnson lo apuesta todo a acelerar la primera dosis de la vacuna

Un 22% de los británicos ha recibido ya un cierto de grado de inmunización, pero la comunidad científica sigue dividida sobre la estrategia

El primer ministro británico, Boris Johnson, visita un centro de vacunación contra la covid en Cwmbran (Galés), este miércoles.
El primer ministro británico, Boris Johnson, visita un centro de vacunación contra la covid en Cwmbran (Galés), este miércoles.POOL / Reuters

Hay éxitos que camuflan una situación desesperada, y apuestas con difícil marcha atrás. A mediados de enero, el Reino Unido tenía casi 33.000 pacientes hospitalizados por la covid-19. Más del doble que en el pico de la primera ola. El promedio de nuevos contagiados diarios superaba los 50.000. Había una media de 1.300 muertes cada 24 horas. La vacuna era la única solución a la que aferrarse, pero venía con dos condiciones añadidas. La nueva mutación del virus, originada en la localidad de Kent y que el resto del mundo bautizó como la “variante británica”, se transmitía a una velocidad de vértigo. Era imperativo que un número elevado de ciudadanos adquiriera el grado de inmunización suficiente para evitar la quiebra del sistema público de salud (NHS, en sus siglas en inglés). Y el suministro de vacunas, a pesar de que, sobre el papel, el Gobierno británico había contratado 375 millones de dosis de diversas farmacéuticas, era lento.

La decisión del Reino Unido de ampliar el intervalo de tiempo ente la primera y la segunda dosis hasta 12 semanas se tomó cuando la campaña de vacunación ya había comenzado. El 8 de diciembre, Margaret Keenan, de 90 años, fue la primera paciente que recibió una dosis de la vacuna de Pfizer y BioNTech. Debía recibir la segunda a los 21 días, tal y como recomienda el fabricante. Apenas una semana después, el Gobierno cambió de estrategia. “Dada la epidemiología de la covid-19 en el Reino Unido a finales de 2020, es necesario lograr unos niveles altos y rápidos de vacunación entre las personas más vulnerables”, afirmó el Comité Conjunto de Vacunación e Inmunología (JCVI, en sus siglas en inglés), el equipo de expertos independientes que asesora sobre la seguridad y los calendarios de las campañas de vacunación. “Recomendamos que se priorice inicialmente la distribución de una primera dosis, porque es altamente probable que se logre un mayor impacto a corto plazo en la salud pública, y se reduzca así el número de muertes previsibles por la covid-19”.

La comunidad científica se dividió ante esta estrategia, pero el comunicado conjunto de los cuatro médicos jefe de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda del Norte zanjó el debate público. “Protegeremos así al mayor número posible de pacientes en riesgo del modo más rápido posible”, afirmaron.

Un grupo de cinco expertos médicos prominentes ha escrito un comunicado conjunto en la revista British Medical Journal en el que urge a las autoridades sanitarias a reevaluar su decisión de priorizar la primera dosis. Ya han surgido los primeros estudios, especialmente desde Israel, que rebajan el porcentaje previsto de eficacia de las vacunas a medida que pasan las semanas desde la inyección inicial. “Bajo nuestro punto de vista, el Gobierno debería reconsiderar su estrategia. Si sigue decidido a mantener el retraso de la segunda dosis, exigimos que se realice una evaluación aleatoria muy amplia de la manera más urgente”, han pedido los científicos críticos. El Gobierno ha prometido que ofrecerá esos primeros datos en cuestión de semanas. “Por supuesto que tenemos absolutamente claro que todo el mundo necesita recibir dos dosis”, asegura Chris Whitty, el director médico jefe del Reino Unido y el hombre que sigue contando con una confianza mayoritaria entre la población británica. “Pero por un cálculo de pura matemática, si una vacuna tiene una eficacia de más del 50%, al duplicar el número de personas que la reciben en este periodo de tanto riesgo, con tal cantidad de virus circulando, el beneficio que se va a obtener en general será muy grande”.

La vacuna de Oxford y AstraZeneca también requiere de dos dosis. Comenzó a distribuirse en el Reino Unido apenas un mes después de la de Pfizer (hoy es, con gran diferencia, la más inyectada). Pero en este caso, el propio fabricante, que defendía una mayor eficacia de su fármaco si se aplicaba en un intervalo de dos meses, respaldó la estrategia del Gobierno de Johnson.

El miedo, la urgencia y el sentido práctico galvanizaron a los británicos. Había una tarea colectiva con unos objetivos concretos. El Gobierno de Boris Johnson, que había acumulado durante meses errores y decepciones, sentía por primera vez que la población iba detrás de él. “La respuesta de cada país a la pandemia es un fiel reflejo de la sociedad. En el Reino Unido hay unas diferencias socioeconómicas importantes, como se ha visto en los resultados de esta crisis, pero también es un país que frente a la adversidad se cohesiona”, reflexiona Natalia Zárate, española especializada en neurogastroenterología que lleva más de 10 años ejerciendo en el sistema público de salud británico.

Como en muchos triunfos colectivos, la leyenda contribuye a endulzar la realidad. Es la réplica del “milagro de Dunquerque”. En el imaginario de los ciudadanos queda la épica de los cientos de barcos de pescadores que ayudaron a evacuar a los miles de soldados de la Fuerza Expedicionaria Británica atrapados en las costas francesas durante la Segunda Guerra Mundial. Al igual que entonces, la realidad del plan de vacunación es más prosaica y compleja. Cientos de voluntarios se han sumado al esfuerzo, el Ejército ha contribuido en las tareas logísticas y un amplio número de farmacias ha ayudado a vacunar, pero han sido la red de atención primaria del NHS y sus grandes hospitales las que han llevado el peso de la operación. Del mismo modo que en Dunquerque fue el Alto Mando el responsable de un rescate que dejó miles de soldados en las playas y tuvo que abandonar el grueso de su armamento en Francia. “Tengamos cuidado en asignar a este rescate los atributos de una victoria. Las guerras no se ganan con operaciones de evacuación”, advirtió entonces el primer ministro, Winston Churchill.

Todo lo que ayude a levantar el ánimo y definir un propósito común, sin embargo, ayuda. “Hace meses, nos ofrecieron la oportunidad de vacunar”, cuenta Ana Escamilla, que lleva casi 13 años viviendo en el Reino Unido y dedica parte de su tiempo al voluntariado social, en el servicio de ambulancias del hospital de St. John´s. “Tuvimos que hacer cuatro cursos en línea y luego otro de nueve horas presenciales, donde nos explicaron el método, o cómo actuar ante respuestas adversas”. Desde entonces no ha parado. Unos 10 minutos por paciente. Un esfuerzo colosal que comienza a rendir sus frutos.

El pasado lunes, Johnson anunció que se había alcanzado el objetivo de 15 millones de vacunados. Un 22% de una población de 66 millones de habitantes. A su lado, Simon Stevens, el responsable máximo del NHS en Inglaterra y el hombre que ha diseñado la logística, celebraba “la mayor y más rápida campaña de vacunación de la historia”. Prometía doblar la cifra en las próximas semanas y ofrecer inmunización a todos los mayores de 50 años para finales de abril. Hubo días, como el 30 de enero, en los que se llegó a vacunar hasta 600.000 pacientes. El número de hospitalizaciones por la covid-19 ha bajado ya a 23.000. El promedio de infecciones diarias gira en torno a las 10.000, y ya ha habido días en los que las muertes no han superado las 300, aunque siguen arrojando cifras preocupantes (799, este mismo martes). Pero el número de personas que han recibido la segunda dosis de la vacuna apenas supera el medio millón. Son sobre todo las primeras personas mayores a las que se inyectó el fármaco de Pfizer antes de que la estrategia diera un giro drástico.

La estrategia first dose first (primero la primera dosis) ha sido la apuesta de Johnson, respaldada por sus asesores científicos, que ha decidido mantener contra viento y marea. Como todo político, no puede evitar cierto optimismo inflado en sus mensajes, pero el primer ministro ha evitado en todo momento ―a diferencia de una prensa tabloide muy nacionalista― sacar pecho y comparar sus datos con los de otros países europeos. La estrategia del Reino Unido responde a unas circunstancias muy concretas, y no es necesariamente extrapolable a otras latitudes. Solo el tiempo podrá demostrar si fue la acertada.

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