La crisis del coronavirus

Cierres estrictos y obediencia: así ganó Australia el partido al virus

Las imágenes de las gradas abarrotadas en el torneo de tenis de Adelaida simbolizan el éxito de la estrategia del país en la lucha contra el coronavirus

Partido de Rafa Nadal y Dominic Thiem, en el torneo de tenis de Adelaida (Australia), el pasado 29 de enero.
Partido de Rafa Nadal y Dominic Thiem, en el torneo de tenis de Adelaida (Australia), el pasado 29 de enero.MORGAN SETTE / Reuters

Australia parece estar en otro planeta, mientras la mayor parte del mundo vive atrapada en la cruzada contra el coronavirus. Las imágenes retransmitidas por televisión de las gradas abarrotadas de un público sin mascarilla durante el torneo de tenis de Adelaida resultan impensables en cualquier otro lugar del mundo.

El informe del Departamento de Salud de Australia fijaba este sábado en 52 los casos activos, en 909 el total de fallecidos y en 28.829 el acumulado de positivos. Nada que ver con los datos de España (60.300 fallecidos y 2,8 millones de casos), Italia (89.300 y 2,5 millones) o Francia (77.500 y 3,2 millones). ¿Qué ha hecho Australia para frenar la pandemia?

Mary-Louise McLaws, epidemióloga de la Universidad de Nueva Gales del Sur especializada en control de enfermedades infecciosas y consejera de la Organización Mundial de la Salud, afirma: “El éxito en la gestión del coronavirus en Australia se basa en la aplicación más estricta de las medidas de contención y control: el cierre de fronteras internacionales, los confinamientos y restricciones de movilidad, el respeto por mantener la distancia social y la cantidad de test realizados a la población”.

Hace precisamente un año que Australia cerró sus fronteras con China. A los pocos días lo hizo con Irán, Corea del Sur e Italia, y el 20 de marzo a cualquier ciudadano no australiano o sin la residencia permanente. “Diría que ese fue el aspecto más importante, porque permitió a las autoridades detectar los focos y combatirlos”, puntualiza McLaws. “La clave fue eso y la obediencia de la gente. Creo que aquí hay algo cultural. A la mayoría de australianos, cuando las autoridades nos piden que sigamos una norma, lo hacemos. Podemos estar de acuerdo o no, nos puede incomodar más o menos, pero la jerarquía de quien dicta las reglas no se discute, y menos si hay evidencias científicas que lo respaldan”, añade.

La organización federal del país (de 21 millones de habitantes) permitió que algunos Estados cerraran sus fronteras para evitar la expansión del virus desde zonas con mayores incidencias. Por ejemplo, Queensland lo hizo durante 42 días con su vecino Nueva Gales del Sur. “Todo aquel que quisiera pasar tenía que pedir una exención y presentarla en el paso fronterizo [los puestos de control eran permanentes, las 24 horas del día]. Cuando aquí se impone una ley de este tipo, la gente sabe que si se la salta pagará por ello. Y las multas son muy altas [de hasta 66.000 dólares [42.000 euros]”, explica la epidemióloga.

El país no destaca, sin embargo, en la cantidad de test realizados: 512 por cada 1.000 habitantes, según las últimas cifras de Our World In Data; un factor que suele ser decisivo para controlar la pandemia. La cifra no supera por mucho la de Alemania (485) y es inferior a los realizados en España (603), Estados Unidos (906) o Israel (1.302).

Probablemente, el periodo más crítico fue de julio a noviembre en el Estado de Victoria, que concentra el 90% de las víctimas (820 de 909 totales) y el 71% de los casos (20.449 sobre 28.829). El encierro al que se sometió a los ciudadanos de Melbourne, su capital, durante casi cuatro meses, permite entender por qué Australia está como está. Otro ejemplo es el confinamiento que se impuso esta misma semana en Perth, que llevaba 10 meses sin un solo caso. Los dos millones de habitantes de la capital de Western Australia tuvieron que enclaustrarse de lunes a viernes tras la detección de un único positivo de la cepa británica.

Viandantes en la estación Flinders Street en Melbourne el 4 de febrero.
Viandantes en la estación Flinders Street en Melbourne el 4 de febrero.LOREN ELLIOTT / Reuters

Precisamente por un hotel de cuarentena de esa ciudad pasó en noviembre Laura Gutiérrez, una mujer de Zarautz (Gipuzkoa) de 29 años que vive en Sunshine Coast (Queensland). Ella recuerda lo brusco que le resultó el cambio al volver a Australia tras pasar unos meses en España. “Cuando aterrizamos parecíamos prisioneros. Nos metieron en autobuses y fuimos escoltados hacia el hotel por tres coches de policía. Cuando me dejaron salir, tras los 14 días, me costó un poco habituarme a la libertad. Lo más extraño era no ver a nadie con mascarilla, los parques y los restaurantes llenos de gente que se abrazaba y se besaba tranquilamente”, añade Gutiérrez.

La prohibición de entrar o salir del país, salvo contadas excepciones debidamente justificadas, sigue en vigor y todo apunta que se mantendrá hasta 2022. Cualquier australiano que en los últimos meses estuviera de viaje o lo esté en estos momentos, deberá pasar por un proceso que, con suerte, lo devolverá a casa en no menos de un mes. Primero, hay que encontrar una butaca en los poquísimos vuelos disponibles, y nada más llegar meterse en un hotel, designado por el Gobierno y pagado por el propio huésped (unos 1.900 euros), durante 14 días. Para vigilar la permanencia en la habitación, hay personal de seguridad que custodia cada una de las plantas de aislamiento. Este régimen desincentiva a muchos de los extranjeros que viven en Australia y se plantean ir a visitar a sus familias.

El músculo económico de Australia (21º país del mundo por PIB per cápita, por delante de Francia, Canadá, el Reino Unido y Japón) permitió al Ejecutivo de Scott Morrison tomar medidas como el cierre de comercios, sin atender a otras necesidades que no fueran la reducción de la amenaza sanitaria. Australia sufrió su primera recesión en 30 años en el segundo trimestre de 2020, pero el bache fue momentáneo y repuntó en el tercer trimestre. En 2020 fue el quinto país del mundo con mayor gasto discrecional sobre su PIB, el índice que mejor refleja la potencia económica ante una eventualidad que requiere una inversión inesperada.

Ayudas a las empresas

Para amortiguar el impacto de la covid en la economía, el Gobierno creó el programa de ayudas Jobkeeper [mantener el trabajo], cuyo objetivo era evitar despidos masivos en las empresas, y facilitó que los trabajadores afectados por la pandemia (en cuarentena, hospitalizados o que tuvieran menores a su cargo) se pudieran beneficiar del ya existente Jobseeker [buscador de trabajo], un subsidio para las personas de más de 22 años que buscan empleo.

Desde abril de 2020, cualquier empresa en Australia que presente una caída del 30% en sus ingresos al cruzar los datos con los del mismo periodo del año anterior recibe una subvención por cada uno de los empleados que mantiene en plantilla. Esa retribución, destinada solo a los australianos y a residentes permanentes, fue inicialmente de 3.000 dólares mensuales (1.900 euros), que pasaron a ser 2.400 dólares en septiembre y que desde enero y hasta marzo, fecha en que se termina el subsidio, es de 2.100 dólares. “Hemos abonado más de 80.000 millones de dólares, destinados a ayudar a más de 3,7 millones de australianos”, comentaba esta semana el tesorero federal australiano, Josh Frydenberg, mientras se defendía de los ataques de la oposición, que le advierte de los miles de puestos de trabajo que supondrá la cancelación de la ayuda.

Información sobre el coronavirus

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