Plagas

El pequeño roedor que amenaza hectáreas de cultivos

Los agricultores de Castilla y León piden “medidas excepcionales” para combatir los picos cíclicos de población del topillo campesino

Campaspero (Valladolid) - 07 dic 2020 - 09:25 UTC
Gonzalo Hernando (de azul) y Rubén Arranz (de rojo), agricultores de Campaspero, muestran los destrozos producidos por los topillos en los campos de colza.
Gonzalo Hernando (de azul) y Rubén Arranz (de rojo), agricultores de Campaspero, muestran los destrozos producidos por los topillos en los campos de colza.Javier Álvarez

Los campesinos castellanos no quieren al topillo campesino. Cada cinco años, aproximadamente, se dan unos repuntes de población del roedor que intrigan a biólogos y especialistas. Los agricultores rezan por que este año el invierno sea frío y limite su expansión. Las asociaciones agrícolas alertan de que hay varias comarcas, sobre todo en Valladolid, donde estos animales están proliferando descontroladamente, y piden actuar rápido por el riesgo de propagación de bacterias que causan la tularemia, también conocida como fiebre de los conejos.

Un gélido viento procedente de la próxima sierra segoviana azota una cercana plantación de colza de Campaspero (Valladolid, 1.100 habitantes). Los agricultores Rubén Arranz y Gonzalo Hernando, de 33 años, muestran los múltiples hoyos que horadan las tierras y conforman extensos laberintos subterráneos. Arranz explica que ya en verano se puede intuir si en primavera habrá plaga: si se ve mucho animal y muchas madrigueras en los rastrojos que deja la recolección, mala pinta. La voracidad se nota también entre las matas, con varias arrancadas por la base. “Campan a sus anchas porque las aves no los ven”, lamentan los labradores.

Los mordiscos se aprecian más en cultivos como la patata, que no se vende cuando presenta la más mínima imperfección. “Perdemos un 20% de producción”, calculan. Queja que repiten en Fompedraza (100 habitantes), a seis kilómetros de Campaspero, donde trabajan hectáreas de remolacha. La tierra presenta pequeños montículos aquí y allá: son pequeñas masas de arena que sacan los topillos para oxigenar las galerías. Hernando coge varias remolachas a medio comer por los roedores y lamenta la “merma de producción”.

La situación preocupa a Valentín García, presidente de la asociación agraria UCCL, que insiste en daños en plantaciones de patatas, remolacha y cereal. García explica que las rapaces no dan abasto porque las linderas, cunetas u orillas de arroyos protegen a sus víctimas. “La situación va camino de 2007 si el invierno es suave”, asevera, en referencia a la plaga de topillos que sufrieron ese año. Demanda “medidas excepcionales para momentos excepcionales” y se queja de que apenas quedan métodos químicos permitidos. Solicita también la quema controlada de cunetas y el desbroce de pequeños cauces para que la primavera no revele grandes perjuicios en cultivos de colzas y plantaciones “totalmente mordidas”.

José Ramón Alonso, del colectivo agrario Asaja, cifra en un 50% las pérdidas potenciales. Fuentes del departamento de Agricultura de la Junta de Castilla y León destacan que sus datos no proyectan “superpoblación”. Augusto Cobos, delegado territorial de la Junta en Valladolid, ha anunciado un encuentro con representantes de UCCL el jueves, a solicitud de la asociación.

Esta vez Tierra de Campos, más cercana a Palencia y “zona caliente” del topillo, se ha librado. La comunidad científica no termina de entender la movilidad y los ciclos de esta fauna. El biólogo y doctor en zoología Juan José Luque-Larena, de la Universidad de Valladolid, ha estudiado durante años las conductas de unos animales que “han colonizado la región desde las montañas a partir de los sesenta y setenta, cuando se transformó el paisaje agrario al introducir regadíos y alfalfas”, un alimento y refugio estupendo para cualquier roedor. La especialista Silvia Herrero considera “impensable” calcular el número de estos animales, pero precisa que en años de explosión demográfica los picos de crecimiento pueden multiplicarse por 50.

Luque ve complicado cuantificar los daños económicos porque “no hay mediciones técnicas públicas” y sostiene que el término plaga es “muy antropocéntrico y negativo”. “Nunca nos ponemos de lado de la biodiversidad”, afirma el biólogo Miguel Ángel Hernández, de Ecologistas en Acción, que encuentra un fácil porqué a la presencia de estos animales en las cosechas: “La agricultura ocupa enormes terrenos y deja escasos hábitats naturales”. Así, los animales se alimentan de las siembras y agradecen el cobijo que le suministran ciertos regadíos o vegetales como la alfalfa.

Hernández asegura que los venenos usados antaño los padecían también las aves y defiende que el mejor aliado contra estos picos de población son depredadores como las rapaces. “No vamos a acabar con los topillos, forman parte de la naturaleza”, sostiene.

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