“Me ha tocado la lotería por poder verte, hija”

La prohibición de las visitas tiene efectos negativos en los mayores que viven en las residencias. Hay que buscar un equilibrio entre la prevención y su bienestar

En primer término, Vicenta Martín y su hijo, Gabriel Montes, durante una visita en la residencia Concesol en Madrid.
En primer término, Vicenta Martín y su hijo, Gabriel Montes, durante una visita en la residencia Concesol en Madrid.Olmo Calvo

Llevan nueve meses sin tocarse. Extienden las manos, como si no hubiera dos metros de distancia entre ambas. “No nos podemos tocar”, le advierte Marián Muñoz a su madre, María Ángeles Calzón, de 94 años. Nueve meses sin un beso ni un abrazo, sin dar un paseo. Las separa una cinta roja y blanca, como las de la policía. Están sentadas cada una a un lado, en la hora de visita de la residencia privada Concesol, en Madrid. Pasaron de estar todas las tardes juntas a no verse durante meses. Muñoz, de 60 años, ahora se conforma con media hora semanal en la que habla a gritos a su madre, que casi no la oye. A Calzón se le entrecorta la voz mientras su hija le muestra una foto de sus cuatro bisnietos. Al pequeño, que nació este año, no lo conoce aún. “Me ha tocado la lotería por poder verte, hija”, le dice.

Cortar las visitas en las residencias fue una medida drástica en la primera oleada del virus, pero con un alto precio, la soledad y el aislamiento. Ahora están sujetas a medidas rigurosas. “Con la desescalada volvieron a ser ellos, porque mientras no vieron a sus familias, se fueron desconectando”, dice Alicia Aguado Szurek, la subdirectora de esta residencia, propiedad de su familia. Está convencida de que en julio una señora murió de pena. “No podía ver a sus hijos como antes, ni a sus nietos, ni abrazarlos ni besarlos, perdió el apetito, fue apagándose”.

Una guirnalda con luces adorna la entrada de este centro que vivirá pronto su Navidad más triste. Aquí residen 52 mayores. En marzo, aunque blindaron el centro, dos ancianos murieron de covid. Ahora no hay casos y han convertido cada día en una lucha para que el virus no se cuele. Se han acondicionado pasillos para ampliar el espacio en el que los mayores comen. La sala antes repleta de visitas ahora se divide en solo tres sectores. Hay cita previa. Declaración jurada de no tener síntomas. Gel hidroalcohólico. Termómetro. Alfombra viricida. Mascarillas que los hacen gritar. Se ven pendientes del reloj. Pero al menos se ven.

Ya hay literatura científica sobre los efectos de prohibir las visitas. José Augusto García, presidente de la Asociación Española de Geriatría y Gerontología, cita un reciente estudio a nivel europeo dirigido por el Departamento de Salud Pública de la London School of Economics que señala un incremento de residentes con depresión, soledad y trastornos de comportamiento tras suspenderlas. “Estamos oyendo hablar de la cara a de la pandemia: proteger del contagio. Pero hay una cara b, lo que sufren las personas por no poder relacionarse”, añade. En las consultas ven más “síndromes geriátricos, como caídas, desorientación, insomnio, hay una descompensación enorme de patologías crónicas, y en todos los casos aumentan muchísimo los rasgos y síntomas de depresión y ansiedad”. Algo que se agrava en los casos de demencia y los trastornos del comportamiento.

Tras el drama de la primera ola, con más de 20.000 muertos en residencias sociosanitarias, miles de mayores vuelven a estar contagiados. En solo dos meses y medio, de septiembre a mitad de noviembre, murieron cerca de 3.500 residentes. Ahora, el debate de hasta qué punto restringir las visitas está sobre la mesa. Amnistía Internacional denunció en un duro informe esta semana que en muchos casos sigue dependiendo de los propios centros. A la asociación de familiares y trabajadores Pladigmare le constan al menos siete casos en Madrid en que, sin contagios, se suspendieron las visitas. La Marea de Residencias también pide que se flexibilicen.

María Ángeles Calzón mira a su hija durante una visita, la semana pasada en la residencia Concesol en Madrid.
María Ángeles Calzón mira a su hija durante una visita, la semana pasada en la residencia Concesol en Madrid. Olmo Calvo

Hay que ponderar riesgo y beneficio, indica el informe del grupo de trabajo sobre residencias elaborado por el Ministerio de Derechos Sociales y las comunidades: “La separación prolongada de sus familias derivada de la prohibición de visitas está causando daños devastadores y duraderos en la salud cognitiva y psicológica de las personas que viven con demencia en residencias”.

En agosto, el Gobierno y las autonomías acordaron que las visitas quedarían limitadas a una persona por residente, un máximo de una hora al día. Pero la situación varía mucho por comunidades, tanto su duración como periodicidad. “Los saltos de criterio de una autonomía a otra generan incertidumbre y hartazgo”, opina José Ramón Martínez, doctor en Salud Pública y presidente de la Asociación de Enfermería Comunitaria. Cree que es posible conciliar protección y contacto humano, como ocurre, por ejemplo, en la atención primaria. “Se ha optado por la solución más eficaz, la más fácil, pero con efectos muy negativos”, sostiene.

Prudencia

Sin embargo, parte del sector llama a la prudencia. Andrés Rueda, presidente de Ascad (asociación que agrupa a unas 250 residencias catalanas), recuerda que tanto trabajadores como familiares son vectores de contagio y huye de generalizaciones: “No a todos los mayores les ha afectado igual”. Pide que las decisiones sobre las visitas estén ligadas a la situación epidemiológica del área sanitaria en que se encuentre la residencia, pero no de toda la autonomía. Aboga por “normalizarlas más”, usando test de antígenos, algo que permitiría a los familiares “tener contacto con los residentes”. Cree que hay que estudiar caso a caso y priorizar, “con criterio profesional”, a quienes el contacto con su familia serviría para ralentizar su deterioro.

Para la madre de María Josefa Sánchez hubo un antes y un después. El 10 de marzo salieron a comer para celebrar su cumpleaños. Cuando volvió a verla en persona, tras la desescalada, “había perdido 20 kilos”. Se indigna al otro lado del teléfono. Su madre vive en la residencia Fundación de Alzhéimer Reina Sofía, un centro público gestionado por Clece, en Madrid. “Nos dijeron que estaba muy mal y la llevamos a casa. No comía. Empezaron a tratarla en paliativos y fue recuperándose”, relata. Al romper su rutina la enfermedad avanzó. En agosto la reingresaron, “tras la advertencia de que si no, perdería la plaza”.

Cuando volvió al centro, ya no podía visitarla. Del 17 de agosto al 23 de septiembre se suspendieron, después de que 14 residentes dieran positivo. Sánchez asegura que antes de la pandemia estaban encantados con la residencia. Ya no. “Veo a mi madre cada 21 días porque me reparto con mis hermanos”, lamenta. “Yo soy fisioterapeuta y atiendo a 20 personas con una mascarilla de doble filtro, ¿y no puedo estar con mi madre? Si la abrazas, se calma, pero no me dejan tocarla. Nos corresponderían dos visitas de una hora a la semana, pero solo tenemos una y durante menos tiempo”, se queja. La directora del centro, Cristina Rodríguez, explica que “por error” la Comunidad publicó un dato erróneo sobre su nivel de inmunidad, pero que realmente les corresponde una. Confirma que las han reducido a 40 minutos “para que todos los residentes puedan recibir visitas todas las semanas”.

“Hemos dejado de tener una función de apoyo, nos sentimos marginados, un estorbo”, continúa Sánchez. “Mi madre ya no camina. En la primera ola la tenían atada al sillón en su cuarto para que no se moviera, porque no entiende que tenga que quedarse aislada”, asegura. Clece no responde respecto si usa métodos de sujeción. La responsable sanitaria de la residencia, Belén González, sí confirma que ha habido deterioro en los residentes.

Algo que ha pasado en muchos centros. En la residencia Concesol, Vicenta Martín, acostumbrada a estar con su hijo, se entristeció durante los meses confinada. Ahora hay tres visitas semanales de media hora. Va en silla de ruedas y se cubre el regazo con una manta. Tiene 92 años, también padece alzhéimer. “Tras el aislamiento había perdido mucho, en el contacto diario tratábamos de mantener su ilusión”, explica su hijo, Gabriel Montes, de 60. “Lo recuperamos en un mes”, añade. Sentado frente a ella, la anima. Pero el tiempo pasa rápido y la media hora vuela. “Adiós, madre, pórtate bien y cómetelo todo. Y acuérdate y me lo cuentas”, se despide. “Adiós, guapa”.

La disparidad autonómica

En Asturias, con datos hasta mediados de noviembre, no se han detectado contagios originados por familiares en la segunda oleada. En Madrid se sospecha de un brote (en otros tres también hay familiares contagiados). Sin embargo, y pese a que en este momento el principal vector de contagio son los trabajadores, hay 17 realidades respecto a visitas.

En Castilla-La Mancha están suspendidas desde el 5 de noviembre. En La Rioja se acaban de retomar, después de tres meses prohibidas. Una decisión que la justicia no avaló en noviembre en Castilla y León, cuando la Junta quiso suspenderlas para toda la región.

En la mayoría de autonomías se permiten, salvo en los centros con brote. Esto quiere decir que el centro se blinda para todos los mayores, sean positivos o no. No obstante, en regiones como Cataluña, Galicia, Canarias, o las provincias de Bizkaia y Álava, si el brote está controlado, los centros bien sectorizados y los casos bien aislados, también pueden tener lugar. Algo que Madrid aprobó recientemente en un nuevo protocolo: el número de visitas permitido seguirá dependiendo del riesgo epidemiológico de la comunidad y del porcentaje de residentes con anticuerpos, pero añade novedades. Los familiares podrán tener contacto físico con los mayores, usando equipos de protección. Serán menos de 15 minutos si el residente no tiene inmunidad. En Navarra se permite “contacto físico a través de las manos”, si se usa gel hidroalcohólico.

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