La crisis del coronavirus

¿Es España el Japón europeo de la mascarilla?

Cuando el tapabocas ya es obligatorio siempre en casi todo el país, los expertos insisten en que se use bien mientras los ciudadanos son los más proclives de Europa a utilizarlos

Varias personas protegidas con mascarillas acceden a la playa de la Malvarrosa de Valencia.
Varias personas protegidas con mascarillas acceden a la playa de la Malvarrosa de Valencia.Juan Carlos Cárdenas / EFE

Pasear por muchas partes de España estos días puede recordar a hacerlo por una calle de Tokio en la era precoronavirus. Lo común es ver pasar a los transeúntes con mascarilla, no siempre bien colocada, eso sí. Desentonan los grupos de jóvenes -y más si se sientan en la calle alrededor de unas botellas- o los ocupantes de las terrazas de los bares. Nada parecido al ambiente callejero en Francia o el Reino Unido, países igualmente golpeados por la pandemia de la covid-19. Solo desde este lunes es obligatorio el cubrebocas en los espacios públicos cerrados en Francia.

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Los españoles, junto a los italianos, están a la cabeza de Europa en declarar que usan esta protección ahora ya consensuada por los expertos como una medida clave para protegerse. Han adoptado en pocos meses una costumbre muy arraigada en Oriente y que busca evitar contagiar a otros en espacios comunes o evitar infecciones durante la época de la gripe. Las razones para los especialistas no están claras, aunque apuntan a una mejor educación, el miedo tras un embate que ha dejado más de 28.000 muertos o también el afán de responder en un sondeo lo que se considera adecuado. Aunque no se cumpla.

A lo largo de la semana más crítica desde el final del estado de alarma, un goteo de comunidades se han sumado a Cataluña y han obligado a ponerse mascarillas aunque haya distancia entre las personas. Solo Canarias y Madrid se resisten. Los españoles ya estaban predispuestos a hacer vida con la cara cubierta. Son los europeos más proclives a usar mascarilla, según una encuesta entre varios países (nueve europeos) promovida por el Imperial College de Londres. La inmensa mayoría se muestra muy favorable (más del 60%) o favorable a llevarla. Son proporciones similares a las de naciones del entorno asiático. En el otro extremo están los nórdicos, con Finlandia a la cabeza (solo el 35% se declara dispuesto a utilizarla si los organismos internacionales lo aconsejan).

España, sin embargo, tardó en imponerla. Lo hizo el 2 de mayo para el transporte público y el 21 cuando no se pudiera garantizar la distancia de seguridad. Dos meses antes la República Checa había sido el primer país europeo en obligar a cubrirse la boca en supermercados, farmacias y transporte público. Le siguieron seis naciones más antes de que aquí se ordenara. El macroestudio de prevalencia español constató que en un mes, entre mediados de mayo y finales de junio el uso de mascarillas se generalizó. Uno de cada cinco españoles declaraba no llevarla al principio. Solo un 7,3% no la portaba al final del estudio. Llamaba la atención que mientras en Badajoz o Jaén prácticamente todo el mundo aseguraba que iba cubierto (menos un 3,9%), en Gipuzkoa, la gran excepción nacional, poco más de la mitad de la población decía portar mascarilla (55%).

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Ver las terrazas repletas con parroquianos a cara descubierta en Hondarribia, las mesas pegadas, impresionó a Santiago Moreno, jefe de servicio de Infecciosas del hospital Ramón y Cajal de Madrid, durante un viaje reciente. “Pensaba, si aquí hay alguno infectado, se contagian 25. Los únicos que iban cubiertos eran de Madrid”, recuerda. Cree que imponer la mascarilla responde a una necesidad desde el punto de vista conceptual. “Siendo tan taxativos, quien no cumple siente que viola la ley”, afirma, “más vale que nos pasemos por exceso que quedarnos cortos”. A la portavoz de la Sociedad Española de Enfermedades Infecciosas y Microbiología Clínica, María del Mar Tomás, le parece adecuado: “Las únicas medidas de prevención que tenemos por el momento son las mascarillas, la distancia y reuniones o contacto en el exterior”.

Otros especialistas discrepan. La epidemióloga Andrea Burón, vicepresidenta de la Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria (SESPAS) cree que esta medida solo debe obedecer a situaciones excepcionales “cuando el riesgo para la salud colectiva realmente así lo aconsejara”. Cree más razonable y pertinente usar mascarilla “durante el rato que entras en un comercio o viajas en transporte público, en un ascensor o cuando puntualmente se acumula gente, porque es cuando el riesgo es mayor y porque de esta manera la obligación e incomodidad está limitada en el tiempo y espacio”. Llevarlas permanentemente es molesto con lo que “es inevitable tocarlas (que ya sabemos que no deberíamos hacerlo) y no tiene mucho sentido que se obligue cuando se pueden mantener perfectamente las distancias de seguridad”.

“Se han justificado estas medidas por la relajación de la población a llevarla cuando más hace falta”, continúa Burón, “pero preferiría que las autoridades confiaran más en la ciudadanía, con más información y educación sobre los riesgos potenciales y empoderarla para que las utilizara mejor, y en lugares y momentos donde hay riesgo”. También su colega Jesús Molina, portavoz de la Sociedad Española de Medicina Preventiva, Salud Pública e Higiene, se muestra en contra. En su opinión, basta con la obligatoriedad ya existente, cuando no se pueda mantener la distancia con otras personas. “La clave no es la frecuencia del uso de las mascarillas, sino la utilización adecuada, cubriendo la nariz y boca, desechando las quirúrgicas y lavando las higiénicas”, expone, “y sobre todo la distancia social y evitar eventos con muchas personas sin distanciamiento”. Insiste en el mantra de todos los expertos, que es aplicar todas las medidas preventivas en su conjunto: la fórmula mascarilla+distancia+higiene de manos y de superficies que tocamos y todos los objetos que se comparten.

¿Y por qué España se ha convertido en el Japón de Europa? En un país donde los ciudadanos cumplieron con un estricto confinamiento cabría esperar que imponer la mascarilla se respete igualmente, tal y como refleja el estudio de seroprevalencia. Los expertos no hallan una explicación más allá de que la educación haya calado más que en otros países europeos, como aventura Moreno, “y me alegro de que sea así”, dice. La microbióloga Tomás apunta que la adopción de la costumbre, aparte de la obligatoriedad, puede responder a la pretensión de hacer una vida lo más normal posible en esta circunstancia. El epidemiólogo Molina advierte sobre la naturaleza de los datos. “Son respuestas autodeclaradas, no hay un observador registrando el uso de la mascarilla. Además se puede producir un sesgo de complacencia, es decir, se responde lo que se espera que es correcto”.

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