POBREZA

“Nos han dejado solos, como siempre”

Sin luz ni agua, en chabolas hechas de plástico, las condiciones de vida de los jornaleros de Huelva, que han seguido trabajando durante la crisis, es denunciada por el relator de la ONU

Abou vive en este asentamiento desde que llego a España a través de la valla de Melilla en 2014. Sin acceso a agua potable, recoge bidones en el grifo del cementerio municipal. Una rueda vieja hace las veces de fregadero.
Abou vive en este asentamiento desde que llego a España a través de la valla de Melilla en 2014. Sin acceso a agua potable, recoge bidones en el grifo del cementerio municipal. Una rueda vieja hace las veces de fregadero.Teresa Palomo

Pese al estado de alarma, los jornaleros de Huelva no han dejado de trabajar ni un solo día, asegura Sidi Saro, un maliense que no llega a los 50 años y que lleva casi la mitad de su vida dedicándose al campo. “Nos han dejado solos, a nuestra suerte, como siempre”. Malvive en una chabola de plásticos reciclados de los grandes invernaderos de la fruta en Lepe, como 300 trabajadores más. El Relator Especial de la ONU sobre la extrema pobreza y los derechos humanos, Philip Alston, visitó el asentamiento que carece de luz, aseos o acceso al agua y en el que se hacinan en cada casucha entre tres y ocho temporeros. Se quedó impactado. Le contaron que nadie les aceptaría como inquilinos. “Sus condiciones se sitúan entre las peores que ha visto en cualquier parte del mundo”, escribe en su informe sobre España, publicado este lunes.

Son casi 2.500 durante la recolección de la fresa, que generó en la temporada 2018-2019 533 millones de euros, según sus datos. Forman parte del 6% de población, que es migrante. Más de la mitad de aquellos que provienen de fuera de la Unión Europea corren riesgo de exclusión, alerta el Relator, al que las ONG con las que se encontró en su viaje de 12 días por España le describieron, “situaciones sumamente angustiosas de mujeres y niñas migrantes, especialmente empleadas en la agricultura, que sufrían una gran vulnerabilidad, estaban expuestas a la explotación sexual y comercial, eran objeto de la violencia institucional y carecían de la protección más básica”. “Según Women’s Link Worldwide, las trabajadoras agrícolas suelen ser engañadas en cuanto a las condiciones de su empleo y deben trabajar diez horas al día, pueden ser despedidas en cualquier momento, reciben salarios muy inferiores a los 40 euros diarios prometidos y no se les paga con regularidad”, continúa. La experiencia de la visita a Huelva le ha arrancado un compromiso: “El Relator se propone contribuir a vigilar y mejorar las condiciones laborales sin escrúpulos que prevalecen en la zona”.

Side dice que han sido los voluntarios y activistas locales quienes han proporcionado mascarillas y alcohol durante el confinamiento. Los primeros días de marzo, cuando se declaró el estado de alarma, solo la Unidad Militar de Emergencia (UME) hizo acto de presencia en los asentamientos, informando sobre cómo combatir el virus y protegerse de posibles contagios. Una información más que inútil cuando tu techo es un plástico, no tienes agua, ni luz, ni un grifo a mano ni posibilidad de guardar la distancia de seguridad dentro de una chabola en un asentamiento que triplica su aforo en plena temporada.

“Lo más sorprendente era que todo el mundo conocía la situación pero había una respuesta muy deliberada de no hacer nada”, asegura Alston sobre su visita, previa a la crisis sanitaria. “Era como un juego, en el que preguntabas a las autoridades locales, ‘¿qué pasa? ¿qué están haciendo?’ Y ellos contestaban, ‘no sé. No es nuestra responsabilidad’. Entonces acudías a los responsables regionales y contaban que eso no tenía nada que ver con ellos. ‘Es responsabilidad de los ayuntamientos o quizá del Gobierno’, aseguraban. Y vas al Gobierno y dicen: ‘No podemos intervenir en ello’ El resultado es que no solo no se hace nada sino que todo se queda como está”.

Cruz Roja repartió unos lotes de comida durante la crisis, pero ni rastro de mascarillas o alcohol. La Guardia Civil informa debidamente de que, quien no tenga autorización por parte de los agricultores para ir a trabajar, no puede salir de las chabolas. Parece una orden fácil pero, como dice por teléfono Issouf Diarra, otro jornalero, “aquí casi todos trabajamos de manera ilegal, porque no tenemos papeles, ¿quién va a darnos autorización?”. Los que tenían autorización salieron cada día de las chabolas para ir a trabajar, y los que no tenían ni papeles, ni permiso de trabajo y por lo tanto, tampoco autorización, también tenían que salir a trabajar. Escondiéndose y tratando de mantener la distancia de seguridad en los taxis clandestinos, no han faltado ni un solo día al trabajo, eso si, muchos han sido sancionados por no permanecer en sus “casas”.

Issouf estaba pendiente de obtener su residencia legal gracias a un contrato de trabajo que un agricultor le ofreció para hacer la temporada pero los trámites se vieron interrumpidos por el estado de alarma y la oficina de extranjería cerrada. Ahora su contrato ha acabado, y no sabe si finalmente obtendrá la residencia pese a haber trabajado cada día del estado de alarma. Él agradece los esfuerzos de su jefe por proporcionarle mascarilla y gel en el lugar de trabajo, pero también relata como los chicos que no tenían contrato por no tener documentación en regla, se quedaban sin mascarilla porque, ¿cómo justificas que necesitas un número de mascarillas más elevado que las personas que tienes en plantilla?

Hacia principios de abril, una iniciativa popular surgía para abastecer los asentamientos con comida, agua, mascarillas y lotes de higiene. Un gran grupo de taxistas de manera voluntaria se ocupaban del transporte de esta ayuda humanitaria. Ambos, Sidi e Issouf, coinciden en que Antonio Abad, un activista de la zona, ha sido la persona que ha estado ayudándoles cada día. Les ha mantenido informados de cada actualización del BOE, les ha proporcionado mascarillas, agua, plásticos para construir más chabolas y aliviar el hacinamiento de las mismas, ha denunciado las terribles condiciones en las que malviven los trabajadores del campo. A Issouf no le tiembla la voz cuando afirma que las administraciones no han aparecido por los asentamientos. No les han ofrecido alternativa habitacional o la posibilidad de pasar el confinamiento en unas condiciones más humanas.

Sidi afirma con orgullo y tristeza que se han cuidado unos a otros, si alguien presentaba síntomas llamaban a emergencias y aislaban a la persona para la seguridad de todos. Ahora que la temporada termina en Huelva, la mayoría de estos jornaleros viajaran a otras partes de la península para seguir trabajando y malviviendo en las mismas condiciones.

Con información de Ana Alfageme

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