La crisis del coronavirus

“En España se ignoraron principios clave en salud pública”

Pedro Alonso, epidemiólogo y director del Programa Mundial de Malaria de la OMS, aboga por una "profunda reforma" de los sistemas de información sanitaria

Pedro Alonso, cuando fue nombrado doctor 'honoris causa' en la Universidad Rey Juan Carlos, en 2016.
Pedro Alonso, cuando fue nombrado doctor 'honoris causa' en la Universidad Rey Juan Carlos, en 2016.© Carlos Rosillo

Pedro Alonso (Madrid, 61 años) es un epidemiólogo con una larga trayectoria en centros de investigación y programas internacionales. Ha sido jefe del Servicio de Salud Internacional del Hospital Clínic de Barcelona, del Centro de Investigación en Salud Manhiça (Mozambique) y del ISGlobal. Dirige desde 2014 el Programa Mundial de Malaria de la Organización Mundial de la Salud (OMS).

Pregunta. ¿Llegó a pensar alguna vez que vería una pandemia como esta?

Respuesta. Era una posibilidad que los científicos teníamos muy presente. Habíamos tenido avisos, como el SARS y la gripe A. El elemento de incertidumbre era el momento: podía ser ahora, en 10 años o en 20. Pero el riesgo estaba en el radar de la OMS y otras agencias.

P. ¿Qué es lo que más le preocupa ahora?

R. La situación en las Américas, donde la pandemia sigue avanzando en muchas zonas. África tiene más de 200.000 casos y allí la capacidad diagnóstica es limitada, lo que nos impide tener una idea precisa de lo que ocurre. Nos gustaría pensar que la estructura poblacional más joven aminorará el golpe, pero no estamos seguros. Y cada día hay rebrotes que nos recuerdan el peligro de un virus que no se ha ido. Asumir que somos vulnerables no es sencillo.

P. ¿Hasta cuándo viviremos así?

R. En ciencia todo pronóstico está llamado a ser erróneo y hay que ser muy prudente. En la OMS operamos con modelos que dicen que podríamos tener un año y medio o dos por delante. Es el tiempo necesario para generar evidencias y productos que puedan llegar a un número suficiente de personas.

P. ¿Confía en la vacuna?

R. Soy optimista. El SARS-CoV-2 muta relativamente poco y debería conseguirse. El desafío es que sea segura y desarrollar la capacidad de producción y distribución para hacerla llegar a todos lo que la necesitan.

P. Esta semana hemos tenido buenas noticias con la dexametasona.

R. Será de gran ayuda para reducir la mortalidad, pero sirve para atender a personas ya enfermas y graves. Esto no te modifica la dinámica de transmisión del virus. Para eso necesitamos vacunas y profilaxis y hasta ahora no hay avances en la práctica.

P. ¿Por qué han fallado países como España en su respuesta?

R. Se pecó de cierta miopía. Un subestimar al virus y pensar: ‘Esto no nos puede pasar a nosotros, ya lo sabremos gestionar’. Los países estaban informados sobre el riesgo y lo esperable era que contaran con los medios y estructuras para lo que se avecinaba.

P. Se ha cuestionado parte de la información llegada desde China e incluso se ha acusado a la OMS por contemporizar con Pekín.

R. Yo creo que, con las dificultades que tiene toda nueva epidemia, se ha actuado rápido. Se identificó y secuenció el virus en solo unos días. La OMS declaró la emergencia internacional el 30 de enero, que es la máxima figura de alerta en el Reglamento Sanitario Internacional. La decisión se adoptó tras dos semanas de reuniones y con el consenso de los máximos expertos. El director general, Tedros Adhanom Ghebreyesus, hizo llamamientos diarios a los países en febrero para prepararse. No creo que pueda afirmarse que no había avisos e información.

P. Aquí en España algunos decían que era peor “el virus del miedo”.

R. Eso es algo que se dice con la voluntad de no generar alarma entre la población. Es un buen principio siempre que no te aleje de lo esencial: prepararte por si la situación evoluciona hacia el peor de los escenarios posibles. No alarmar está bien, pero cierto nivel de alerta es necesario. La mejor confianza no la consigues diciendo a la gente que no se preocupe cuando el peligro es evidente, sino adoptando las medidas que están en tu mano para afrontar la amenaza que tienes delante.

P. En España y otros países hemos sido víctimas de una paradoja. No se actuó antes porque no había datos que mostraran la circulación del virus. Pero estos datos no existían porque no se hacían pruebas por una definición de caso estrecha.

R. Aquí es necesario tener en mente tres principios clave en enfermedades infecciosas. Uno: en casi todas hay casos asintomáticos. Dos: hay que vigilar si estos individuos transmiten la enfermedad. Tres: si no los buscas, estos casos no los encuentras. El riesgo entonces es que solo veas los casos graves, una mínima parte del total.

P. Es como un iceberg…

R. Sí. Tú ves la punta, que no es representativa de la cantidad del virus circulante. Necesitas una red que te alerte de si el virus circula y en que proporción. Y esto no se hizo. Se mantuvo una definición de caso muy restrictiva que hacía imposible captar la transmisión comunitaria en marcha. En España y otros países se ignoraron principios clave en salud pública.

P. Como dice, eso ocurrió en varios países. ¿No tenía la epidemia algo de inevitable?

R. Por lo general, decir que algo ha ocurrido en muchos sitios no es un buen argumento para defender una gestión. Y no es cierto que la situación sea igual en todos los países, como demuestran los indicadores de impacto de la epidemia.

P. Uno de estos indicadores es el alto número de sanitarios infectados en España. No había equipos de protección en el mercado internacional. Tampoco pruebas diagnósticas.

R. Eso es algo que tú debes tener previsto antes de la epidemia. Los stocks estratégicos, las vías de aprovisionamiento, las capacidades de producción… Todo eso debe tenerse preparado antes del evento, porque una vez iniciado se desata un mercado salvaje. En esto la anticipación es clave.

P. También estamos teniendo problemas con los datos de nuevos casos, fallecidos…

R. Sí, y es algo grave. Una enfermedad infecciosa solo puede gestionarse con datos fiables, porque si no eres un piloto aterrizando con niebla y el altímetro estropeado. Una de mis obsesiones con la malaria es tener datos fiables de la situación en cada país para anticiparme de forma adecuada. Hay que convertir este problema en una oportunidad.

P. ¿Cómo?

R. Es el mejor momento para emprender una profunda reforma de las estructuras de salud pública y los sistemas de información sanitaria en España. Hoy hay soluciones tecnológicas que ofrecen información de calidad en tiempo real. Es un problema sistémico que hay que resolver con urgencia porque habrá rebrotes y hay que estar preparados para anticiparnos.

P. Es la tercera vez que habla de anticiparse…

R. El trabajo previo hecho determina tu respuesta. Un buen sistema de alerta y gestión, bien revisado y puesto al día, te da las herramientas para hacer frente a la epidemia. Un ejemplo son los centros operativos de emergencias. Ahora tienes 10 personas trabajando en uno, pero en cuestión de horas puedes tener a 150 gestionando la crisis si ha ido a más. Se trata de contar en cada momento con los recursos técnicos y humanos, y los procedimientos necesarios para no ir a remolque.

P. Se ha dicho que España necesita una Agencia de Salud Pública.

R. Sería una buena herramienta si tiene una capacidad ejecutiva real. La gobernanza de la crisis no ha sido la mejor. El país también necesita movilizar a los mejores expertos y darles un papel importante en estas crisis. Es algo que se ha hecho tarde y con un papel secundario. Tenemos una buena red de centros de investigación, pero la cadena de transmisión hacia la toma de decisiones no está engrasada.

P. ¿Cómo podemos aprender de los errores?

R. Con auditorías técnicas en casi todos los niveles para entender qué ha pasado, cómo y por qué. La OMS lo va a hacer. Europa debería hacerlo. Y en el caso de España es imprescindible entender por qué ha tenido unos niveles de mortalidad tan altos.

P. La crispación actual no ayuda.

R. No. Estos procesos tienen que hacerlos expertos independientes. El Parlamento debe tener un papel y estar informado, porque es donde reside la soberanía. Pero la situación requiere una revisión desapasionada y rigurosa para entender qué ha ocurrido. Hacer eso ahora desde el ámbito político resulta difícil, como vemos en España y otros países. Nos jugamos mucho en esto. Si no averiguas qué ha fallado, estás condenado a repetir los errores.

P. ¿En qué medida la crisis ha puesto en evidencia las debilidades de la globalización? Ha sido chocante ver a grandes países europeos incapaces de comprar lo que necesitaban en el mercado internacional.

R. Yo pienso que la globalización ha sido algo beneficioso para la humanidad. Con ella se ha reducido la mortalidad en el planeta y 700 millones de personas han salido de la pobreza. Pero también tiene sus riesgos y consecuencias negativas. Ha quedado en evidencia que no podemos depender de la producción de una o dos fábricas en China u otro país. Es un riesgo, no solo en caso de una pandemia, sino también por un terremoto u otro accidente. Pero irse al otro extremo y que cada país lo produzca todo es algo que no es ni viable ni deseable.

P. Europa tampoco ha sido buen ejemplo. Los países con capacidad de producción no la han compartido en los peores momentos…

R. Hay que tener más y más seguras cadenas de suministro. Es algo que debe contemplarse a nivel de continente en Europa o África, por ejemplo. Y en distintas agrupaciones de países en América o Asia. Europa debe aprovechar esta crisis para recuperar liderazgo científico, capacidad de producción, de estrechar la relación entre conocimiento y producción…

P. ¿Cómo valora el cierre de fronteras en Europa?

R. Creíamos tener una unión política cuando lo que hemos visto es un retrotraerse a nuestras fronteras. La lección ha sido dura. Esta pandemia nos debe hacer pensar muchas cosas y que la próxima vez estemos mejor preparados, porque si hay algo seguro es que habrá otra pandemia. Europa debe reflexionar profundamente sobre aspectos clave como su gobernanza, el papel de organismos como el ECDC…

P. ¿Podemos considerar esta crisis también una cura de humildad para el mundo?

R. Sí. Y debe servir para tomar conciencia, si se me permite barrer para casa, de que esto que ahora Europa vive con gran consternación es lo habitual para buena parte del mundo. Es enfrentarse sin medios a enfermedades infecciosas que matan, que condenan al subdesarrollo económico y social. Estoy hablando obviamente de la malaria, que causa 200 millones de casos y 400.000 muertes cada año, pero también de la tuberculosis, el sida… Las enfermedades infecciosas siguen siendo la única amenaza sistémica en términos de salud global para la humanidad. Y una parte importante de los habitantes de nuestro planeta se enfrentan cada día a ello mientras son invisibles para el mundo más desarrollado, que ve todo esto como algo ajeno.

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