Historias de la pandemia

“El último beso lo recibí el 7 de marzo a las 6 y cada día lo añoro”

En Historias de la pandemia, EL PAÍS selecciona hoy cinco testimonios de sanitarios que han luchado contra el coronavirus

La lectora abraza a una compañera durante uno de sus turnos.
La lectora abraza a una compañera durante uno de sus turnos.
Susana García Antón

¿Vosotros también habéis sentido que estabais viviendo una película? Esta sensación de irrealidad que lo envuelve todo… Cada día camino del hospital en mi coche por las calles vacías de vida, calles desoladas y desiertas, en mi cabeza no podía asimilar que todo aquello estuviese ocurriendo. Supongo que es la manera que tiene nuestra mente de poder encajar lo inasumible. Hay cosas que no podremos olvidar jamás, que al menos yo no podré... Salir de casa y pensar que puedes contagiarte en cualquier momento, que debes tener cuidado con lo que tocas y que no puedes caer porque te necesitan más que nunca. Entraba a mi vestuario, el cual está cerca del mortuorio, y rezaba por no seguir viendo camillas y camillas agolpadas en la puerta esperando. Me decía a mí misma “por favor que no sea Fulano o Mengano”.

De la noche a la mañana había cambiado nuestra manera de trabajar. El caos lo invadió todo. Cada día había que adaptarse a situaciones desconocidas o a nuevos protocolos. Ya no podíamos entrar a las habitaciones sin un EPI, lo que dificultaba enormemente los cuidados. Era medicina de guerra. Una batalla en la que todos arrimamos el hombro. Hemos aprendido que nos necesitamos unidos, a trabajar más que nunca en equipo. Ese equipo que me mantuvo viva durante aquellos días, que no me dejó hundirme y en el que compartíamos tantas lágrimas… Ir a trabajar y saber que nos podíamos apoyar las unas a las otras era una razón para seguir adelante, para sacar fuerzas. Un trabajo en el que todos éramos importantes, en el que no faltaba personal dispuesto a ayudar. Hasta recibimos apoyo por parte del conjunto de psicólogos del hospital. Esos 10 minutos de relajación que nos cargaban de energía para esos turnos devastadores. Cada enfermera de la unidad conocía a todos los pacientes de la planta y debíamos confiar unas en otras para sacarlos adelante. A los pacientes no se les permitía salir de sus habitaciones aunque la mayoría estaban tan mal que no podían ni levantarse de la cama. El saludo habitual cuando ingresaban era: “No puede salir de la habitación, se debe poner la mascarilla cuando entremos y si necesita algo sea paciente, pues debemos vestirnos antes de entrar”. Imaginad qué sensación de encarcelamiento. Nos sentíamos fatal a sabiendas que debíamos protegernos para poder seguir atendiéndolos. Era muy angustioso ver que los pacientes se ahogaban en cuestión de minutos y no poder correr a atenderlos porque teníamos que equiparnos con el traje completo (bata, doble guante, casco, mascarilla…) mientras el tiempo corría en nuestra contra. Un tiempo que parecía no mover las agujas del reloj para los pacientes, como si todo se hubiese detenido, pero que para nosotros era un auténtico contra reloj. Muchos me preguntaban si se iban a morir o me afirmaban que sabían que nunca saldrían de aquellas cuatro paredes. Se me partía el alma y sólo podía decirles que íbamos a luchar con todas nuestras fuerzas. Y eso hacíamos, pero el condenado bicho es duro de roer. Todos los días veíamos a alguien morir o irse a la UCI sin que pudiésemos hacer nada por evitarlo. La familia no podía acudir, salvo en caso de despedida por probable fallecimiento inminente y los veían desde una distancia de dos metros, sin ni siquiera poder tocarlos. Quien ha vivido esto sabe de lo que es capaz este virus, pero también sabe de lo fuertes que podemos llegar a ser si estamos unidos y si somos responsables. Hoy mi unidad ya no es “planta covid”, hoy estoy en casa de baja por coronavirus. Pasando de ver el miedo en los demás a sentirlo en mí, sabiendo lo que puede llegar a pasarme, sabiendo que nadie se me puede acercar. ¿Recordáis la última vez que os dieron un beso? Yo sí, fue un 7 de marzo sobre las 6.00 de la tarde y no hay día que no lo añore. Ahora imaginad estos pacientes. Recuerdo cada uno de sus nombres y lo que más me marcó fue que cuando los tocaba con aquel traje frío y siniestro, ellos me miraban asombrados, agradecidos… Porque ahora más que nunca valoraremos cada caricia, cada abrazo o cada beso.

Experiencias que marcan para toda la vida

Sergio Herrera Mendez / Fuenlabrada (Madrid)

Soy auxiliar de enfermería de UCI estos meses. Mis experiencias que nunca olvidaré y que me han marcado han sido:

-En un módulo de 4 camas, recuerdo un día estar cuidando y dando medicación a los pacientes con la enfermera. Llorábamos bajo las mascarillas y las gafas, sin poder respirar, porque uno de los cuatro pacientes había muerto: un padre de familia. Su mujer e hija estaban allí despidiéndose desconsoladamente. Les permitieron llamar a una persona para que a través del móvil pudiera despedirse de él. Nunca antes trabajar así ha sido tan difícil. Verlas y oírlas despedirse e inevitable sentir empatía e imaginar perder a mis propios padres.

-Unas semanas más tarde, ayudé a una paciente ya consciente, después de estar varios días en coma inducido, a hacer una llamada con su hija porque ella no tenía fuerza en las manos. Fue la mejor experiencia de mi vida. Ayudarla a que hablara con su hija mientras yo le agarraba de la mano para mostrarle mi apoyo y con mi otra mano le sujetaba el móvil en su oreja. Madre e hija estaban emocionadas y agradecidas. Me emocioné al oír lo agradecidas que estaban y al escucharlas decir que se llevaban con ellas un amigo para toda la vida.

Impagable.

Más carpe diem que nunca

Elena María Brozos Vázquez / Santiago de Compostela (A Coruña)

He vivido en las últimas seis semanas algunas experiencias más intensamente que en mis 37 años previos. Se puede decir que esta pandemia ha venido a traerme la clarividencia en muchos aspectos. Y aunque resulte confuso, porque este virus aporta a la comunidad científica más oscuros que claros, mi impresión personal es que a la humanidad puede dejarle más sensatez y madurez como balance final. Previo periodo inicial de torbellino de sensaciones, montaña rusa de sentimientos y revoltura mental ante los acontecimientos.

Como sanitaria, confieso mi pasión vocacional ante una nueva enfermedad. Repasamos con la covid-19 múltiples mecanismos fisiopatológicos del ser humano, reforzamos lazos de unión entre compañeros de trabajo y acercamos posiciones en la red de tribus hospitalarias (entiéndase, diferentes especialidades médicas). Pero además de médica soy persona. Y como tal, plasmo aquí lo que la covid-19 me ha aportado.

En primer lugar, lucidez. Los primeros (y confusos) días no sabíamos qué hacer, ni en casa, ni en el trabajo, ni con los hobbies. Pero la organización brotó, las ideas (brillantes) surgieron, la amistad se reforzó. Son buenos tiempos para reordenar el ranking de los principios. Y aunque a nivel político y social estamos viendo mucha ponzoña, en realidad nos estamos quitando la careta (no la mascarilla, por favor) para mostrarnos cómo somos realmente. Es una desnudez del alma. El agradecimiento sale a las 20.00 a los balcones, pero lo mejor (o peor) de nosotros sale el resto del día. El protagonismo de la jornada se lo llevan las críticas a la gestión del Gobierno, la oposición lanzando dardos, opiniones de todo tipo en redes sociales, ignorancia, egoísmo. Los valores de cada uno han salido a la luz, que no a las terrazas al atardecer. He visto chauvinismo, aporofobia y racismo.

Pero este baño de realidad también nos hacía falta, lo malo hace relucir lo bueno. Porque también he visto solidaridad, empatía y voluntad. Resiliencia y capacidad de diversión con nuevas aficiones. He visto sonrisas debajo de los EPI. Que cada uno se sirva y elija con qué quedarse. Yo escojo el respeto a los chinos porque no se han inventado ningún arma biológica, no. Admiración por nuestros mayores, porque ya había sido suficiente con haber demostrado su valentía y coraje con las miserias del siglo pasado para que ahora tengan que lidiar con otra penuria: la soledad (en muchos casos, la soledad final). También escojo a los generosos, porque una vez más demuestran al mundo que el plural le gana al singular.

Y finalmente, tras esta nueva sacudida que nos trae la vida, tengo la esperanza de comprobar que la sociedad se haya fortalecido. Hemos tenido enseñanzas por parte de la naturaleza que ha vuelto a respirar, hemos reinventado la cultura, la música y el vermú de los domingos, hemos puesto nuestro cuerpo en movimiento en nuestras alfombras, profesiones esenciales han sido reconocidas. Si de esto no sale aprendizaje, poco valemos y nada merecemos. Como decimos en gallego, si la afouteza no entra de esta, no entrará nunca. Por eso, más carpe diem que nunca. Seamos capaces de reconocer lo bueno que surge en estos momentos y pongámoslo a disposición del futuro, si de verdad queremos ser mejores.

Los verdaderos héroes

Laura Ariño Torregrosa / Barcelona

No sé cómo empezar esta carta. Como sanitaria veo todos los días cosas que a nadie le gustaría ver. Desearía buenos días y buena salud a todos, pero las circunstancias son difíciles de combatir. Todos los días a las 20.00 oigo los aplausos al salir del trabajo Y pienso que no todo lo que estamos haciendo, todo ese esfuerzo, todas esas horas extras merecen la pena. Aun así también considero que los verdaderos héroes son aquellos que luchan por su vida en el hospital, solos y sin saber si volverán a ver a sus familiares.

Es duro, en todos los aspectos pero tengo que decirlo. Cada día veo cómo lucháis, veo cómo peleáis, veo cómo sonreís a pesar de vuestra gravedad o vuestras circunstancias. Vosotros sois los verdaderos héroes porque no es fácil soportar tal estrés y lo hacéis estupendamente.

Sé que muchos echáis de menos a vuestros familiares. Quiero que pronto los veáis y que, cuando termine esto, podáis abrazarlos y besarlos. Recordad que no solo los sanitarios son héroes dando su vida por los demás ni por que luchen y arriesguen sus vidas contra esta enfermedad.

Ahí fuera hay muchos héroes, como aquellos agricultores que nos hacen poder tener la comida día a día, o aquellos ganaderos. También las fuerzas de seguridad y orden y los supermercados que abren cada día para que no falten recursos. Todos y muchos más hacemos un ejército que pretende terminar pronto con esta pesadilla.

Pero para mí, lo más importante es recordar que vosotros también sois héroes por enfrentaros a ella y sobre todo que todos aquellos que estáis en vuestras casas cumpliendo correctamente las normas sin poner en riesgo a vuestros seres queridos y amigos, también lo sois, porque no es nada fácil.

Desde aquí os lanzo un saludo y un gran apoyo.

Firmado por una sanitaria que está orgullosa del esfuerzo que estamos haciendo y de ver cómo os recuperáis

Las dos caras del coronavirus

Sergio Ortega Guadix / Poitiers (Francia)

Me llamo Sergio, tengo 23 años y soy un fisioterapeuta granadino que trabaja en un hospital de Francia, en la ciudad de Poitiers.

Soy sanitario y he tenido la oportunidad de trabajar con pacientes enfermos de covid-19. Mi historia es la de una paciente que he tenido con coronavirus. Esta mujer cayó enferma y fue hospitalizada en el servicio geriátrico covid junto a su marido, que también era positivo. El servicio decidió que estuvieran en la misma habitación para hacer de este mal trago algo más llevadero.

Las semanas pasaron y ella mejoró de manera formidable. Sin embargo, su marido empeoró y vivió sus últimos días en el hospital. Ella decía estar contenta por haber pasado a su lado sus últimos momentos. Justo días después de la muerte de este paciente, empecé a ocuparme de los enfermos de este servicio.

Conocía la historia y sabía que debía motivar a esta paciente al máximo para que siguiera adelante. La primera vez que la vi, me encontré una mujer dolida, pero al mismo tiempo agradecida con el equipo. Con ganas de mejorar y poder volver a casa. Era autónoma, pero no se sentía segura de volver sola a su domicilio todavía. Necesitaba nuestro apoyo en este momento complicado. Me encantó trabajar con ella y conseguir sacarle una sonrisa después de todo.

En esta historia creo que se ven las dos caras del coronavirus entrelazadas. Por un lado, el empujón del virus hacia la muerte y por otro lado, la esperanza de salir del hospital recuperado.

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