Centroamérica

El país del que huyó Chavela Vargas se abre al matrimonio igualitario

Tras una lucha de décadas contra el conservadurismo y casi 20 años de discusión política abierta, Costa Rica da este martes un paso firme en los derechos a la comunidad LGTB

Una manifestación en favor del matrimonio igualitario en San José, en agosto de 2018.
Una manifestación en favor del matrimonio igualitario en San José, en agosto de 2018.EZEQUIEL BECERRA / AFP

Fueron muchas ocasiones en que Chavela Vargas despotricó contra su país natal. Decía que Costa Rica la ahogaba, que la libertad había que buscarla fuera y que su vida comenzó cuando huyó de Centroamérica y se entregó a los brazos de México. Después se enamoraría también de España, pero nunca pudo reconciliarse suficiente con el país que la parió en 1919. El resentimiento lo llevó hasta la vejez, cuando ya se reconocía homosexual y se comprendía mejor el desagrado que le significaban los recuerdos de ella como la única niña que vestía pantalones entre las fincas de café en el municipio Flores, en la provincia Heredia.

Esa Costa Rica conservadora y confesional, con el catolicismo como religión oficial explícita en la Constitución, resarce este martes una parte de la factura que Chavela se llevó a la tumba. El Estado costarricense es el primero en Centroamérica en reconocer el derecho de las personas del mismo sexo a casarse “con quien se les dé la gana”, diría La Chamana. Este 26 de mayo se agota el plazo de 18 meses que el Tribunal Constitucional dio en 2018 al Congreso para que ajustara las leyes y permitiera implementar el matrimonio igualitario. Los diputados no lo hicieron, por lo que entra en vigor de forma automática este nuevo derecho. Se zanja el tema que partió las aguas en las elecciones de ese año, tras 15 años de intentos legales y después de décadas completas de lucha abierta o clandestina por derechos para la población homosexual.

Nada hace prever que Chavela Vargas se habría casado. Su espíritu caprichoso no calzaba con la idea de firmar un contrato de matrimonio jurándose amor eterno. Lo que este cambio en la ley ofrece es la posibilidad de escoger entre acceder a un derecho que tiene la mayoría o rechazarlo por voluntad propia, no porque el Estado lo prohíbe, explica Laura Florez-Estrada, una chef costarricense que tiene su propia historia de matrimonio con Jazmín Elizondo gracias a un vericueto que pudieron encontrar para eludir la prohibición legal que queda derogada finalmente este martes.

“Ella [Chavela Vargas] huyó de Costa Rica y una puede entenderla. Nosotras ya habíamos decidido irnos de Costa Rica si en el 2018 ganaba Fabricio Alvarado”, dice Laura sobre el predicador evangélico que ascendió en las encuestas como candidato presidencial en enero de 2018, como una reacción conservadora ante el criterio del 9 de enero de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) favorable para el matrimonio igualitario.

Ha sido la norma en la pelea de los colectivos por los derechos LGTB. Acción y reacción. Cada paso delante, en un país que se precia de abanderar los derechos humanos, topa con la resistencia de un amplio sector conservador ligado a la religión que además, ahora tiene más espacio que nunca en la Asamblea Legislativa. Aún la semana pasada, un grupo de diputados neopentecostales intentó postergar la entrada en vigencia del matrimonio igualitario para hacerlo coincidir con el siguiente proceso electoral. Hubo un momento en que muchos dudaron de que este martes quedara habilitado, pero ahora parece impostergable. Es la hora.

“Intentan estropear la fiesta y llevar todo al límite. Y seguro lo seguirán intentando, pero el cambio legal implicará también un cambio cultural y esto es imparable; como lo fue con el reconocimiento del voto femenino”, reflexiona Enrique Sánchez, jefe de la bancada oficialista en el Congreso, al que accedió en 2018 presentándose como el primer diputado abiertamente gay. “Costa Rica será el país 30 en el mundo en reconocer el matrimonio igualitario y eso molesta a algunas personas, pero cada vez serán menos”, añade.

La fiesta tampoco podrá ser esta semana. Los colectivos tenían organizada una caravana y fiestas en los sitios públicos donde desde hace unos años pueden ondear la bandera del arcoíris, pero la pandemia de la covid-19 obligó a cambiarlo todo. Los bares están cerrados por mandato del Ministerio de Salud y están prohibidas las concentraciones masivas. Tampoco han ido a más las expectativas por los negocios alrededor de las bodas igualitarias que se habrían programado para las fechas inmediatas al 26 de mayo. Varias organizaciones tienen programas transmisiones remotas para recordar la lucha de décadas y lo que viene en adelante para el reconocimiento de derechos de la comunidad LGTB.

“Es importante, claro. Nos alegra porque sabemos que ha sido una lucha de mucho tiempo, pero ha sido muy sufrido para muchas personas, demasiadas”, dice Laura junto a su pareja Jazmín. Su historia lo refleja. Se casaron en 2015 gracias a un error registral que permitía a Jazmín aparecer con sexo masculino en su cédula. En el papel era un matrimonio de hombre y mujer, pero en la realidad eran ellas pasando por una hendija del muro de la legalidad. Habrían llegado a este 26 de mayo siendo la única pareja del mismo sexo casada ante el Registro Civil, pero numerosas gestiones judiciales han logrado evitarlo, al punto de que simplemente las borraron como matrimonio desde el 14 de mayo. Ante el Estado no son esposas y tampoco exesposas, tampoco dueñas del restaurante que manejan juntas en el barrio Escalante, al este del casco central de San José.

Ahora, llegada la fecha, podrán casarse y acceder a los derechos de patrimonio familiar, a un seguro conjunto o a una eventual herencia; podrán incluso corregir con todas sus letras a quien crea que son hermanas. Pelearán también por el reconocimiento de lo que ya vivieron en los últimos cinco años o incluso por el derecho a casarse cuando quieran, no necesariamente el martes en tiempos de coronavirus. Lo resume Jazmín: “Yo le digo que nos volvamos a casar, pero algo bonito, algo preparado y pensado, no como una carrera porque el Estado nos fija una fecha. Ya no tendremos que irnos del país para vivir como somos, será un país más digno, pero tampoco tenemos sentimiento de fiesta porque ha sido muy duro para muchas personas y porque hemos aprendido que siempre hay algo que puede pasar”.

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