La crisis del coronavirus

Primer domingo de misa en la fase 1

Las iglesias han retomado el culto con aforo limitado y confesionarios vacíos

Salida de misa en la basílica de la Macarena.
Salida de misa en la basílica de la Macarena.alejandro ruesga / EL PAÍS

“Ya tenía ganas de sentir el frío del banco, que estaba cansada de sofá”, bromea a la salida de la misa de las 12.30 en la Basílica de La Macarena, en Sevilla, Laura Marín, ama de casa de 62 años. El primer domingo de misa en la media España que entró en la fase 1 la semana pasada ha sido un éxito. El mal tiempo generalizado deslució el estreno de las terrazas y limitó la afluencia a los comercios, sin embargo, las visitas a los templos, han sido continuas.

La celebración en La Macarena, uno de los templos que más fieles atrae en la capital andaluza, ha congregado a casi un centenar de personas. A 600 kilómetros, en Utiel, un pueblo del interior de la provincia de Valencia de 11.000 habitantes, apenas se han reunido 10. En ambas localidades sus párrocos han adoptado diferentes estrategias para garantizar el aforo de un tercio que establece la normativa para la fase 1 y que, el pasado sábado, el Gobierno extendió a los territorios que aún continúan en la 0. En la Fase 2 se podrá aumentar hasta el 50% de su capacidad.

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“Como decía Jesús, qué ganas tengo de cenar con vosotros”, comenta el párroco de Utiel, Agustín Alcayde, mientras repasa con pulverizador y bayeta en mano el templo de Escuela Pía media hora antes de la misa dominical de las once. “Hemos buscado dos lugares diferentes para que la gente vaya al que tenga más cerca, y hemos duplicado las eucaristías”, apunta Alcayde, que puntualiza que la capacidad de la iglesia se ha limitado a 40 personas. En La Macarena, que a lo largo de esta semana ha recibido una media de 1.200 visitas diarias, el director espiritual de la Hermandad, Antonio Mellet, ha habilitado para los domingos un horario extra a las once de la mañana. “Así tratamos de que la asistencia por la mañana sea más escalonada”.

La medida ha surtido efecto. El rito de las 10 ha cubierto el aforo de un tercio permitido: un centenar de personas, 60 en los asientos y unos 40 en pie. El de las 11 ha congregado a unas 50 —“esta hora no gusta al barrio”, advierte Mellet—. En el de las 12.30, muchos feligreses han reservado sitio media hora antes. “No suelo venir tan pronto, pero es el primer domingo y no quería arriesgarme a quedarme fuera”, cuenta Esperanza González, devota de La Macarena, a la que viene a rezar porque su hijo se ha quedado sin trabajo por el coronavirus.

El párroco de Utiel, Agustín Alcayde, desinfecta los bancos de la iglesia.
El párroco de Utiel, Agustín Alcayde, desinfecta los bancos de la iglesia.Cristina Vázquez

Pese a la diferencia de tamaño y asistentes, el ritual en ambos templos es similar. Botellas de gel hidroalcohólico en la entrada y en las pilas de agua bendita —vacías—, felpudos untados con lejía rebajada a las puertas y bancos marcados para indicar dónde se pueden sentar los fieles —todos con mascarillas—. La comunión se ofrece en la mano y en el momento de darse la paz, el contacto físico, tímido, únicamente se produce entre familiares, el resto se saludan con la mirada. Tampoco se pasa el cepillo para la colecta. En La Macarena son de pago electrónico y en Utiel están a la salida.

La desazón de Esperanza por su hijo en paro es una de las preocupaciones que más fieles han trasladado a Mellet en esta primera semana en la que se han retomado las confesiones. Los encuentros no los realiza en los confesionarios —está prohibido—, sino en una pequeña oficina en el interior de la iglesia. Antonia acaba de salir de ella. Su marido la está esperando en uno de los primeros bancos, cerca de la virgen. Sus dos hijas están inmersas en un ERTE, pero a ella solo le interesa que estén bien de salud. Antes de entrar, se ha cruzado con Antonio Reina y su mujer, un matrimonio amigo. “Nosotros hemos seguido las misas durante el confinamiento por streaming y hoy venimos en persona, como los domingos es el único día que no la emiten por Internet, vamos a verla en directo”, señala Reina.

“Gracias a Dios por las nuevas tecnologías”

Las redes sociales han operado como vía de escape durante el confinamiento para los devotos y como amplificador de la fe para los sacerdotes. “Muchos fieles están dando gracias a Dios por las nuevas tecnologías que les han permitido seguir en contacto con su iglesia en estas semanas tan duras”, cuenta Mellet. Los actos emitidos por los canales de YouTube y Facebook de la Hermandad de la Macarena han batido récords de audiencia, con picos de 1.300 personas —tres veces y media la capacidad del templo— y visualizaciones en 18 países.

“Desde Semana Santa damos las misas por Facebook, y los que no tienen acceso a este soporte, ven los servicios por televisión [la televisión autonómica À Punt los ha televisado durante el confinamiento]. Le doy al botón cinco minutos antes de comenzar y avisamos por Whatsapp, y quien puede se conecta”, detalla el cura Almeyda desde Utiel. En algunos momentos ha llegado a contar con 200 espectadores. Alguna vez se ha colgado la plataforma, pero, en esos casos, el sacerdote pide paciencia. Durante el confinamiento ha mantenido contacto telefónico con las personas que han necesitado apoyo porque estaban bajos de ánimo o enfermos.

Este domingo han entrado a su templo creyentes, sobre todo, de mediana edad. “Los que vienen están muy comprometidos, son muy de parroquia”, describe Alcayde. Como Lola, de 53 años, que habitualmente participa en los grupos de confirmación y de matrimonios. “Para mí era importante volver a la iglesia”, asegura después de semanas en las que ha oído misa por Internet, el canal 13 o La 2. Para el matrimonio formado por Alberto (53 años) y María Amparo (47), la misa dominical ha sido un reencuentro. Conocen al párroco Agustín de toda la vida, Alberto ha hecho dos veces con él el Camino de Santiago. “Es un gozo, aunque la gente viene con mucha prudencia y no nos quedamos a hablar mucho porque si no, hacemos el círculo y cuesta mantener las distancias. La celebración ha sido una alegría”, concluye el sacerdote.

En la Macarena de Sevilla hay muchas parejas maduras y madres que rozan la cincuentena, acompañadas de sus hijas adolescentes. “Lo primero que hice este lunes, en cuanto abrió la basílica, fue venir a ver a la virgen”, dice Almudena, de 15 años, con una sonrisa que se escapa de su mascarilla. La letanía del Rosario resuena en el arco de entrada y ella y su madre se apresuran para pillar sitio.

Miguel no tiene prisa. Vestido de domingo se apea de su bici y opta por asistir a la misa desde la calle. Las palabras de Mellet llegan claras aupadas por el micrófono. La Macarena no cierra sus puertas y durante el culto, los transeúntes pueden pasar a ver a la virgen, “respetando la distancia de seguridad”, como advierte el párroco. Algunos fieles se congregan a la entrada para escuchar la homilía que, como lleva haciendo desde que comenzó la pandemia, alude irremisiblemente al virus.

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