La lengua no miente

Veremos qué saldremos a hacer y quiénes seremos todos nosotros el día después del confinamiento

Varias personas pasan en confinamiento en los balcones de un bloque de pisos de la Barceloneta.
Varias personas pasan en confinamiento en los balcones de un bloque de pisos de la Barceloneta.Albert Garcia / EL PAÍS

Con la pandemia llegó la solidaridad, el unificarnos todos detrás de las filas de la nube negra, el fuck you al consumo afiebrado y alienado, el desertar de las tropas disciplinadas del capitalismo. Como el hombre es victimario y víctima a la vez en una misma vida, también con el virus mundial llegó para muchos el sueño del totalitarismo delivery, quedate, guardate, hashtag #yomequedo. No hará falta militar en partidos de extrema izquierda o derecha para poder ser, y ejercer, de espía. Ahora desde tu balcón o solamente oyendo detrás de las paredes podrás controlar a los otros, deschavarlos, llegado el caso, apedrearlos. Por lo que sea, si salen más de una vez, si no aplauden, da igual.

Estoy leyendo los escritos de La langue confisquée. Lire Victor Kemplerer aujourd’hui, de Frédéric Joly, desde antes de la pandemia y como siempre pasa, la literatura se adelanta a la vida. Klemperer analiza in situ las alteraciones y deformaciones de la lengua alemana durante el Tercer Reich: “Como es habitual hablar de la fisonomía de una época, de un país, lo mismo se designa el espíritu de un tiempo por su lengua”. Él hace lo que para mí es el modelo de ética a seguir y lo que permite sobrevivir, llevar un diario. Volver a la escritura el arma más letal contra la época. Desde el campo en el centro de Francia, a unos 180 kilómetros al sur de París, intento llevar un diario de las expresiones que trajo el virus, de las nuevas formas de control de la lengua, no solo de la policía, de los discursos del Estado, sino de nosotros.

En alguna de las redes alguien dijo que los mejores agentes e informadores de la Stasi, la KGB, la policía política del franquismo, etcétera, eran los porteros y vecinos, eficaces a más no poder. Algo similar pasa acá entre viñedos, una especie de confusión epocal en un escenario perdido en el tiempo, iglesias del siglo XII, puentes y acueductos romanos, aljibes, torres arrasadas por grandes incendios, casas de piedra baleadas durante la liberación de 1945 se suman a una conducta vigilante de los lugareños. Salí a caminar por entre las viñas a unos 30 metros de mi casa y un vecino joven salió de entre las flores blancas a decirme que es peligroso. Primero, aluciné de que me hablaban las flores; “es el confinamiento”, me dije. ¿Qué es lo peligroso? pregunté. Que puede tener una multa, dijo, y aumentó a 1.500 euros, ni hablar del otro lado del río, después agregó que solo me estaba advirtiendo.

Me quedé pensando en ese término policial. Yo no estaba infringiendo la ley, tenía mi atestación con fecha y firma para salir una hora por día y hasta un kilómetro alrededor de mi casa. Su llamada de atención; ¿era por mi bien, por el bien de él, de la comunidad o para controlarme, por vicio, por excitación frente a lo espectacular? Al virus ideológico del movimiento de los chalecos amarillos ahora se suma esto que pareciera que le dará una estocada al capitalismo, o al revés, lo exaltará todavía más, veremos qué saldremos a hacer y quiénes seremos todos nosotros el día después del confinamiento, lo que es seguro es que amamos espiar.

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Ariana Harwicz es escritora argentina. Su último libro es Degenerado (Anagrama).

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