La crisis del coronavirus

Diez territorios en los que vamos a cambiar

Algunos de los pronósticos derivados de esta crisis son que saldremos más miedosos, pero también más fuertes, solidarios y con otras prioridades y sentido de la sociedad

Personal sanitario del Hospital Clínic de Barcelona se une el jueves al aplauso de los vecinos.
Personal sanitario del Hospital Clínic de Barcelona se une el jueves al aplauso de los vecinos.MASSIMILIANO MINOCRI / EL PAÍS

Los niños soviéticos no crecían admirando a un Nadal o un Messi, sino a Gagarin, el primer hombre en el espacio, elevado a tal santidad popular que llevó a varias generaciones a desear ser astronautas. El sueño de grandeza personal podía fundirse con el sueño colectivo en sus carnes y por ello fue más relevante lo ocurrido con Serguéi Krikaliov, el astronauta al que la disolución de la URSS pilló en la estación MIR y que, en 1992 y después de 310 días en el espacio, regresó a otro país. Ya no había ni Unión Soviética, ni gloria de cosmonauta para él, ni estatua colosal y por no haber no quedaba abierto ni el Museo de Logros donde se podían admirar estas cosas antes de la liquidación comunista.

Hoy somos todos –y no un astronauta- los que, cuando pase la gran crisis del coronavirus, aterrizaremos en otro universo. “Recuperaremos la normalidad”, dijo el rey Felipe VI y así lo soñamos todos. Pero lo más probable es que el mundo haya cambiado después de esto y que lo que llamamos “normalidad” tenga otro aspecto. He aquí 10 esferas en las que, más allá de la sacudida económica, según sociólogos, psicólogos y expertos consultados, podemos sufrir importantes cambios.

1. Psicológico: Más miedosos, pero también más fuertes. Seremos más miedosos, pero también más fuertes, según la encuesta de 40dB para EL PAÍS el pasado domingo, que recogía cómo el 53,6% de los encuestados cree que de aquí saldrá una “sociedad más temerosa”. Una mayoría, el 47,7%, asegura que también será “más fuerte”. “Surgirán miedos que aún no podemos verbalizar, que nos van a marcar como sociedad y que nos harán recolocar todo”, subraya la socióloga Belén Barreiro, directora de 40dB. “Si evolucionan hacia el reforzamiento del Estado de bienestar, puede ser positivo. Pero el miedo también tiene riesgos”.

Innerarity: “Esto va de servicios públicos, no de emociones”

El miedo era ya un sentimiento que venía creciendo ante el desafío ambiental, la inteligencia artificial, según destaca la politóloga Cristina Monge. “Nos sentíamos ya más desprotegidos ante un Estado que además ha ido en retroceso. Y esta crisis agudiza ese miedo. Vamos a ser sociedades más temerosas”. Pero el miedo es también “un sentimiento que nos informa y es un factor de generación de vínculos y protección”, sostiene el filósofo Daniel Innerarity. “El miedo produce sociedad y produce instituciones, como decía Hobbes. Hay miedos que destrozan porque generan xenofobia, erosionan confianza, pero también nos permiten edificar instituciones para gestionar la desprotección”. Que seamos capaces de convertir ese miedo en algo positivo y no negativo será la clave para el desarrollo social.

2. Solidaridad. La empatía es marca de la casa en España y se convierte en solidaridad abundante de forma habitual, como muestran las altas cotas de trasplantes y el hombro siempre arrimado en las familias. La encuesta citada recoge que el 60% cree que el coronavirus dejará una sociedad más solidaria, un factor que puede ser clave en la coordinación social, afirma Barreiro. Pero que tiene riesgos, advierte Innerarity, porque, más allá de lo excelente de la generosidad, “esto va de instituciones del cuidado, de servicios públicos, de tener un sector sanitario robusto y deberíamos resistirnos: que no nos distraigan, esto va de protecciones sistémicas”. En la gran recesión de 2008, recuerda, las interpretaciones remitían a culpabilidades individuales (para la derecha, la culpa era de los que vivían por encima de las posibilidades; para la izquierda, de los malvados inversores y banqueros) cuando en realidad era un problema sistémico. “Ambas respuestas remitieron a lo individual. Demos interpretaciones más sistémicas que nos permitan respuestas más sistémicas. Es una gran distracción poner el foco en comportamientos individuales como causantes (la tos) o soluciones (los médicos) y miremos hacia lo público y sistémico”. La solidaridad que hoy se ve en las encuestas y en comportamientos vecinales ante la crisis, además, no tiene una pervivencia garantizada, opina Monge, si el choque económico genera una mayor desigualdad.

3. Sociabilidad. Que la plaza, el bar, las cañas y los amigos son buque insignia de una sociabilidad muy acentuada no es un tópico en España: más del 30% lo practica a diario, según la encuesta del CIS de 2016, que recoge también el alto grado de conversaciones y conexión con amigos y familia en nuestro país: tratamos y hablamos cara a cara con 17 personas al día de media. Que ahora se haya retraído por el confinamiento no cambiará los hábitos de los españoles que, según los consultados, en cuanto podamos volveremos a abrazarnos, brindar, besar y recuperar el contacto físico habitual. Pero hay cosas que estamos practicando que sí pueden permanecer: el gimnasio y el ocio en casa, el consumo cultural en ordenador. “A corto plazo habrá una explosión de salidas, pero permanecerá lo que cada uno está descubriendo en su confinamiento: que la cocina puede ser un entretenimiento, que tal supermercado ha sabido organizarse bien y le vamos a ser fieles o que hay productos que no consumíamos y que nos gustan”, dice Barreiro. Y hay una sociabilidad añadida que estamos aprendiendo y que Monge define así: “Empezamos a darnos cuenta de la gente de que dependemos. Cuando todo se para y no puedo comprar lo que me apetece en cada momento, cuando las cosas se restringen, empiezo a poner en valor el sentido de sociedad”.

4. Generacional. La crisis ha alumbrado la soledad en la que se pueden encontrar los mayores y la limitación repentina de su esperanza de vida, que creíamos ya siempre ascendente, y esto puede conllevar un cambio de enfoque en el compromiso generacional. “El coronavirus ha puesto el énfasis en las necesidades de los mayores en un país envejecido y en la calidad de los cuidadores que necesitamos. Cambiará el concepto del cuidado como forma de responsabilidad compartida”, asegura el psicólogo Elkin Luis, profesor en la Universidad de Navarra. “Habíamos estado más orientados a la protección de la infancia y adolescencia y ha cambiado el ranking de prioridades. Hay que proteger a los ancianos”. El compromiso educativo con los niños, por otra parte, víctimas de la enorme brecha digital en el confinamiento, adquirirá más visibilidad ante el peligro de que esta derive en brecha cognitiva. La exigencia de mejora estará sobre la mesa.

5. Vivir en la incertidumbre. La historia de la sociedad occidental es una historia de búsqueda de certidumbres, subraya Cristina Monge, “y tendremos que acostumbrarnos a vivir en la incertidumbre: ante una pandemia, el cambio climático o la inteligencia artificial”. “Volvemos a otro mundo distinto, pero a saber qué es la normalidad”, subraya Txetxu Ausin, filósofo e investigador del CSIC. “Vivíamos en un mundo que era una especie de burbuja de seguridades, de desarrollo hipertecnológico, de comodidades, y el coronavirus nos la ha pinchado y nos ha puesto ante el espejo. Sería un error volver a lo anterior, antes hay que sacar muchas enseñanzas”. Ausin subraya por ejemplo el valor de lo común y lo colectivo como solución frente a una visión del mundo hiperindividualista o la conciencia de nuestra interdependencia y fragilidad. “El sálvese quien pueda no funciona, ni ante esta pandemia ni ante desafíos como el cambio climático. Es un aprendizaje dramático porque teníamos que haberlo hecho antes, pero ahí estará”. Elkin Luis describe cómo esta crisis nos permitirá valorar las cosas de forma diferente: “Vamos a ver capas que antes ignorábamos: empezamos a encontrar el sentido del cartero, el panadero, el cuidador de ancianos, que olvidamos en la medida en que entramos en una cotidianidad que genera ilusión de control”.

6. Político. Mirada de la democracia. La crisis ha puesto el foco en el peligro de repliegues nacionales y auges del populismo, pero el pronóstico ahí no es claro. Si la recuperación es rápida y la protección social que se despliega no conduce a la desigualdad, asegura Barreiro, no habrá aumento de la desafección política. Si no, el modelo se la juega.

Cristina Monge: “La solidaridad no pervivirá si hay más desigualdad”

Daniel Innerarity prefiere separar la descripción de la prescripción, lo que vemos de lo que deseamos, y por ello es cauto en el pronóstico político: “En el corto plazo, estamos viendo al Estado como protagonista, keynesianismo de garrafón, cierre de fronteras, autoridad militar y obediencia a los expertos”, comenta. “En el largo, tal vez sea lo contrario”. Y esta es la opinión que recogen la mayoría de los consultados. No es el populismo el mayor peligro, porque los ciudadanos están viendo que necesitan políticos profesionales y no advenedizos (Barreiro). “Las fronteras del Estado no son las más relevantes, sino las fronteras de la desigualdad”, sostiene Innerarity. Este virus, como la vacuna, el cambio climático o los ataques cibernéticos requieren cooperación internacional y será necesaria más allá de las fronteras. “La verdadera realidad no es un Estado que ahora mismo te enseña cómo lavarte o toser, uniformado y con un cuerpo de expertos al mando, esto es un momento, sino un mundo de Estados que tienen que aprender y poner en común recursos y bienes”, señala Innerarity. Esa capacidad de coordinación global, sin embargo, aún no se ha puesto en marcha y, en palabras de Monge, “si no hay respuesta a nivel global –y Europa aún no está a la altura- puede producirse un repliegue, se va a entender que el Estado es el protector frente a los que viene de fuera. Por eso me parece peligrosa la metáfora de la guerra. Nos sitúa en un paradigma de un enemigo invisible que viene de fuera, y eso es peligroso”.

7. Control tecnológico. Adivinen: ¿Quién ha contratado a 100.000 personas para hacer frente a la crisis, avala a las pequeñas empresas, prioriza bienes esenciales y persigue a los especuladores? ¿El Gobierno de Estados Unidos? No: Estados Unidos de Amazon. Así arrancaba estos días su artículo la columnista de The Guardian Julia Carrie Wong para señalar “un vacío de gobernanza que el gigante tecnológico ha llenado rápidamente”. Que las grandes tecnológicas están amasando aún más poder y más rápidamente ante la dependencia de la red para el teletrabajo y la comunicación es una conclusión de todos los datos y expertos. Y que esta crisis conlleva riesgos en forma de mayor control de la población es un hecho ya en países como China, Israel y hasta Eslovaquia, el último que ha aprobado una app espía para rastrear todos los móviles y controlar el confinamiento.

“Hay un discurso del populismo tecnológico que defiende que el control total nos ayudará, pero a la larga no es así. En China ha habido abuso del control social y no es lo que ha habido en Corea o Japón, que han utilizado sistemas de inteligencia para afrontar la enfermedad de otra manera”, asegura Txetxu Ausin, que dirige una unidad de ética e inteligencia artificial en el CSIC. Para él, una consecuencia de esta crisis será la revalorización de la ciencia y la tecnología como valor social porque se está demostrando crucial, tanto para “comunicarnos como para buscar vacunas, lo que requiere procesos de computación cuántica, inteligencia artificial, que se utiliza para analizar los patrones del virus”. De ahí la importancia de invertir en ciencia y tecnología, que también han sufrido brutales recortes con la recesión. “Eso no significa aceptar el control social. La inteligencia artificial en la UE debe estar basada en valores, orientada al bien común y respetar la protección de la intimidad”. En la realidad, sin embargo, alerta Monge: “Si al final el miedo se apodera de nosotros, lo acabaríamos aceptaríamos como mal menor”.

8. Información y conocimiento. Recuperar el valor de la información como fuente de conocimiento será uno de los cambios positivos que generará esta crisis. Antonio Muñoz Molina lo subrayaba en EL PAÍS y a ello se suman todos los consultados. “La información nos permitirá tolerar mejor el riesgo hasta entrar en un proceso de adaptación”, afirma Elkin Luis. “Para cambiar una situación antes tengo que entender cómo está funcionando el mundo, y a partir de ello volver a generar una ilusión de control”. Ese conocimiento nos permitirá “la reflexión sobre los límites y la fragilidad de la humanidad y esa experiencia personal puede marcar la diferencia”.

Ausin: “Vivíamos en una burbuja de hiperseguridad que el virus pinchó”

En el entorno periodístico, esto ya se ha traducido en una búsqueda de información veraz y un alejamiento de las fake news, según un estudio de Facebook. En el entorno editorial, las grandes editoriales del pensamiento también pronostican un refugio en libros que aporten claridad y autoridad. “Ahora mismo se está buscando novela negra y distópica, pero esperamos una demanda de literatura más analítica sobre ciencia, geopolítica... Vuelve el protagonismo de los expertos, de gente con autoridad que nos aclare cosas”, asegura Pilar Reyes, directora editorial de Penguin Random House. “Si algo ha cambiado radicalmente es la completa sensación de fragilidad. Nos creíamos seguros, invencibles y creo que esa fragilidad va a estar presente durante una generación. La gente necesitará libros de pensamiento que le den sosiego y seguridad”, pronostica Francisco Martínez Soria, editor de Ariel. Miguel Aguilar, editor de Debate y Taurus, describe cómo el sector no opera obviamente en el vacío: “Al igual que proliferaron los libros sobre economía, sistemas políticos, medio ambiente y feminismo, es esperable que la pandemia genere una serie de libros sobre nuestra relación con la naturaleza y la fragilidad de nuestro modo de vida”. “Una crisis como esta condicionará no ya los intereses de los lectores, sino los contenidos de los libros”, sostiene Oriol Alcorta, editor de Península. “La gente va a querer entender las consecuencias de todo lo que ha pasado: las económicas, las que afectan al equilibrio geopolítico del planeta y a plantearse si el sistema y el ritmo de vida que llevábamos son sostenibles. Las prioridades van a cambiar, seguramente hacia mayor exigencia y crítica”, dice Carmen Esteban, editora de Crítica. “La gran pregunta es si será temporal o nos volveremos una sociedad más crítica”.

9. Profesional. Las carreras sanitarias, científicas y tecnológicas tendrán un atractivo mayor para la siguiente generación, pronostican varios. La visibilización de los profesionales necesarios para mantener en marcha un país en estado de alarma, desde las fuerzas de seguridad a la limpieza, logística y distribución les confiere también un valor hasta ahora más diluido. Y eso generará otros procesos.

10. Emociones. Los balcones que hace un par de años se llenaron de banderas están hoy sirviendo, desde Barcelona a Madrid sin distinción, para aplaudir al unísono en toda España a los sanitarios y trabajadores que están en primera línea de lucha contra el virus. Esta realineación de banderas y sentimientos espoleada por la crisis ha llevado a los balcones italianos no solo el himno nacional, sino también el chino para agradecer la ayuda enviada desde Pekín. Todo ello es positivo, pero tiene derivadas y no todas deseables. Barreiro duda de que ello vaya a cambiar realmente prioridades en el plano de los sentimientos, porque cuestiones tan desafiante como el procés puede quedar congelado, pero continuará cuando recupere el foco, por ejemplo. Y Javier Moscoso, historiador de la Ciencia del CSIC, advierte del peligro: “Parece que no pudiéramos encontrar salida fuera de la exaltación de las pasiones. Algunas pueden ser positivas, como la solidaridad o el cuidado, pero otras son peligrosas, como el populismo sobre una movilización interesada de las pasiones sociales. Y es un fenómeno muy español. España, cuando no es capaz de enfrentarse racionalmente a los problemas, lo hace con las pasiones, el empecinamiento. El Gobierno está haciendo un discurso casi adolescente, de apelar a una comunidad emocional, pero ni Pedro Sánchez ni los demás son líderes espirituales ni tienen por qué convertirse en ello. No es el camino correcto”, sostiene el autor de La historia del dolor (Taurus). Ni con estas emociones ni con banderas solucionaremos esto. “Con una bandera vasca, catalana o española no solucionamos el problema del coronavirus ni el cambio climático”, en palabras de Ausin.

A dónde nos llevarán otros sentimientos que también han tomado primer plano estos días es otra incógnita que, según Moscoso, generará cambios: el aburrimiento (niños) y la soledad (ancianos). “¿Dónde irá todo esto? No lo sé pero habrá un debate sobre ello”.

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