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OPINIÓN i

Sentar al futuro a la mesa de negociación

Es difícil saber si este movimiento cuajará, pero ya hemos prendido que cuando las reivindicaciones salen a la calle, antes o después, entran al Parlamento

Manifestantes del movimiento #FridaysforFuture se concentran en la plaza Sant Jaume de Barcelona.
Manifestantes del movimiento #FridaysforFuture se concentran en la plaza Sant Jaume de Barcelona.

Hace ya años que el filósofo Daniel Innerarity planteó que la lucha contra el cambio climático y la defensa del medio ambiente pasaba por sentar al futuro a la mesa de negociación. Hoy es la juventud movilizada en Juventud por el Clima y #FridaysForFuture la que reivindica su espacio en la conversación global. ¿Por qué ahora y no antes? ¿Por qué ha tardado tanto en emerger con fuerza esta ola verde? La respuesta, como siempre, será múltiple y habrá que esperar un tiempo para poder componer todo el puzle, pero algunos elementos se muestran ya a las claras.

Los jóvenes que se están movilizando por el clima son adolescentes que apenas han llegado a la universidad. Tanto en su educación primaria como en la secundaria han estado escuchando como música de fondo un mensaje ambiental convertido en cantinela de lo políticamente correcto pero con poco fondo transformador. Han asumido —y han forzado a sus familias— a reciclar los residuos en casa, recorren el pasillo reprochándonos que dejemos la luz encendida, se han conmovido ante imágenes de tortugas repletas de plástico que les han llevado a meter en la mochila su botella de aluminio de diseño, y hace tiempo que denostaron al coche privado como símbolo de estatus.

Sin embargo, estos jóvenes comprueban día a día cómo las evidencias del cambio climático son cada vez más claras, cómo la contaminación del aire envenena sus pulmones y cómo la comunidad científica alerta de la necesidad de dar un giro a nuestro modelo de desarrollo si queremos parar, o al menos, ralentizar el desastre. Son los mismos jóvenes cuyas vidas, en Europa, se han desarrollado en buena medida en los años más duros de la crisis y ya son conscientes de que el futuro es algo incierto, inestable, cercano a los videojuegos distópicos con los que pasan horas. “Somos los que vamos a sufrir las consecuencias”, nos dicen.

Hacía falta una chispa para que prendiera la hoguera, y esa chispa ha sido una peculiar y carismática adolescente sueca capaz de llegar a los foros más influyentes. A partir de ahí, ha saltado un movimiento que comparte características con otras movilizaciones de los últimos años, lo que ha llevado a hablar de un “15-M climático”. Con las redes sociales como medio natural para extender el mensaje, estos jóvenes, que desbordan con creces a las organizaciones ambientalistas, articulan un discurso transversal para reivindicar a quienes nos gobiernan “acción política frente a la crisis climática”.

Es difícil saber si este movimiento cuajará más allá de las movilizaciones pero ya hemos aprendido que en los tiempos líquidos en que vivimos cuando las reivindicaciones salen a la calle, antes o después, entran al Parlamento. La juventud ha pedido sentarse a la mesa de negociación como portavoces del futuro que son.

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