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Ébola: problemas y costes de la improvisación en salud pública

No hay criterio previo y claro por las autoridades españolas sobre cómo actuar ante una crisis sanitaria

Los hechos

Un sanitario español se encuentra en un país africano en tareas humanitarias, como tantos otros por cuenta de organizaciones no gubernamentales o caritativas. Surge un brote epidémico de ébola y en la atención a estos pacientes se contagia. Su organización pide la repatriación para poder ser atendido en España. El Gobierno de España accede y organiza el traslado. Ante la inquietud por trasladar un virus contagioso y letal a otro país y continente, se aduce que todo está controlado y el riesgo es despreciable. Se busca un hospital con las condiciones apropiadas para el ingreso y atención del paciente: el Hospital Carlos III de la Comunidad de Madrid, en proceso de cierre como hospital autónomo y de trasformación como centro de apoyo del Hospital de La Paz, resulta ser el idóneo por disponer de habitaciones con presión negativa (el aire no escapa al pasillo al abrir la puerta); este hospital había estado muy implicado en la atención al sida y se habían formulado planes (desatendidos) para especializarlo como hospital para enfermedades tropicales y epidemias.

Lo noticiable

El avión, las caravanas, las televisiones, vaciar todo un hospital... y las declaraciones de médicos y enfermeras que rezuman desconfianza hacia sus autoridades relativas a la preparación real (preparedness) para afrontar la compleja logística de un caso de ébola repatriado, también transpiran resentimiento y enfado, tras cuatro años de recortes donde hay que hacer más tarea con menos gente, jornadas más largas, menos medios y equipos cada vez más obsoletos y averiados.

Y finalmente lo chusco

Las autoridades sanitarias españolas dicen que los gastos se cargarán a la ONG que tenía expatriado al sanitario que enfermó, lo que el presidente del Gobierno se encargó de desmentir a las pocas horas. La realidad que desvelan estos hechos: que sigue habiendo cooperación sanitaria internacional (aunque el Gobierno de España haya retirado buena parte de su ayuda...), porque no se trata de repatriar a un turista que ha ido de vacaciones de aventura o a cazar elefantes.

Que no hay criterio previo y claro por las autoridades españolas sobre cómo conducirse en una situación de epidemia con muy baja probabilidad de contagio, pero con daños muy altos en caso de ocurrir: los norteamericanos tienen un Ejército habituado a tratar con armas biológicas, y para ello tienen instalaciones donde pueden ingresar, tratar e investigar a pacientes (no es nuestro caso). Que había otras opciones de efectividad equivalente, como enviar un hospital de campaña para tratar a este (y otros pacientes) in situ. Y que la falta de coordinación sigue siendo preocupante, resultado de un Sistema Nacional de Salud que combina una excelente medicina clínica con una anémica salud pública y una política sanitaria dubitativa, desdibujada y sumisa a las conveniencias políticas y económicas del momento.

Las enseñanzas

Las crisis de salud pública se tienen que abordar en tiempos de normalidad y calma; cuando emerge un problema complejo y grave suele ser tarde para soluciones sensatas; entonces se acaba usando el método atolondrado, que combina la negación con la histeria y la parálisis con la tempestad de movimientos. Muchos venimos diciendo que nuestro problema es el mal gobierno, tanto general como sanitario: debilidad institucional del Sistema Nacional de Salud, falta de una autoridad de Salud Pública profesionalizada y creíble para que tome el mando en momentos de crisis. Saber qué hacer no significa acertar siempre: pero sí tomar medidas con la reflexión y valoración técnica apropiadas para defender el interés general y minimizar la posibilidad de desastres ¿Aprenderemos de esta nueva improvisación sanitaria?

Médico y profesor de Planificación y Economía de la Salud. Expresidente de SESPAS (Sociedad Española de Salud Pública y Administración Sanitaria)

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