COMIDA CON... ROSA DINARÈS

“Aquella momia era un faraón, estoy segura”

La radióloga ha estudiado cuerpos embalsamados del Antiguo Egipto

Rosa Dinarès, radióloga y egiptóloga del Hospital General de Cataluña.
Rosa Dinarès, radióloga y egiptóloga del Hospital General de Cataluña. MASSIMILIANO MINOCRI

“A esta momia la bautizamos con el nombre de Indiscreta”, dice Rosa Dinarès poniéndome sobre el plato el catálogo abierto por la página en que aparece la foto de un cuerpo embalsamado que le haría perder el apetito a más de uno. La científica se anima al observar mi cara de interés (por suerte no ha visto la expresión del camarero) y prosigue con complicidad. “La denominamos así porque está sin vendaje y el pubis aparece muy marcado, con vello y todo”.

Desde luego, no es una desnudez muy provocativa. Estamos hablando de la momia egipcia número 7 de las 18 que fueron halladas junto a la tumba de Monthemhat (TT 34), en la necrópolis tebana de El-Asasif, cerca del templo de Der-el Baharí (Luxor). Dinarès, que es médico radióloga del Hospital General de Cataluña, se encargó de radiografiar sobre el terreno en 2009 al macabro pero tan interesante conjunto en el marco del Proyecto Monthemhat, con amplia participación española. La investigadora pasa revista con cariño, casi con ternura al resto de las momias. El hombre dorado, La princesa azul, Secreta¿Secreta? “Tenía un bulto, como si guardase algo, en realidad era una escoliosis dorsolumbar severa. Mira esta, Piglet, por fea, pobrecita”.

Las radiografías arrojaron algunas sorpresas, como Piernas bonitas. “Pensábamos que era mujer y resultó ser un hombre, observa qué bien le habían vendado el miembro”. Dinares habla con entusiasmo y sin falsos pudores —no en balde es médico—. Recuerda con enorme nostalgia su trabajo en Egipto, días felices cruzando el Nilo para ir a radiografiar momias y, luego, a personas vivas que aprovechaban la circunstancia de que la misión arqueológica contaba con un aparato de rayos-X portátil para pasar consulta.

Mientras da cuenta de su huevo poché con vichyssoise —la conversación no le afecta al apetito; yo opto por ensalada—, la prestigiosa radióloga explica cómo desde pequeña en su Vic natal se apasionó por las momias (en el Museo Episcopal se conserva una, egipcia). Dudaba entre ser médico o egiptóloga: al cabo, vendar las muñecas se podía interpretar como lo uno o lo otro; su padre le recomendó lo primero y ella siguió el consejo, pero con el tiempo ha llegado a ser ambas cosas. Opina que los egipcios sabían mucho más de medicina de lo que creemos comúnmente. Y dice que tratar aquellos cuerpos de la antigüedad le ha proporcionado paradójicamente una perspectiva aún más humana de su oficio.

La radióloga pasaba consulta a los vivos tras estudiar a los muertos

Se muere de ganas de volver a Egipto. “Nunca tendré un servicio de radiología como aquel a las puertas del templo de Hatshepsut”, suspira entrecerrando sus ojos de un gris verdoso como el río sagrado. La observo iluminada por el sol de la terraza, con su vestido de lino azul y abalorios que recuerdan a los del III Periodo Intermedio, y siento un escalofrío.

“Hubo una momia especial”, señala con tono de confidencia. “No pertenecía al grupo pero también la radiografíe; era de un hombre alto, fornido, muy masculino, de porte regio y con los brazos cruzados sobre el pecho. Carecía de inscripciones o cualquier indicio de identidad. Pero estoy convencida de que era un faraón”. La palabra cae sobre la mesa destellante con un resonar de oro y durante unos momentos la radióloga resplandece envuelta en el brillo de sus contagiosos sueños.

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