¡Que viene el lobo!
"Se han escapado dos lobas del zoo, la parte informativa la tenemos controlada, vete tú a ver si las encuentras, parece que andan por el Born". Casi se me atraganta el cruasán. Lobos. Saboreé la palabra con toda su carga de fiereza, miedo y superstición. El día promete, me dije. Salí corriendo en dirección contraria a la de la fuga lobuna. No me impulsaba (solo) el miedo sino la sabiduría. Para rastrear lobos es preciso realizar preparativos. Fui a casa. Cogí una bolsa y empecé a meter las cosas que me iban a hacer falta. El manual de huellas y el de excrementos, el cuchillo kukri -solamente un loco parte en busca de lobos desarmado-, una bufanda gruesa para protegerme el cuello de las dentelladas, el gorro de trampero, el botiquín de primeros auxilios, La rama dorada de Frazer... Sopesé llevarme el revólver de mi abuelo, pero carezco de permiso y no dispongo de balas de plata. Arrojé sobre el revoltijo Los mercaderes de pieles de R. M Ballantyne, por si el acecho fuese largo, y Allan Quatermain, de Rider Haggard, para darme ánimos. Me lancé en motocicleta a tumba abierta hacia la zona de caza, pensando confusamente en que por suerte no se había escapado Susy, la elefanta.
La ciudad pasaba a mi alrededor como un decorado de falsa tranquilidad. Rodeé la plaza de Tetuán hecho un manojo de nervios y grité a unos trabajadores de Parques y Jardines; "¿Han visto lobos?". Parecieron desconcertados. Continué dejándolos con la boca abierta. Llegué al Born. La línea de árboles y follaje del parque de la Ciutadella parecía el bosque de Caperucita. Di varias vueltas por el barrio sin bajar de la moto. Vi un dálmata. Pero ni rastro de lobos. No había más remedio que continuar a pie. Encomendándome a Félix Rodríguez de la Fuente aparqué en el chaflán de Comerç y La Ribera, junto a una motocicleta Wolf Clasic, lo que me pareció un presagio ominoso. Tragué saliva. Un sudor frío me caía por la espalda. El sonido del móvil me sobresaltó. Era del diario. "Ha caído uno".
Estoy en zona, respondí en voz bajita: la amenaza había quedado conjurada al 50% pero era aún muy grande, y con colmillos. "Rueda de prensa a las 12 en el zoo, pero tranquilo, tú a lo tuyo". Cualquiera puede ir a una rueda de prensa, pero solo un puñado distinguimos las deyecciones de un lobo de las de un perro salchicha. Las que tenía en la mano, sopesé, eran de un perro salchicha. Apareció una señora con una barra de pan y me metí instintivamente la mano y su contenido en el bolsillo. ¿Ha visto un lobo, abuela?, inquirí aparentando tranquilidad, no fuera a desatar el pánico. Pareció a punto de escapar, pero entonces le expliqué el asunto, sin dramatizar. Han escapado unos lobos del zoo, uno sigue libre, a veces matan gente y se convierten en devoradores de hombres, pero en principio no hay que preocuparse; en la India es corriente que se lleven niños, como a Mowgli... "Uy, la leche", me interrumpió la dama, "yo vivo allá", añadió y se fue como si se hubiera dejado algo al fuego.
Me pareció que la zona se prestaba no solo a que un lobo se escondiera sino a que me preparara una emboscada. Avancé de portal en portal, preguntando a los paseantes y advirtiéndolos. Entonces me di de bruces con un pastor alemán y casi me infarto. Lo-lo-bo, lobo suelto, alcancé decir a las dos chicas que llevaban al can. Se miraron y aceleraron el paso. Varios trabajadores de las obras del antiguo mercado se asomaron a ver qué pasaba. "Que dice que se han escapado lobos del zoo", "¡lobos!, ¡en el Born!", "lo que faltaba". Salió el arquitecto. Hablamos a través de la valla metálica de la obra. "Si vemos lobos os avisamos", dijo pensando que yo formaba parte de algún dispositivo policial de captura. Orgulloso, recomendé que nadie se arriesgara. El lobo caerá, aseguré. Se formó un corrillo. El miedo espesaba la mañana. El peligro iluminaba el asfalto convertido en terreno salvaje. Era excitante. Volvió a sonar mi móvil. "Han atrapado a la segunda loba, desactívate". Me sorprendí a mí mismo maldiciendo. Ahora que era alguien, que los vecinos confiaban en mí. No les decepcionaría. ¡El lobo, el lobo, que viene el lobo!, grité y eché a correr calle abajo cargado de noticias y de emoción convirtiendo a cada paso la ciudad en una jungla tan rutilante como peligrosa.

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