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Tribuna:

Investigación básica en tiempos de crisis

"Cultivemos la ciencia por si misma, sin considerar por el momento las aplicaciones. Éstas llegan siempre", decía Ramón y Cajal

"¿Habrá alguno tan menguado de sindéresis que no repare que allí donde los principios o los hechos son descubiertos brotan también, por modo inmediato, las aplicaciones?". Con esta rotunda frase de hace más de cien años, Santiago Ramón y Cajal se refería a la disyuntiva entre investigación básica y aplicada, denunciando que "Otro de los vicios del pensamiento que importa combatir a todo trance es la falsa distinción entre ciencia teórica y ciencia práctica, con la consiguiente alabanza de la última y el desprecio sistemático de la primera".

¿Y a qué viene esto? Pues sencillamente al contraste radical entre las viejas indicaciones de Cajal -seguidas literalmente por los países líderes mundiales, que han generado eficazmente conocimiento y tecnología en los últimos cien años- y las tendencias marcadas por las políticas científicas, no ya española, sino también la reflejada por los Programa Marco europeos. Se enfatiza el desarrollo y la innovación como fin último de la actividad científica. Mientras que en Estados Unidos parte de los fondos designados por Barack Obama para la recuperación americana se destinan a potenciar la investigación fundamental (ni más ni menos que 18.000 millones de dólares), en España asistimos perplejos a declaraciones y leemos escritos de cabezas sin duda biempensantes, haciendo apostasía de la investigación básica en aras de la investigación aplicable en "cosas útiles". ¡Y no pasa nada!. Es claro que los hechos históricos a los que estamos asistiendo, con la absoluta quiebra de los valores en los que el actual sistema productivo se ha asentado, imponen un cambio de rumbo y que éste ha de orientarse hacia el conocimiento, que no es sino el resultado de la investigación científica. Nadie niega que la ciencia haya de considerar los requerimientos sociales para ser motor de este cambio. Pero acaso, en base a este planteamiento corremos el riesgo de banalizar la actividad científica. Ciertamente, y aunque la "I" grande del trinomio I+D+i está en boca de todos, parece que sufre más con la crisis económica que lo hacen la "D" y la "i". Desde aquí quiero denunciar lo peligroso de tal medida.

La priorización de la -mal llamada- investigación aplicada sobre la investigación básica, es peligrosa si ello conlleva el retroceso de esta última. Y me temo que un análisis somero de los cuentas ministeriales indica que, en esta crisis, se beneficia a una (léase innovación) en detrimento de la otra (léase ciencia). La misión de la investigación, los métodos de transferencia y la rentabilización que ello conlleva son procesos diferentes y como tales han de ser tratados. La investigación básica mira en la frontera inexplorada, en lo desconocido y por eso es intrínsecamente desordenada e impredecible. Es precisamente por esas características por lo que la investigación científica fundamental (léase "I") genera resultados que salvan vidas, que mejoran nuestra calidad de vida y que al final crean puestos de trabajo. Reducir la actividad científica a una mera actividad complementaria que sirva a los llamados intereses sociales, necesariamente efímeros y cambiantes, no es el camino a seguir. Con esa idea, corremos el riesgo de abatir dos pájaros de un tiro, la ciencia y su utilidad para resolver problemas, porque nunca será aplicable lo que no se conoce.

Al contrario que en algunas disciplinas, esto es particularmente notable en el ámbito de las neurociencias, donde a pesar del significativo avance producido en el conocimiento durante el pasado siglo, seguimos ignorando gran parte de las reglas básicas que determinan el funcionamiento cerebral. Por ello, el desincentivación del estudio de estas reglas retrasará o tal vez impedirá la compresión definitiva de las enfermedades del cerebro, y por ende su cura, por mucho que se potencie el estudio de las mismas. Es imperativo el fomento del estudio de los aspectos fundamentales del funcionamiento cerebral si queremos desvelar los hechos que nos ayuden a corregir sus problemas. El camino inverso, la comprensión del cerebro desde el estudio de la enfermedad, presenta un trazado bastante más largo y sinuoso, aunque esta actividad aparezca a los ojos del lego más acorde con las necesidades sociales.

Cajal atribuía el éxito de la investigación científica "a dos palabras: trabajo y perseverancia". Es decir, la investigación es una actividad de corredor de fondo, de largo plazo. Los científicos sabemos que una vida consagrada al estudio y al trabajo científico puede, a veces y sólo a veces, proporcionar resultados que el investigador va a ver aplicados a problemas concretos. El dirigente político ha de tenerlo bien presente y asumir que la actividad científica necesita fundamentalmente continuidad. Es más importante la continuidad de las políticas y los presupuestos que las grandes acciones puntuales.

Las preocupaciones de Cajal siguen siendo rabiosamente actuales: "Cultivemos la ciencia por sí misma sin considerar por el momento las aplicaciones. Éstas llegan siempre". No se puede decir más claro. ¿Es que no hemos aprendido nada en estos más de cien años recorridos desde estas reflexiones de Cajal? Aunque aparentemente sea duro decirlo, el día que por fin podamos olvidar a Cajal y sus consejos, habremos ganado el futuro.

Juan Lerma es director del Instituto de Neurociencias de Alicante, CSIC-UMH y Presidente-electo de la Sociedad Española de Neurociencias (SENC)

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