En Milán la moda se queda en casa
Maria Grazia Chiuri se estrena al mando de Fendi con una colección que celebra a las matriarcas de la marca, pero también a la creatividad entendida como un trabajo en equipo. Además, en los primeros días de desfiles en Jil Sander se reflexiona sobre las fronteras del minimalismo de la casa y Prada abre literalmente una como escenario, para hablar de capas y significados


La incertidumbre, la desidia ante el futuro o el pesimismo digital son una constante hoy, pero la moda sigue girando y los diseñadores a cargo de las principales marcas italianas tenían esta semana la misión de dar respuesta de forma creativa al sentir actual. O al menos de ponerle ropa con sus colecciones para el próximo otoño-invierno. Además, por si el desafío no fuera ya mayúsculo, también contaban con el reto de volver a emocionar a un público que cada vez consume más moda, pero solo como contenido digital. Tras varias décadas de crecimiento continuo, el segmento del lujo encadena varios ejercicios que han confirmado la ralentización del sector para la mayor parte de los grandes grupos (se salva Prada). Para ponerle remedio, la primera respuesta llegó la pasada temporada, con una sacudida creativa y un agitado baile de sillas entre los diseñadores de las grandes casas. Aún quedaba algún debut pendiente y Milán concentra dos citas relevantes: el estreno de Maria Grazia Chiuri como directora creativa de Fendi el pasado miércoles y el primer desfile de Demna para Gucci, que se celebrará la mañana del viernes.
Precisamente Demna, que ya demostró saber dar con la tecla de los tiempos en sus 10 años al frente de Balenciaga, dedicó su primera aproximación a Gucci (presentada en septiembre con un fashion film) a la institución que ha sobrevolado los primeros desfiles de la semana, la familia. La familia y la casa han sido elementos fundamentales tanto para los italianos como para sus marcas de moda (la mayoría crecieron y se mantuvieron durante años al calor del hogar). Pueden ser refugio, emblema de la tradición o estructura reaccionaria y como tal toman relevancia en el panorama actual, en el que hay quien recurre a lo estable y conocido, y quien lo usa como antídoto al progreso. Creativamente la casa, la herencia o el legado pueden ser un impulso o una losa, pero de cualquier manera, conectan. Si no, que pregunten a las mujeres de la saga Fendi, cuatro generaciones que han sabido conversar con las clientas desde hace un siglo. A ellas les ha querido rendir homenaje Maria Grazia Chiuri con su primera colección como directora creativa. Las conoce desde hace tiempo, porque precisamente en la casa italiana inició su trayectoria y permaneció durante más de una década, desde 1989. Allí colaboró por ejemplo en el diseño del icónico bolso Baguette, junto a Silvia Venturini Fendi, tercera generación de la familia.

Por eso el estreno de Chiuri en Fendi tenía mucho de volver a casa. A Roma, su ciudad natal, sede de la compañía, y a la firma en la que formó su visión como diseñadora. Regresaba a ella ocho meses después de abandonar Dior (al igual que Fendi, propiedad del conglomerado LVMH), donde se convirtió en la primera mujer en dirigir la marca. Allí cuadruplicó las ventas de la enseña, pero también se ganó un puesto entre las más criticadas por los opinólogos digitales. “Cuando un diseñador hombre tiene buenos números es que tiene mentalidad de negocio”, decía la italiana según recogía The Guardian, “si es una mujer, es porque es comercial”. Chiuri podía haber contestado a esos críticos con fuegos de artificio y un desfile-espectáculo, pero para su estreno decidió hacer lo que mejor sabe, moda con propósito, confeccionada con la idea de vestir a una mujer real, no a una idealización de la misma. El espíritu estaba presente en el lema escogido para la primera colección, Meno io, più noi (en italiano, menos yo, más nosotros, grabado sobre la pasarela), un alegato a favor de la comunidad en un escenario global en el que todo conduce a la individualidad. En la vida y en la moda, que tiende a endiosar a los directores creativos y esconder el trabajo de todo el equipo que está detrás.
Maria Grazia Chiuri, la mujer que colocó la palabra ‘feminismo’ en una camiseta de Dior hace ya una década, recurrió esta vez al valor de lo colectivo. “Los trajes son encuentros, momentos, intereses, intercambios”, decía en la nota de prensa. Una mirada que ha observado las necesidades y las responde con prendas versátiles. Del perfecto mono a trajes pulidos y todo tipo de vestiditos negros, en lana, en seda, en encaje, en cuero troquelado… Propuestas para la mujer de siempre, pero también para su hija, porque cualquier mujer sabe que la ropa se comparte: pantalones cargo, trencas de lana, chalecos boho, camisetas de deporte o cuellos de cuero que se llevan como chokers. Hubo además préstamos entre el armario femenino y el masculino con numerosos pases espejo que dialogaban entre modelos hombres y mujeres y hasta respuesta a la herencia más problemática de la casa peletera, precisamente el uso de pieles. Para la colección solo utilizó pieles de archivo y anunció la creación de un atelier en el que los clientes podrán acudir a rehacerse sus abrigos.
Una casa fue el escenario en el que literalmente ubicaron el desfile de Prada Miuccia Prada y Raf Simons. Pero la suya fue una casa casi en ruinas, seccionada y abierta de par en par para poder acceder a sus tripas. A lo bello, pero también a lo sucio que se esconde detrás de las cuatro paredes de cualquier hogar o de cualquier persona. Porque todos esconden secretos oscuros más allá de los filtros embellecedores de Instagram. Lo sabe bien el dueño de la red social, Mark Zuckerberg, que presenció la colección desde la primera fila junto a su mujer, Priscilla Chan. El magnate tecnológico nunca había mostrado interés por la moda (era célebre su uniforme a base de camisetas y sudaderas), pero la moda nunca había ostentado tanto poder e influencia cultural. También lo saben Jeff Bezos y Lauren Sanchez, que no faltaron a los desfiles de alta costura en París el mes pasado. Es época de primeras veces para el creador de Facebook que este jueves probaba a sentarse en el front row, pero hace justo una semana se estrenaba sentado en el banquillo para declarar sobre las acusaciones que pesan sobre Meta y sus aplicaciones planeadas para enganchar, especialmente a los más jóvenes, según los demandantes. Con Prada los rumores apuntan a que Meta lanzará unas smartglasses (un gadget rodeado de polémica), pero la diseñadora no quiso confirmarlo tras el desfile. Sorprende eso sí la elección de la marca, precisamente la de la italiana, declarada progresista y feminista, en un momento en el que toda la oligarquía de Palo Alto se ha posicionado a favor de lo que sea que señale Donald Trump.

En la pasarela desfilaron muchos de los códigos que ya conforman el lenguaje de la casa, pero sobrepuestos en capas de las que las modelos se fueron desprendiendo con cada pase en una evolución muy sugestiva. Como las narrativas personales, la moda de Prada no es simplista sino que se desdobla, se descompone con estratos de significado. En la colección hubo referencias a los años cuarenta y cincuenta, hubo estampados, zapatos feistas y combinaciones lucidas como vestidos. Pero también tejidos rotos, botines sucios y acabados imperfectos frente a la impoluta realidad digital.
En Max Mara las prendas son un refugio. Piezas concebidas mirando a la historia y pensadas para perdurar. Esta vez Ian Griffiths se fijaba en las mujeres medievales, pero su inspiración no se traducía en disfraces, sino en sutiles referencias que evocaban la calma de otro tiempo, de permitirse otro ritmo. Capuchas o capas de monjes en abrigos de cashmere y vestidos de lana, chaquetas a modo de armadura, las botas altas de un fiel escudero o los guantes de ante de un cetrero. La mujer en mente era la italiana Matilde di Canossa, diplomática, dirigente y patrona de las artes que vivió en el siglo XII en la región en la que hoy tiene su casa la marca fundada por Achille Maramotti en 1951, hace ya 75 años. Una líder de su tiempo que, de haber nacido hoy, seguramente no le hubiera importado vestir de la marca.
Jil Sander fue una de las firmas que ya estrenaron diseñador el pasado septiembre, pero la llegada de Simone Bellotti –quizá una de las más interesantes– quedó injustamente opacada por el terremoto de la temporada. Para su segunda colección, celebrada de nuevo en las oficinas de la compañía (volvió en un guiño a la propia Jil), el italiano aludía también al hogar y a su familia. Concretamente a su padre, que fue tapicero. Frente a la idea de casa que tanto gusta en la moda Bellotti partía de la noción de hogar, “un espacio emocional donde uno vive, se siente seguro y pertenece. O no. Un hogar es un lugar donde uno puede buscar refugio o del que quiera escapar; es calma o tensión y está gobernado por las contradicciones, como parte de la vida”. Un espacio cargado de memoria en el que revestir no tiene por qué significar ocultar. Unas contradicciones que le sirvieron de punto de partida para continuar evolucionando una propuesta estética que en su debut se centró en buscar lo esencial. Porque, hacia dónde se puede seguir cuando se ha despojado de todo lo superfluo, se preguntaba. La respuesta fue un un dejarse llevar y jugar con colores, cortes y volúmenes inesperados que, sin embargo, no pierden esa esencia que ya marcó hace seis meses.

Si la moda hoy se consume en dos dimensiones a través de la pantalla, las mejores ideas de Bellotti se reservaban para las espaldas, esa parte trasera de las prendas que solo pueden apreciarse en la vida real y no en la foto. Abrigos con sobrecapas o volantes que planeaban por detrás escapando de cualquier etiqueta minimalista o piezas abiertas desde la nuca en atractivos triángulos que dejaban ver los colores internos. También hubo juegos de espejos entre las prendas lucidas por hombres y por mujeres y mucha tensión entre estructuras y fluidez. De fondo, Kim Gordon declamaba una poesía de la escritora italiana Chiara Barzini.
La sucesión no es fácil en las familias, y mucho menos en las empresas familiares, y el Made in Italy ha atravesado años turbulentos en los que sus marcas buscaban su sitio en el panorama al retirarse los fundadores o sus descendientes. Etro presentaba la primera colección desde que la familia fundadora saliera completamente de la marca el pasado mes de diciembre –ahora el negocio está en manos de fondos de inversión–, una propuesta con la que su diseñador, Marco de Vicenzo, revolvía todos las declinaciones del lenguaje de la enseña (bohemio, folk, setentero, militar…). Por su parte Missoni, aún en manos de la familia fundadora, podría estar a punto de ser comprado por Authentic Brands Group. En el plano creativo, tras una época convulsa, volvió a casa hace dos años con el nombramiento de Alberto Caliri, el que fuera mano derecha de Angela Missoni desde los años noventa. La influencia se siente en la manera en la que se componen los estilismos. El zigzag santo y seña de la casa ahora se actualiza en gruesa lana y se combina con rayas, cuadros o mucho brillo.
En Boss celebraron la sastrería con un despliegue de cortes precisos y estructuras que aportaban autoridad. Americanas cruzadas, abrigos largos o detalles de seda estampada rescatados de su archivo en propuestas estilísticas para el día a día. “Una de nuestras principales ambiciones fue situar la sastrería en un contexto más orientado al estilo de vida, alejándola de la vestimenta tradicional de oficina y alineándola con situaciones híbridas”, señalaba su director creativo, Marco Falcioni.

Si la pasada temporada Glenn Martens convirtió su desfile para Diesel en un juego por las calles de Milán, esta vez trasladó ese espíritu lúdico al centro de una pasarela. Más de 50.000 objetos del archivo de la firma abarrotaban la inmensa nave en la que presentó su colección: de esculturas a peluches, neones, flotadores, pelotas, zapatillas de ballet, botellas, preservativos o miles de botones. Piezas que desde la fundación de la marca en 1978 decoraron sus tiendas o con las que construyeron campañas publicitarias. Una acumulación que resumía un universo optimista, a medio camino entre la provocación surrealista y una fantasía pop. Entre las propuestas también hubo suprarreciclaje en tejidos y espíritu de reutilización en los diseños con una colección que se rebelaba contra la imagen impoluta de los filtros. Prendas deliberadamente imperfectas, jerséis que parecían arrugados pero que en realidad estaban construidos con pliegues en sus costuras, camisetas con drapeados, pinceladas en neón o vestidos semitransparentes que parecían colocados rápidamente por encima. Tampoco faltaron ni el vaquero ni el cuero, con los que Martens siguió explorando y expandiendo sus límites.
En MM6 la inspiración estaba en la calle. Concretamente en la estación Centrale donde se celebró el desfile y donde viajeros o viandantes se cruzan a diario con estilismos más o menos elaborados. “Algunos persiguen la invisibilidad, otros ansían destacar, todos ellos son exagerados en su normalidad”, explican desde la marca. Hubo inspiración ecuestre, utilitaria y deportiva, aunque seguramente la más interesante fue la que reinterpretó a las oficinistas en uniforme para pasar desapercibidas. Porque la moda puede ser uniforme, disfraz, armadura o refugio, pero siempre es casa.
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