ITS 2026: manual de resistencia de un refugio de creatividad
La 24ª edición del certamen triestino de jóvenes creadores se aleja del concurso de talentos al uso para configurarse como un refugio de identidad y puerto seguro para la creatividad

Ni manuales de marketing ni hojas de ruta comerciales. Lo que le esperaba nada más aterrizar en Trieste (Italia) al último contingente de finalistas de los premios ITS (International Talent Support), el certamen de nuevos talentos del diseño que más alegrías le da a la moda desde hace casi un cuarto de siglo, era algo con bastante más peso y sustancia, al menos en términos emocionales: el consejo amigo de alguien que, una vez, estuvo en su mismo pellejo y hoy tiene el negocio (y la cultura) del vestir rendido a sus pies. “Ponte a prueba, esfuérzate por ser siempre mejor, cuestiónate, pero también aprende a reconocer tu talento y agradecerlo. La confianza viene con la experiencia, pero la creatividad nace del interior; así que la mejor recomendación que puedo hacerte es que conectes contigo mismo, hagas caso a tu instinto y sigas adelante”, exhortaba Demna en la misiva que los diez elegidos para la próxima gloria indumentaria encontraron en las habitaciones de su hotel. Junto a ellas, un ramito de mimosas, mensaje de apoyo y afecto según el léxico floral, pero también símbolo de lucha y resiliencia. En efecto: hay que mantener la voz a toda costa, porque es lo único que puede identificarte en un sistema capaz de arrebatártelo todo, venía a decirles el actual director creativo de Gucci, que pasó la prueba de fuego triestina en su tercera edición, en 2004, con un Raf Simons en aquel jurado que ya entonces supo leer su caligrafía disruptiva. Un aviso a navegantes en una convocatoria, la vigésimo cuarta, que se ha sentido más cónclave de resistencia que concurso de talentos al uso.

Bajo la batuta de Barbara Franchin, el International Talent Support (ITS) de Trieste ha perfeccionado desde 2002 una narrativa que incomoda al relato tradicional del negocio: la de la familia circular. Coronarse en el concurso es, desde luego, ganar una carrera en la moda —véase a Matthieu Blazy, Nicolas di Felice, Richard Quinn o Chopova Lowena—, pero aquí el éxito no se mide solo por el trofeo, sino además por el retorno. En realidad, este no es el escenario de una competición: se trata del hogar de una saga cuya genealogía asombra por su peso específico y donde el sentido de pertenencia resulta casi místico. Antiguos finalistas y ganadores, unos instalados en las cúpulas creativas de los primeros espadas del lujo, otros en ese tipo de puestos de responsabilidad ajenos a los titulares sin los que no habría industria que valga, regresan cada año para ejercer de mentores en la sombra, compartiendo experiencias que no se enseñan en las aulas de Central Saint Martins o la ModeNatie de Amberes. “Es más saludable convertir la envidia en inspiración, competir contigo mismo para ser mejor cada día”, admitía el británico Maximiliam Raynor, premio especial del jurado en 2025 y estrella ascendente de la London Fashion Week, de regreso esta edición precisamente para hacer lo que el año pasado le tocó sufrir a él mismo: la evaluación del panel de expertos.
“ITS es un cordón umbilical. Fuera, la industria tiene una avaricia que no conoce límites; en nuestro ecosistema, el error es todavía material de trabajo”, explica Barbara Franchin, ideóloga del certamen y presidenta de la fundación que le da nombre, que asume su empeño como una anomalía en un negociado que prefiere la velocidad al pensamiento. Mientras el resto del mundo se obsesiona con las ventas y la viralidad, este rincón del Adriático insiste en la construcción de una mitología propia, convertido en puerto seguro para la creatividad. “No buscamos solo una colección, buscamos una visión que resista el tiempo”, proclama Franchin. Y remata: “Ver a los ganadores de hace diez años sentados con los actuales finalistas, compartiendo por igual técnicas de patronaje que estrategias de supervivencia emocional, es lo que nos diferencia de cualquier otro premio”. Pero, ¿hasta qué punto este vivero de genios es una alternativa real al sistema o simplemente un control de calidad previo para los conglomerados del sector?

Durante los diez días de residencia creativa previos a la gala final del 20 de marzo que los finalistas tuvieron la oportunidad de gozar, la sombra de los grandes grupos/apisonadoras de individualidad se sintió inevitablemente alargada. Renzo Rosso, presidente del holding de lujo italiano OTB (Diesel, Maison Margiela, Jil Sander, Marni, Viktor & Rolf) y mecenas del certamen desde sus inicios, lo dejaba claro con su pragmatismo habitual: “El talento es el motor, pero nuestra responsabilidad es darles la estructura para que ese talento sea sostenible. No queremos artistas que mueran de hambre, queremos pensadores que transformen el negocio”. En esa frase del empresario reside la tensión dialéctica del ITS: el equilibrio entre la pureza del diseño y la voracidad de una maquinaria que demanda sangre nueva para seguir girando. “Necesitamos mentes que no piensen en el retail de mañana, sino en la cultura de la década que viene”, constataba, escrutando las propuestas seleccionadas con el ojo del cazador entrenado para alimentar un sistema agotado, o casi. Para el caso, esa búsqueda de la genialidad tiene nombres y apellidos, y los de este año conforman un mapa de disidencia técnica y conceptual.
Formando un frente unido contra la homogeneización, los finalistas del ITS 2026 se alzan para brillar —según el lema de la edición, Rise and Shine— y decirle a la industria que, si quiere masticarlos y engullirlos, van a ser de digestión muy pesada. En absoluto alienados de la realidad, al jurado (Dana Thomas, Emanuele Coccia, Sara Sozzani Maino, Hanan Besovic o el mismísimo presidente de la Cámara Nacional de la Moda Italiana, Carlo Capasa, entre sus miembros) no le quedó otra que rendirse ante su fuerte sentido de incomodidad con el estado actual del mundo, que los empuja a levantarse y pasar a la acción. “Creo que nunca había leído la palabra antifascismo tanto como en los porfolios de esta edición”, admite Franchin, confirmando que, en el Adriático, la resistencia ya no es solo una postura ética, sino la única moneda de cambio que los peces gordos aún no han logrado devaluar. Una resistencia que ha cristalizado en una preocupación común: la moda entendida como herramienta de combate político, social y cultural, alejada del impacto fácil y la caducidad inmediata que campa por las actuales pasarelas.

Bajo esta premisa de rigor conceptual, los diez finalistas-ganadores de la promoción 2026 —los franceses Darius Betschart, Steven Chevallier y Tidjane Tall; los chinos Yi Ding y Wenji Wu; los británicos Jamie O’Grady y William Palmer; los belgas Stan Peeters y Chloë Reners, y la italo-estadounidense Anna Maria Vescovi, ninguno por encima de los 25 años— no solo se marchan de Trieste con el I:C 10x10x10 Award y sus respectivos 10.000 euros, sino también con la validación de haber sobrevivido a la residencia creativa con su discurso intacto. El reparto de los premios adicionales, sin embargo, es el que termina de cartografiar las obsesiones actuales del sector. Wu emergió como doble triunfador al seducir tanto a la institución como a la técnica con su tratamiento del punto desde la identidad, llevándose los premios de la Camera Nazionale della Moda Italiana y el de la Modateca Deanna. Por su parte, el reconocimiento a O’Grady y su solución de calzado sostenible (una suerte de zapatilla do it yourself) con los de la Fondazione Ferragamo y el WRÅD Award confirma que la industria está desesperada por respuestas materiales que sostengan su futuro, mientras que el galardón Ray-Ban (EssilorLuxottica) para Steven Chevallier premia la capacidad de inyectar esa visión disidente y queer en el accesorio global. Y que Palmer haya recibido los honores de Pitti Immagine no va a ser casualidad: su exploración de la identidad masculina y la sastrería desde un prisma que desafía las proporciones clásicas conecta vanguardia y viabilidad comercial, justo de lo que presume la magna feria florentina. Con todo, el gesto de mayor calado político fue la mención especial del jurado para Reners. Al otorgarle los laureles más simbólicos del certamen, el jurado ensalzaba un ejercicio técnico impecable, que cuestiona las ideas rígidas de belleza y abre un espacio para una visión más consciente y contemporánea de la anatomía femenina, al tiempo que lanzaba un dardo directo al despacho de los directores ejecutivos: la necesidad urgente de contar con más perspectivas femeninas en el negocio del vestir.
Al apagarse los focos, queda la sensación de que, más que repartir trofeos, el ITS 2026 ha rearmado moralmente a una nueva generación de diseñadores. Puede que Trieste ofrezca un refugio temporal, una burbuja de afecto y rigor intelectual, pero, al menos por unos días, esta familia anómala ha logrado que la moda vuelva a parecer algo peligroso, algo que se lee y, sobre todo, molesta. Un acto de fe. El tiempo dirá si la industria aprenderá a escuchar a sus nuevos miembros o si, una vez más, intentará comprar su silencio a golpe de contrato.
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