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Real Fábrica de Tapices: entramos en la fábrica fundada por el primer Borbón español en la que las manos vencen a las máquinas

Fundada en el siglo XVIII por Felipe V, la Real Fábrica de Tapices es hoy una fundación privada que alberga hasta un ‘coworking’

Mirta Rojo

Todo lo que lleva el adjetivo “Real” delante activa un resorte mental de monarquías longevas y proveedores con escudo nobiliario. La Real Fábrica de Tapices no se libra de ello. Asociada casi automáticamente a Goya y a sus cartones convertidos en textiles palaciegos, al oírla nombrar la imaginamos polvorienta, nos parece que fuese una institución detenida en el tiempo. Sin embargo, basta entrar en ella y observar cómo trabaja con plena concentración su plantilla de restauradores —de distintas generaciones y, en su mayoría, mujeres— para entender que lo “real”, aquí, tiene más bien que ver con la persistencia del oficio y con resultados palpables y precisos.

El edificio se esconde en una calle silenciosa del madrileño barrio de Pacífico y a su portón llegan a menudo grupos de visitantes llenos de curiosidad por la historia de la ciudad y por ese tipo de lugares que no aparecen en reels de redes sociales. Aquí lo que abunda son manos expertas, bastidores, ovillos, telares y una concentración que casi se puede oír. Visitar la fábrica es reconciliarse con la artesanía, con el trabajo bien hecho y con esa atención plena que tanto necesitamos y tan poco practicamos en la vida cotidiana.

Fundada por el rey Felipe V en 1721, la Real Fábrica de Tapices funciona desde 1996 como fundación privada, con participación de instituciones como el Ministerio de Cultura, Patrimonio Nacional, la Comunidad y el Ayuntamiento de Madrid o el Museo Reina Sofía. Además de confeccionar por encargo alfombras, tapices y reposteros —esa especie de paños que lucen las balconadas de los ayuntamientos en festejos y celebraciones—, la fábrica restaura tejidos de muy diversa índole: banderas, indumentaria, mantos de vírgenes y otras piezas de cofradías de Semana Santa. Algunas intervenciones pueden mencionarse abiertamente como la realizada sobre la bandera de las milicias de Toro (Zamora), que ha llegado milagrosamente a nuestros días tras participar en batallas que datan de la época de Napoleón. Otras, en cambio, permanecen en discreta confidencialidad, la requerida por clientes celosos de su anonimato.

La mayor y más agradable sorpresa llega pronto: cualquiera con algunos ahorros, menos que los necesarios para comprarse un coche, puede encargar aquí un tapiz o una alfombra de nudo español o turco. No hace falta ser grande de España o Duquesa de Orleans, y tampoco es necesario que en nuestros encargos figuren escudos nobiliarios, cervatillos o ninfas: el dibujo que una niña le regaló a su madre por su cumpleaños es susceptible de convertirse en tapiz por obra y gracia de los trabajadores de este obrador donde las personas y los ovillos de lana conviven con naturalidad.

Ocurre lo mismo con la limpieza y restauración de alfombras: “no somos mucho más caros que una tintorería”, comenta una de las restauradoras, que también nos hace ver que es la Real Fábrica la que vela por el estado de esas alfombras solemnes de ministerios, subsecretarías o edificios históricos.

El trabajo en equipo y la meticulosidad son palabras clave en la fábrica. Se perciben de inmediato al observar a varios restauradores compartiendo la responsabilidad de un encargo decorado con granadas tan realistas que llevan a imaginar a un pájaro descendiendo a picotearlas, como en la anécdota del pintor griego Zeuxis que relató Plinio el Viejo. El realismo es aquí más que una categoría estética: implica una paciencia entrenada a lo largo de los años. Todo comienza con un boceto o cartón —sí, aquí pensamos inevitablemente en Goya— que se traslada a una lámina de acetato y luego a la urdimbre, a esos hilos tensísimos que esperan el dibujo. El equipo de fabricantes interpreta el diseño y lo traduce al lenguaje del tapiz: construye volúmenes y da profundidad a las imágenes a base de mezclar colores y tipos de hilaturas.

La lana merina, empleada principalmente en las alfombras, se compra ya teñida: las cantidades necesarias son enormes y sería inviable teñir todo el material in situ. Se atesora en un altillo donde lo primero que sorprende es su elevada temperatura: no se debe a la calefacción, sino al poder térmico de los ovillos apilados y organizados por gamas cromáticas. Allí querríamos permanecer durante horas, pues mirar lana tiene un efecto inesperadamente relajante. Es pura oveja posproducida, que nos lleva a recordar –y por tanto a valorar– de dónde vienen las prendas que nos han protegido del frío durante siglos, ajenas a pantallas y aplicaciones.

La sala de tintes, en cambio, parece una cocina doméstica. En sus enormes cacerolas de acero no hierven potajes de los que alimentarían a una familia numerosa de las de antes, sino hebras que van fijando su color definitivo. El cálculo es exacto y paciente: pipetas, probetas, crisoles, porcentajes. Queremos fantasear con que el color azul proviene del lapislázuli y el ocre de la cúrcuma, como en los tiempos de Alí Babá, pero hoy los tintes sintéticos —más estables, más duraderos— son la moneda corriente, según nos explica Almudena, la experta en esta tarea. Aunque hay una excepción cargada de historia y épica: la cochinilla. Con denominación de origen de las Islas Canarias, produce un rojo intenso con matices carmín y Burdeos.

Almudena guarda una muestra de todo lo que tiñe, una base de datos en papel que convive con otra digital, ordenada con un espectrofotómetro. Los estándares son internacionales: aquí el color no depende del capricho de la luz natural o artificial. “Ahora estoy tiñendo una poliamida que usamos para la consolidación de una bandera”, nos explica. Cuando se trata de crear obra nueva —tapices que aún no existen—, el proceso es casi detectivesco: a partir del cartón se estudian los colores necesarios, se hacen pruebas, se numeran las que funcionan y se archivan las fórmulas.

La fábrica no solo produce y restaura: también ha tenido que inventar su propio modelo de supervivencia económica. Una empresa de eventos, un espacio de coworking y una hermosa sala de cócteles contribuyen a financiar la actividad principal. En esa sala, las alfombras asumen riesgos contemporáneos como las manchas producidas por la caída de canapés o croquetas, parte inevitable de la convivencia con el presente. El jardín, escondido tras los muros del complejo, prolonga la vocación didáctica de la institución: muestra plantas y frutos que tradicionalmente se empleaban para teñir las telas, incluidos los muy madrileños y sabrosos madroños, pero también otras plantas originarias de distintos lugares del mundo, por ejemplo la manzanilla tintórea, con la que se teñían las alfombras turcas, o esa planta de flor llamativa conocida como “Anteojos de poeta”, originaria de América y ya empleada por los Incas, según contó el cronista Guamán Poma de Ayala en el siglo XVII.

En la sección de restauración todo comienza con un informe riguroso. Evaluar daños y decidir cómo intervenir es el primer paso de un trabajo guiado por normas internacionales y por un principio rector que parece más una ética que un mero protocolo: intervenir lo menos posible. La manera de trabajar recuerda a los tiempos previos a la Revolución Industrial —ni rastro de ordenadores ni máquinas eléctricas—, con dos excepciones significativas: la sofisticación con la que se documentan los colores gracias al espectrofotómetro y la cámara anóxica que se ve al fondo, un espacio hermético del tamaño de un dormitorio donde se eliminan posibles plagas de insectos sin añadir violencia química a los tejidos.

Vemos también una instalación conocida como “la piscina”, una estructura de gran formato donde los tapices se lavan por inmersión controlada en agua desmineralizada. Es muy requerida internacionalmente: hasta el mismísimo Palacio de Versalles manda aquí en ocasiones sus piezas, que no se han de doblar debido a su gran tamaño y fragilidad. Se sumergen enteros y, desde un puente móvil, las restauradoras avanzan centímetro a centímetro retirando la suciedad acumulada durante siglos. El clima de Madrid contribuye activamente a secar la pieza con cierta rapidez y el agua empleada en el lavado se recicla.

Al ver al personal devotamente inclinado sobre una bandera, el manto de una virgen o un tapiz de seda es inevitable imaginar las consecuencias físicas de un trabajo que exige posturas tan poco amables con el cuerpo. “Aquí muchos somos usuarios habituales de fisioterapia y pilates”, comenta una de las restauradoras. El cuerpo forma parte del oficio y se cuida tanto como los tejidos. Al preguntar por las condiciones lumínicas bajo las que trabajan, la respuesta proporciona alivio: están cuidadosamente estudiadas y las lámparas se colocan de forma estratégica para proteger la agudeza visual de todo el equipo.

Los visitantes, al finalizar la excursión a este microcosmos que nos fascina y sorprende a partes iguales, nos llevamos a casa un aprendizaje valiosísimo y el consuelo de constatar que las máquinas nunca podrán reemplazar del todo a los humanos: nuestra especie, sin duda alguna, se lleva el premio a la delicadeza y al gusto por lo minucioso.

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