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Adrián Chico, psicólogo y sexólogo: “El porno genera expectativas inalcanzables”

El terapeuta, que triunfa en redes divulgando diversidad sexual y cuestiones LGTBIQ+, publica ‘Sobreviviendo en el mundo gay’, una guía para el colectivo y para quienes quieran entender qué significa formar parte de él

El psicólogo Adrián Chico, a principios de febrero en su consulta de Majadahonda (Madrid), junto a su perro Firo.Jaime Villanueva

Adrián Chico (Madrid, 30 años) es el psicólogo especializado en diversidad sexual que ha sabido trasladar su conocimiento a las redes sociales sin perder el rigor. Desde su piso-consulta, un bajo en una zona residencial de Majadahonda, a las afueras de Madrid, atiende a cuatro pacientes al día y coordina un equipo de diez psicólogos. Cada mes tratan a unas 200 personas en total. Terapeuta y sexólogo, es especialista en cuestiones LGTBIQ+, en rupturas traumáticas y en dependencia emocional, de las que hace una divulgación exigente pero accesible en redes. En poco más de dos años, ya suma 200.000 seguidores en Instagram y 300.000 en TikTok. Acaba de publicar Sobreviviendo en el mundo gay (Bruguera), una guía para miembros del colectivo (y para quienes no lo sean, pero deseen salir de la ignorancia sobre lo que implica formar parte de él). Chico insiste en un matiz incómodo: que las cosas hayan mejorado no significa que vayan bien.

Pregunta. Para situarnos, ¿cómo nace su consulta?

Respuesta. Fue una mezcla de casualidad y necesidad. Yo trabajaba en una clínica en Madrid y no era feliz. Me fui un año a Australia y allí pensé: ¿quiero pasar consulta hasta la jubilación de forma mecánica o construir algo con una mirada propia sobre la sexualidad y los afectos? Cuando volví, en 2023, empecé a divulgar en redes y un vídeo se viralizó. En dos meses ya no tenía huecos para nuevos pacientes. A partir de ahí, todo ha ido creciendo. Hoy el 60% de mis pacientes son gais, pero también trato a muchas mujeres.

P. ¿Por qué cree que funcionó tan rápido?

R. Porque empecé a ponerle palabras a cosas que casi nadie abordaba, sobre todo en el mundo gay. Hablaba de Grindr, de roles sexuales, de vergüenzas muy concretas. Mucha gente me decía: “Mi psicólogo no entiende esto, pero tú sí”. Yo había vivido las cosas que me contaban. Funcionó esa combinación de experiencia clínica, formación académica y vivencias que yo podía entender.

P. Empezó muy joven. ¿La edad fue un problema?

R. Al principio sí, por prejuicio. Una mujer de 50 años con problemas sexuales serios con su marido veía a un chico de 24 y pensaba: “Este qué va a saber”. Yo les proponía una sesión de prueba y luego siempre se quedaban. Hoy muchos pacientes llegan con la confianza ya creada, porque me han visto antes en las redes. Eso facilita la alianza terapéutica, pero también me obliga a ser más exigente conmigo mismo para no decepcionar.

P. En el libro dice que creció “asociando lo gay con la vergüenza”.

R. Sucede muy pronto. Antes de entender casi nada, ya aprendes que maricón es un insulto. Lo aprendes en el colegio, por comentarios en casa, por miradas de desaprobación cuando no encajas en el modelo de niño masculino. Y entonces aparece un mecanismo típico: la compensación. Si siento que fallo en algo, intento destacar en otra cosa para que me quieran. Esa vergüenza se te queda en el cuerpo incluso cuando, racionalmente, ya sabes que no hay nada malo en ti.

“Claro que las cosas van mejor, pero eso no significa que todo esté resuelto. Existe una homofobia más sutil: puede que ya no te insulten, pero el trato sigue siendo distinto”

P. ¿Su entorno era conservador?

R. No ultraconservador, pero fui a un colegio privado y religioso. Y en la generación de mis padres, más que odio, había mucho miedo: a la enfermedad, a la violencia, al rechazo que tu hijo pudiera sufrir. Además, faltaban referentes: tardas mucho en imaginar una vida posible como gay si no has visto ninguna a tu alrededor.

P. Se repite que ahora todo es mucho más fácil. Usted lo matiza.

R. Claro que las cosas van mejor, pero eso no significa que todo esté resuelto. Dentro del mismo país hay experiencias muy distintas. Y existe una homofobia más sutil: puede que ya no te insulten, pero el trato sigue siendo distinto. En lo político, además, con el auge de la extrema derecha se han normalizado discursos que hace años eran impensables: insinuar que somos una amenaza, usar a los trans como chivo expiatorio, convertir nuestra existencia en un debate permanente. Hace poco, en una charla con adolescentes, oí a chicos corear cosas muy fuertes. No hay que cerrar los ojos.

P. Su punto de vista sobre la pornografía es muy crítico.

R. El porno suele generar expectativas inalcanzables, comparación corporal, distorsión del deseo y, en algunos casos, adicción. Yo no lo recomendaría en consulta. No hay que prohibirlo, pero sí detectar cuándo se vuelve un problema. Por ejemplo, cuando no puedes masturbarte sin porno, cuando se vuelve compulsivo, cuando necesitas cada vez más intensidad para excitarte, cuando ver porno te apaga el deseo en la vida real.

P. Aun así, esa presión corporal se produce también fuera del porno.

R. Sí. En redes, el mecanismo es parecido: comparación, idealización, creer que si no tienes el cuerpo perfecto no tienes valor. La respuesta no es censurarlo todo, sino educar: aportar herramientas de autoestima, pensamiento crítico y prevención temprana. Si el problema es enorme, la educación tiene que estar a la altura.

P. Con aplicaciones como Grindr, que propone encuentros geolocalizados para hombres homosexuales y bisexuales, es menos crítico.

R. Para un chico que vive en un pueblo, puede ser la única vía para conocer a alguien. Puede ser una herramienta que te salva la vida social, y a veces la autoestima. Pero también puede ser adictiva y superficial, amplificar la presión corporal y servir de entrada a dinámicas peligrosas, como el chemsex. Tengo claro qué le conviene a cada paciente: hay personas a las que una app les empeora la salud y otras a las que les da oxígeno.

P. Dice que, muchas veces, el culto al cuerpo o los modos de relacionarse de los gays “nacen de la herida”. ¿A qué se refiere?

R. El niño homosexual que fue tratado como el raro o el feo de la clase llega al mundo adulto con una idea: “Yo no soy deseable”. Y cuando descubre que en el ambiente se le desea, aprende que eso depende muchas veces del cuerpo, de la estética, del rendimiento. Entonces refuerza ese aspecto, porque cree que ahí está su valor. Y aparece un bucle muy habitual, ligado a las inseguridades infantiles: “Si me desean, tengo valor; si valgo, por fin dejaré de estar solo”. Esa lógica puede ser devastadora, porque pone tu estabilidad en manos de algo muy frágil: la validación externa y no la interna. A menudo, nos relacionamos con los demás a través de esa herida.

P. Dentro del colectivo hay discriminación por ser femenino, por tener un cuerpo no normativo o por pertenecer a una clase social determinada. ¿Cómo explica que el discriminado discrimine?

R. Cuando has sido rechazado, buscas diferenciarte para no estar abajo del todo de la jerarquía: con estatus, con dinero, con un ideal rígido de masculinidad, con un cuerpo perfecto. Y proyectas hacia otros la superexigencia que tú sufriste. Si durante años has sentido que eras el último, cuando logras colocarte un escalón por encima existe la tentación de empujar al que está debajo. Es un mecanismo de supervivencia, pero deja mucho daño a su paso.

P. En el libro habla de un mayor riesgo de depresión, ansiedad o adicciones en el colectivo, según varios indicadores. ¿Por qué?

R. Por acumulación de experiencias dolorosas. Cuando has sufrido bullying, soledad, miedo a no encajar, rechazo explícito o sutil, vínculos difíciles, experiencias de invisibilidad, bloqueo y vergüenza, estás más expuesto a problemas de salud mental. No es ser gay en abstracto lo que te lleva ahí, sino lo que te pasa por serlo en una sociedad que todavía no es igualitaria.

“El niño que fue el raro o el feo de la clase llega al mundo adulto con una idea: ‘Yo no soy deseable’. Nos relacionamos con los demás a través de esa herida”

P. Enumera otros síntomas ligados a la homosexualidad: autoconcepto destrozado, ideación suicida, desconfianza en el otro, sensación de vacío crónico…

R. Depende mucho de tu historia. Si has tenido una vivencia muy normalizada, puedes librarte de la mayoría de esas cosas. Yo tengo amigos muy jóvenes que han vivido abiertamente desde la adolescencia y no arrastran lo que veo en consulta en generaciones anteriores. Pero, incluso en el mejor de los casos, siempre hay un desgaste: cierta ansiedad minoritaria, cansancio emocional, dificultad para encontrar una pareja estable y límites de comprensión. Hay cosas del mundo gay que solo entiende quien las vive, y aunque haya amor y comprensión, a veces el entorno no llega a paliarlo todo. Por otra parte, siempre es duro vivir en un contexto en el que tienes que traducirte constantemente.

P. Mucha gente dice que no va a terapia porque es muy cara. ¿Qué responde?

R. Lo entiendo, porque lo es. Pero también es una inversión. En mi clínica las sesiones están entre 60 y 70 euros, según la experiencia del profesional. Yo cobro 100. En parte por demanda y por nombre, sí, pero también porque, si yo no subo mi precio, nadie querría ser tratado por mi equipo. Las redes te dan este tipo de fama.

P. ¿A usted le salvó la terapia?

R. Me ayudó mucho, pero no fue lo único. Diría que un 30%. Lo que más me cambió fueron las llamadas experiencias correctivas: conocer a personas que no te abandonan y que te cuidan, aprender que un conflicto se puede hablar sin destruirse mutuamente, aprender a confiar en los demás. Eso te reeduca el cuerpo y te demuestra que existen vínculos seguros.

P. Para terminar en positivo, ¿qué cree que el colectivo está haciendo bien?

R. Tenemos una cultura de la salud sexual muy sólida, que los heterosexuales nos deberían copiar. Más libertad para explorar el deseo. Y si se hace un buen trabajo personal, se tiene una capacidad enorme para construir amistades profundas y relaciones más conscientes. Tenemos heridas, sí, pero también muchos recursos. En el fondo, somos como aves fénix.

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