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Salma, al hombre que la socorrió tras casi dos años de amenazas y torturas en Murcia: “No sé adónde ir, no tengo a nadie. No me abandones. Eres mi ángel”

La mujer huyó de su captor y caminó cuatro kilómetros malherida hasta la casa de un amigo

Vista aérea del lugar donde Salma, en la esquina derecha, fue secuestrada durante dos años. Alfonso Durán

A las tres y media de la tarde del 10 de febrero sonó el timbre en casa de Juan. Lo que menos esperaba este jubilado de 69 años al abrir la puerta de su domicilio en un barrio del centro de Murcia era encontrar al otro lado a su vieja amiga Salma. Habían perdido el contacto hacía un par de años, justo los que esta mujer marroquí de 38 años denunció que pasó en una casa en la huerta, sometida a palizas, agresiones sexuales y vejaciones constantes. “Juan, soy Salma, no sé a dónde ir, no tengo a nadie en Murcia. No me abandones. Eres mi ángel”, le dijo. El lamentable estado físico de la mujer impactó a su amigo, que ni siquiera había reconocido su cara, “completamente inflamada y llena de sangre”.

Juan (que prefiere no dar sus apellidos para mantenerse en el anonimato) es tal vez la única parte luminosa en la historia de horror que ha vivido Salma, que logró escapar de su agresor, Alberto S. M., tras 22 meses viviendo una relación de maltrato, amenazas y tortura en una casa de la pedanía de San José de la Vega. En conversación telefónica con EL PAÍS, Juan explica que conoció a su amiga en 2020 y conectaron de inmediato: “Ella es 30 años más joven que yo, pero me sentía muy identificado con las cosas que me contaba. Estaba atravesando un mal momento; se había separado de su pareja. Yo la veía como a una hija”, detalla. Cuando comenzó el confinamiento por la pandemia del coronavirus, la situación de Salma empeoró. Perdió su trabajo y se quedó sin dinero para pagar el alquiler.

Le habló a Juan de su hermano, que residía en Barcelona, y su intención era irse con él, pero en aquel momento no se podía viajar. Juan llegó a acogerla en su casa, donde vivió varios meses hasta que logró encontrar un nuevo trabajo y una habitación de alquiler.

Los dos mantuvieron después el contacto de manera habitual, por eso a Juan le extrañó que, de un día para otro, ella dejara de llamarle. “Su teléfono nunca daba señal. Se me pasó por la cabeza que hubiera tenido algún accidente, pero veía más lógico que se hubiera ido a Barcelona o que hubiera vuelto a Marruecos con sus padres, ya que eran mayores y estaban delicados. Pensaba que habría pedido el móvil, pero yo no tenía el teléfono de nadie de su familia. Suponía que estaba con ellos, jamás me puse en lo peor”, señala.

Juan nunca supo que la familia de Salma había denunciado su desaparición. Su caso no tuvo difusión en los medios de comunicación y la investigación no tuvo avances significativos. Movimiento Feminista de Murcia, que ha convocado una concentración en apoyo a Salma el 19 de febrero, ha emitido un duro comunicado en el que pone el foco en ese nulo impacto de la desaparición de esta mujer. “Las denuncias, desapariciones o asesinatos de las mujeres blancas reciben más atención mediática, médica y policial que esa misma violencia desplegada contra mujeres migrantes”, han denunciado. Lamentan también que esta sea la única protesta que se ha convocado a nivel estatal desde que Salma logró escapar de su captor.

Cuando logró llegar a casa de Juan, a unos cuatro kilómetros de donde había estado encerrada, la mujer estaba “muy aturdida, muy alterada, hablaba de forma incoherente”. Al retirarse la capucha con la que se cubría, su amigo quedó impactado: tenía “una brecha abierta en la cabeza y todo el chándal lleno de sangre. Estaba aterrorizada y decía que Alberto era muy peligroso, que la tenía amenazada, que sabía la dirección de todos sus familiares y que iba a matarlos si ella lo denunciaba”, rememora.

Aun así, Juan logró calmarla y la acompañó a un centro de salud cercano a su vivienda. La doctora que los atendió, cuenta, llamó a la policía “nada más verla”. “No había un centímetro de su cuerpo que no tuviera un golpe”, explica Juan, que aún se emociona al recordarlo.

Allí, ante el personal sanitario y policial, Juan comenzó a ser consciente del infierno sufrido por su amiga. En una de las palizas, según le contó Salma, Alberto le había reventado el ojo izquierdo con una barra de hierro. Tenía hundida una parte de la cabeza, en el lado derecho, de un golpe que aseguró que él le había dado con una guitarra. En el abdomen tenía tres heridas de arma blanca ya cicatrizadas. “He visto la muerte tantas veces en este tiempo”, dijo la mujer, que sigue recibiendo atención médica porque le faltan piezas dentales y tiene rotas varias costillas y un codo.

El 13 de febrero, la instructora del juzgado número 1 de Violencia contra la Mujer de Murcia escuchó el relato de Salma. A Juan, que declaró como testigo, la jueza le preguntó si creía la versión de su amiga. “No se trata de creerla, solo hay que verla”, resumió el hombre. En cuanto al agresor, negó todas las acusaciones, según ha indicado a EL PAÍS su abogado, Rafael Carmona. Dijo que Salma nunca había estado retenida ni había sido agredida, y que se inventó su historia como venganza porque él le había dicho que quería romper con ella y que se tenía que ir de su casa. La jueza, sin embargo, lo envió a prisión provisional comunicada y sin fianza y le ha prohibido comunicarse o acercarse a la víctima.

Desde que abandonó su infierno, Salma ha estado cada día en contacto con Juan. “Esta mañana [por el lunes] estaba muy contenta. La ha visitado su hermano y ha dado con otra amiga que tiene en Murcia y que la está apoyando”, relata el hombre, que se está ocupando de Carlita, una gata que la policía también rescató de la casa de los horrores y que es la pasión de Salma.

“De las heridas del cuerpo podrá recuperarse. De las heridas de la mente será más difícil”, reflexiona su amigo, que explica que su familia le ha pedido que no hable en los medios de comunicación sobre este asunto. “Pero si contar esta historia puede ayudar a otras mujeres, y si es por el bien de Salma, haré cualquier cosa”, asegura rotundo.

En lo que va de año, siete mujeres han sido asesinadas por sus parejas o exparejas. Desde que arrancó la estadística oficial, en 2003, son 1.350 mujeres.

El teléfono 016 atiende a las víctimas de violencia machista, a sus familias y a su entorno las 24 horas del día, todos los días del año, en 53 idiomas diferentes. El número no queda registrado en la factura telefónica, pero hay que borrar la llamada del dispositivo. También se puede contactar a través del correo electrónico 016-online@igualdad.gob.es y por WhatsApp en el número 600 000 016. Los menores pueden dirigirse al teléfono de la Fundación ANAR 900 20 20 10. Si es una situación de emergencia, se puede llamar al 112 o a los teléfonos de la Policía Nacional (091) y de la Guardia Civil (062). Y en caso de no poder llamar, se puede recurrir a la aplicación ALERTCOPS, desde la que se envía una señal de alerta a la Policía con geolocalización.

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