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Si todos fueran como él

Los historiadores repasarán con detalle las muchas contribuciones que Rubalcaba ha hecho a su nación, siempre con discreción y aplomo, como trabajan los sabios

alfredo perez rubalcaba
Rubalcaba felicita a Mariano Rajoy tras conseguir este el respaldo del Congreso a su investidura como presidente del Gobierno, el 20 de diciembre de 2011.

Sabido es que la vida no es justa y que la gloria no siempre ni exclusivamente es el destino de los mejores. Alfredo Pérez Rubalcaba fue el mejor político de su generación, el socialista más lúcido, un patriota sin la soberbia y la charlatanería de otros y, si le hubieran dejado, hubiera evitado mucho de los males que hoy padecemos. España perdió la oportunidad de tener al mejor presidente del Gobierno desde Felipe González.

Rubalcaba ha alcanzado, no obstante, la gloria del reconocimiento mayoritario y, por lo general, sincero, en los dos bandos. Estoy convencido de que, al escuchar la noticia de su muerte, miles de españoles han pensado: si todos fueran como él… De poder hacerlo, evitaría hoy los elogios, como los frenó en seco tras dejar la jefatura de su partido con aquella frase genial de que “en España se entierra muy bien”. Como buen político, sabía cuánta hipocresía rodea su oficio, conocía de sobra —y hasta la comprendía y la perdonaba— la satisfacción oculta de algunos que en aquel momento le despedían apesadumbrados.

Confío en que los historiadores repasarán con detalle las muchas contribuciones que Rubalcaba ha hecho a su nación, siempre con discreción y aplomo, como trabajan los sabios. Dos brillan de forma rutilante: el fin de ETA y la abdicación del rey Juan Carlos. Por cualquiera de ellas hubiera merecido un espacio en el panteón de personajes ilustres, si es que en España hubiera tal cosa. Pero de ninguna de ellas presumió nunca en público. Su modestia solo era comparable con su inteligencia, virtudes ambas que hoy siento que mueren con él.

Personalmente, tuve el honor de gozar de su instinto y su sentido común cada martes de 12 a 2 en las reuniones del Comité Editorial de EL PAÍS, del que formó parte hasta que dejé la dirección del periódico. Confieso ahora cuánto me influyó Rubalcaba en la toma de decisiones, sin que él lo supiera y sin que lo pretendiera jamás. Decía lo que pensaba de las cosas con la única intención de que el periódico contribuyese de la mejor manera posible a la convivencia, la moderación y el progreso, sus únicas metas. Se resistía numantinamente a cualquier invitación a escribir y solo me pidió un favor —como me consta que hizo a algunos de mis antecesores—: publicar un pequeño comentario sobre la final de los 100 metros libres de las Olimpiadas. Fue un gran deportista en su juventud y disfrutó del deporte durante toda su vida.

Rubalcaba no era precisamente un ingenuo. Conocía los trucos y las trampas del poder como nadie y sabía hacer política con el campo embarrado si era necesario. Pero sus ambiciones nunca fueron superiores a su pudor y su ética. Por eso prefirió acabar su vida como profesor universitario, profesión de la que disfrutaba casi tanto como de la política.

Nuestra amistad no es antigua. De hecho, no nos conocíamos personalmente antes de empezar a trabajar juntos. Pero desde entonces, las circunstancias nos unieron más de lo que en un principio esperábamos. Nos juntábamos mientras estuve en España y hablábamos en los últimos meses por teléfono con cierta frecuencia, de fútbol un rato –también compartíamos colores- y de política sobre todo. Hasta el último día, el juicio de Alfredo fue desapasionado y certero. Mi frustración por su falta de púlpito era mucho mayor que la suya.

Al poco de llegar a Washington, murió el senador John McCain, el último reducto de nobleza de la política norteamericana. Pese a todas las diferencias ideológicas entre ambos, algo similar puede decirse hoy de Alfredo Pérez Rubalcaba, que nunca compartió esta política de asesores de imagen, Twitter, consignas, simplezas y lugares comunes, sino aquella arcaica, ingrata y apasionante oportunidad de servir a tu país.

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