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El síndrome de Ulises se ceba en los refugiados

Un estudio de Cruz Roja destaca las secuelas psicológicas de quienes dejan sus países huyendo de la persecución

Daniel Gaviria y Samuel Donquiz, migrantes venezolanos, junto a dos miembros de Cruz Roja.
Daniel Gaviria y Samuel Donquiz, migrantes venezolanos, junto a dos miembros de Cruz Roja.

Cuando Daniel Gaviria se mira al espejo no se reconoce. Sus manos cansadas y quemadas de fregar platos durante ocho horas al día le pasan factura. No es su primer trabajo. Lleva tiempo sirviendo copas, limpiando casas o discotecas, planchado ropa, "cualquier cosa para salir adelante", afirma. Cuando llega a casa y contempla su reflejo se acuerda de sus 25 años como profesor universitario en la Universidad de Los Teques, en Venezuela. También del taller de moda que regentaba. "¿Para qué tantos estudios, tanto esfuerzo, si ahora tengo que volver a empezar de cero", se pregunta Daniel una y otra vez. Pero no puede regresar. Se ha visto obligado a abandonar su país natal por su homosexualidad. "Amenazas, coacciones, violencia... era imposible seguir allí", relata con cierta tristeza quien en su currículo alberga una licenciatura en Educación, un Máster en Educación Universitaria y un doctorado en Ciencias Gerenciales.

Málaga es la provincia andaluza con más peticiones de asilo. En los dos últimos años ha habido algo más de 2.000 solicitudes, según la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR). Y aunque cada persona se adapta a su nueva vida en España de una manera única, hay ciertos aspectos que son compartidos. La situación de Daniel Gaviria es un buen ejemplo, ya que se parece mucho a la otros migrantes llegados desde Venezuela: el cambio que más sufren es la pérdida de su estatus social. Es una de las principales conclusiones que se extraen de un estudio realizado por un equipo de psicólogas de Cruz Roja en Málaga centrado en el duelo migratorio, concepto que engloba las pérdidas y ganancias que se sufren al migrar de manera coaccionada, no por elección.

La investigación, en la que han participado 350 personas de 43 nacionalidades residentes en diferentes localidades de la provincia de Málaga, ha analizado cómo afecta el duelo migratorio en base a siete aspectos principales: familia, lenguaje, cultura, país de origen, estatus social, grupo de pertenencia y riesgos físicos. Son algunos de los muchos factores que influyen en el viaje migratorio, tanto en el tránsito como en la acogida final. Una experiencia traumática que deja secuelas psicológicas y psicosociales en las personas analizadas ahora por estas terapeutas, que han buscado con este trabajo desarrollar herramientas para realizar una atención más eficiente.

La conclusión más importante ha sido entender que las personas que sufren una migración forzada no presentan ninguna patología de salud mental grave. "El viaje les pasa factura. Presentan síntomas como tristeza, nerviosismo, irritabilidad, llanto, dolor de cabeza... Es decir, es un cuadro de estrés, no una enfermedad mental", afirma Joseba Achotegui, psiquiatra y profesor de la Universidad de Barcelona, que ha denomina a dicha situación como Síndrome de Ulises. Con ese nombre busca evidenciar que el viaje que superó el héroe mitológico es al que ahora, miles de años después, se enfrentan muchas personas. Solo que esta vez son de carne y hueso. "Las condiciones inhumanas en las que viajan, cómo se juegan la vida, la ausencia de derechos... todo eso deja huella", añade Achotegui. En definitiva: "Son reacciones normales a situaciones anormales", como insiste Hrar Mouna, otra de las psicólogas que ha participado en la investigación.

En casi todas las variables mujeres, hombres y transexuales han mostrado los mismos resultados. Solo hay diferencias de género en las cuestiones familiares. "Tiene que ver con la presión social de las mujeres hacia la maternidad y la mayor exigencia en el cuidado de personas mayores", expone Zanolla. Los datos extraídos también reflejan que el parámetro que más influye en el duelo migratorio es el país de origen. Así, por ejemplo, las personas procedentes de Siria, Costa de Marfil, Camerún, Guinea Conakry y Ucrania son los que más sufren el duelo migratorio en su globalidad. "Una situación que está relacionada con el contexto de conflicto armado de sus países de origen", explica la psicóloga Carolina Zanolla, una de las autoras del trabajo. Además, se ha concluido que las personas procedentes de África sufren más la pérdida cultural y la lejanía de su grupo de pertenencia y que la edad es el aspecto que determina una mayor afectación a la pérdida cultural: para un niño o una niña es más difícil adaptarse al nuevo contexto del país de acogida.

El equipo malagueño de Cruz Roja define el trabajo realizado en los dos últimos años como una investigación para la acción. Ahora, con todos los datos sobre la mesa, podrán elaborar planes de intervención más adecuados para cada uno de los pacientes con los que trabajan diariamente. Y son muchos. Aunque la población estudiada fue de 350 personas, en ese periodo pasaron por sus consultas más de 900.

Gracias a su investigación, ahora pueden entender mejor la situación de Daniel Gaviria. Pero también el de otros muchos compatriotas, como Samuel Donquiz, músico a quien un grupo de activistas afín al Gobierno de Nicolás Maduro intentó secuestrarlo por sus ideales políticos. "Tuve que escapar, no había otra salida", afirma. Llegó a Aranda de Duero a comienzos de este año, donde trabajó en viñedos, la construcción y en el servicio doméstico hasta que se trasladó a Málaga hace dos meses. "Ahora podremos desarrollar una mejor atención, tanto en su caso como en el de otras muchas personas porque tenemos mucha más información", añade David Ortiz, responsable provincial del Área de Inmigrantes y Refugiados en Cruz Roja Málaga, que afirma que los resultados permitirán también desarrollar herramientas para realizar una atención más eficiente a personas solicitantes de protección internacional y en todos los campos de actuación con no solo en el psicológico.

La provincia malagueña ha recibido este año más de 7.000 personas migrantes por vía marítima, el triple que el año pasado, pero los responsables del estudio plantean la necesidad ir más allá de los datos. "Creemos que también puede servir para que haya más conciencia de la necesidad de volver a humanizar las migraciones. Hay que de dejar de ver sólo estadísticas, entender que detrás de los números hay personas que lo están pasando muy mal", sentencia Joseba Achotegui. Personas como Daniel Gaviria, que dos años después de su llegada a España ha conseguido superar su situación inicial y se ha dado de alta como autónomo para comercializar la ropa interior masculina que él mismo diseña. O la de Samuel Donquiz, que ha podido conseguir un violonchelo con el que continuar sus estudios musicales en el Conservatorio de Málaga. Ambos han vuelto a sonreír, pero nunca deberían haber perdido su sonrisa. "Las migraciones deberían estructurarse de manera que nadie sufra", concluye Achotegui.

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