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La autodestrucción de Urdangarin

El exduque de Palma era la imagen del buen chico, pero se envenenó en un mundo de privilegios y se creyó intocable

Iñaki Urdangarin, a su salida de la Audiencia Provincial de Palma el pasado miércoles.

El 30 de septiembre de 2000, Iñaki Urdangarin tiene 32 años. Acaba de marcar de penalti el último gol de la victoria de la selección española de balonmano en los Juegos Olímpicos de Sídney. El bronce de España es también su último partido como profesional. En la grada, celebran la victoria su esposa, la infanta Cristina, que sostiene en brazos a Juan, el primer hijo de la pareja; su suegra, la reina Sofía; y el príncipe Felipe, ya un amigo. Urdangarin sabía que su vida no iba a ser la misma, como cualquier deportista que se retira y debe reinventarse. Lo que no sabía es que reinventándose se iba a extraviar irremediablemente y acabaría siendo alguien muy distinto. Alguien que en las próximas horas entrará en una cárcel para cumplir una condena de cinco años.

 “A mí no me han explicado muchas cosas, las he ido aprendiendo sobre la marcha”, le contó años más tarde al juez José Castro en un interrogatorio. Urdangarin perdió su mundo de referencia, el deportivo, para internarse en uno más complejo, el del poder, la aristocracia y los privilegios. Un mundo que disfrutó, pero que también lo envenenó. Ya no era campeón, era duque, aunque no sabía aún en qué consistía eso. Acostumbrado a la rutina de un deportista de élite, al despedirse de su club, el Barcelona, había dicho: “Hay que saber decir adiós. Quiero pensar en mi futuro profesional, y lucharé para que esta nueva etapa sea tan exitosa como la que dejo. Necesito tiempo para formarme. Este es el rol que deseo asumir”. Quería ser también un triunfador en la vida real, no un mero consorte de la infanta.

La construcción de ese nuevo personaje se abre con una etapa de estudios en la que ya surgen las primeras sombras. En la prestigiosa escuela de negocios ESADE hizo en dos años, de 1999 a 2001, lo que normalmente cuesta cinco. Según una reciente investigación del diario ARA, gracias a convalidaciones sorprendentes, obtuvo una licenciatura y un máster en Administración de Empresas. Y eso que en el primer año aún jugaba a balonmano.

 Se dará cuenta muy pronto de que en esta nueva vida no le faltará quien se le acerque para ser su socio o proponerle negocios. Se embarca con varios profesores suyos en aventuras empresariales tan dispares como odontología para deportistas de élite o innovación vitivinícola. En el otoño de 2002 conoce a Diego Torres, otro docente de ESADE, quien después describiría en un libro la impresión que le causó el joven duque: “Se notaba que se sentía un poco limitado en su día a día, que consideraba que estaba trabajando principalmente como comercial. (…) Odiaba las rutinas. Hacíamos buen equipo. Yo observaba y recopilaba datos. Iñaki se empapaba del ambiente y conocía a las personas”. Quería ir a más, aunque era eso, empaparse del ambiente, lo que mejor se le daba. Era justo lo que necesitaba Torres. Registraron Nóos Consultoría Estratégica en una notaría el día de Nochebuena de 2002.

 Ocho años más tarde, en 2010, un juez de Palma, José Castro, se encontrará ese extraño nombre, Nóos, que en griego significa mente o intelecto, en una carpeta casi vacía, con un convenio sospechoso con el Gobierno balear. Había aparecido en un registro en el gran caso de corrupción del polideportivo Palma-Arena. El fiscal Pedro Horrach buscó en el Registro Mercantil las empresas en las que acababa el dinero y se topó con el nombre de Iñaki Urdangarin. Una sociedad era suya, y el resto, de Torres. En agosto de 2011, Horrach mandó un informe a Anticorrupción: “Esto parece un pelotazo de libro”. Baleares, desde luego, era el lugar para un pelotazo en aquellos años, y también Valencia o Madrid, justo los tres lugares donde trabajó Nóos –los tribunales finalmente no han hallado delito en las actividades en estas otras dos ciudades-. Y precisamente lo hizo en los cinco años, de 2003 a 2008, de máximo desenfreno económico, previos al estallido de la crisis. Es en ese ambiente, en esa época, en contacto con ciertos políticos, cuando Urdangarin se transforma en hombre de negocios. Una de las grandes preguntas es si llegó a pensar que aquello era lo normal para un duque de la Casa Real. Si asumió como natural aquella sensación de impunidad que estaba en el aire.

En Palma se vivía el momento más descontrolado del presidente Jaume Matas y su famoso “Hágase”. Ordenaba y se hacía. La ley no era un problema. Nombró director general de Deportes a José Luis Ballester, un excampeón olímpico de vela muy amigo de la familia real –el entonces príncipe Felipe fue a su boda-, y lo eligió por eso mismo. Ese verano, Urdangarin le cuenta a Pepote, como le llaman sus amigos, que el equipo ciclista Banesto busca patrocinador y es una oportunidad para el Gobierno de Baleares. En septiembre juegan los dos con Matas y un empresario una partida de pádel en el palacio de Marivent que resultaría clave. A la hora de las cervezas, pactan el patrocinio, y 300.000 euros para Nóos. Es la escena que resume el escándalo, y el asunto que acarrea el grueso de la condena por prevaricación, malversación y tráfico de influencias.

El duque acababa de inaugurar un nuevo modo de vida, una forma de hacer negocios basada en él mismo, en ser quien era. Ballester en el juicio reconoce: “El objetivo era contratar a Urdangarin y todo lo que viniera de él”. Matas admitió: “Urdangarin era un conseguidor, un intermediario”. Y ha concluido el Supremo: “La ascendencia ejercida (...) fundamentalmente del privilegiado posicionamiento institucional del que disfrutaba, dada su proximidad a la jefatura del Estado, propició que el presidente del Govern decidiera aceptar la propuesta omitiendo los trámites legalmente establecidos”.

 Urdangarin aprende enseguida que el gancho para atraer el dinero fácil y los contactos interesados era la Familia Real. En Nóos también estaba la infanta Cristina, como vocal, y su tutor desde 1993, Carlos García Revenga. Urdangarin sostendría después que los situó ahí porque eran personas de confianza, pero eran como un gran rótulo de neón: Nóos y Casa Real se escribían con la misma letra. Nadie se planteó que aquello era raro. Ni siquiera el propio García Revenga, que se justificó en el juicio: “Una de las cosas que he hecho toda mi vida en la Casa es que yo nunca pregunto si no me dicen”.

 Pero había más. Urdangarin formó al 50% con su esposa la sociedad Aizoon. La infanta estaba inscrita en primer lugar y, según explicó el notario, la idea era que su nombre y su DNI, con el número 14, funcionaran como “escudo fiscal”, aunque no ha quedado acreditado que esta fuera la intención. Contó en el juicio lo que le confió el asesor fiscal de los duques: “Según le habían dicho, porque él se codeaba con altos funcionarios de Hacienda, los DNI del uno al 10 eran de la familia de Franco, y del 11 al 100, de la familia real”. Urdangarin usó Aizoon para no tributar como persona física. Facturaba servicios y sus variados ingresos como consejero o asesor en empresas donde estaba colocado gracias a su posición para no hacer prácticamente nada. También cargaba todo tipo de gastos personales y familiares. Es de hecho una de las causas de la condena por fraude y dos delitos fiscales.

Años después, en su interrogatorio, la infanta tuvo que explicar por qué cargaban a Aizoon gastos como clases de salsa y merengue o libros de Harry Potter. De ahí su condena como partícipe a título lucrativo en malversación y fraude cometidos por su marido, por un valor de 136.950 euros. Urdangarín sufrió para explicar una plantilla ficticia donde figuraban sus empleadas de hogar, familiares y conocidos. Pero entonces nada de esto le parecía anormal o peligroso al matrimonio Urdangarin. Al contrario, la nueva vida del duque de Palma como ejecutivo de éxito estaba perfectamente montada y el mecanismo –relaciones públicas más dinero público- funcionaba como un tiro. Nóos comenzó a organizar congresos sobre temas deportivos: en Valencia en 2004, 2005 y 2006 y en Baleares en 2005 y 2006 –estos dos últimos, que costaron un total de 2,3 millones, han acarreado a Urdangarin y Torres parte de la condena por prevaricación, tráfico de influencias y malversación-. Urdangarin había reinventado su carrera, tenía su sitio en el mundo. En 2004, como culminación de sus ambiciones, el matrimonio se compró un palacete de lujo por 6 millones de euros en el exclusivo barrio barcelonés de Pedralbes, muy por encima de sus posibilidades y con una altísima hipoteca. El rey Juan Carlos les ayudó con un préstamo de 1,2 millones, un detalle controvertido porque, según han opinado luego Castro y Horrach, debería haber significado ser llamado como testigo o incluso imputado, por un posible delito fiscal. A Diego Torres tampoco le iba mal. Como se descubrió luego, había montado una red de blanqueo en el extranjero, donde acabaron 344.000 euros que han acabado sumando dos años de cárcel a su condena.

 El juguete empezó a estropearse cuando Nóos llamó la atención. En noviembre de 2005, un diputado socialista balear, Antoni Diéguez, se pasó por el Illes Balears Forum y se quedó alucinado. ¿Cómo podía haber costado 1,2 millones de euros un congreso de dos días? El 16 de febrero de 2006 convocó una rueda de prensa, y en los titulares ya estaba todo el meollo del escándalo: “El PSOE denuncia supuestos pagos irregulares del Gobierno balear al instituto que preside Urdangarin”. En el palacio de la Zarzuela saltaron las alarmas, y el rey Juan Carlos envió a su asesor jurídico, José Manuel Romero, conde de Fontao, con una orden muy clara para Urdangarin, según recordó luego el duque de Palma ante el juez: “Me dijo que no ostentara ningún cargo de presidencia, no liderara ningún proyecto, no tuviera relaciones comerciales a largo plazo o societarias con el señor Diego Torres, y que me apartara de lo que fueran contrataciones de la administración pública”. La Casa del Rey había olido el peligro. La veloz carrera de Urdangarin empezaba a ser muy aparatosa.

 El duque, que ya no es aquel jugador de balonmano sin experiencia, finge obedecer. Se aparta de Nóos, pero crea una fundación llamada Cultura, Deporte e Integración Social en la que se mantiene en segundo plano. Pero solo para guardar las apariencias. En un correo electrónico, su apoderado le aconseja: “No tienes que dejar muy en evidencia que tú eres el alma mater de la Fundación, (…) nadie puede decir que esta es la fundación de Iñaki”.

 El invento siguió funcionando hasta que, en el verano de 2008, estalla la crisis económica en España. Por circunstancias no aclaradas, Urdangarin y Torres discuten y se separan. La Casa del Rey, que mantenía al duque bajo vigilancia y vivía sus peripecias con aprensión, busca un exilio dorado a la pareja y sus cuatro hijos. Se trasladan a Washington, donde a Urdangarin le han reservado un puesto como presidente de Telefónica en Estados Unidos. Todo parece en calma. Nadie lo sabe, pero aquella carpeta con papeles de Nóos ya ha llegado al juez Castro.

El 7 de noviembre de 2011, la policía irrumpe en la sede de Nóos. Un mes después, la Casa del Rey aparta a Urdangarin de la agenda oficial y empieza a aislarlo. Y a partir de ahí empiezan a pasar cosas hasta entonces inimaginables. En febrero de 2012, Urdangarin baja por la rampa de los juzgados de Palma para declarar por primera vez. Ya era un personaje distinto, una sombra. En abril, Diego Torres se vuelve peligroso: comienza a difundir, de forma dosificada, correos electrónicos en los que revela intimidades del matrimonio y que salpican a la Casa del Rey. La imagen del duque queda definitivamente destrozada. El clima ha cambiado –el incidente del rey en Botswana es en esos mismos días tormentosos de abril de 2012- y a la familia real ya no se le perdona lo que se le perdonaba. El 8 de febrero de 2014, en una escena histórica, la infanta Cristina presta declaración en el juzgado. Responde “no sé” o “no me acuerdo” 550 veces. Cuatro meses más tarde, el rey Juan Carlos abdica. El 12 de junio de 2015, Felipe VI, aquel que 18 años antes aplaudía en Sidney, le retira el título de duque. Cuando llega el juicio, Urdangarin está muy lejos de aquel campeón que era. Ha vendido el palacete de Pedralbes. Es un hombre abatido, que contesta en susurros. Acaba solo en el banquillo con su viejo socio, Diego Torres, al que ha vuelto a unirse en su estrategia de defensa. Ambos argumentarán como último recurso que la Casa del Rey sabía todo y que, por tanto, pensaban que no había nada malo. Es la ruptura total de los exduques con la familia de la infanta. Extraviado definitivamente, su única brújula parece ser salvar a su esposa. Al menos eso lo consigue. En lo demás fracasa. Tras su último partido en Sídney, en lo más alto de su vida anterior, un enviado de EL PAÍS le pidió que se describiera en pocas palabras, y dijo: “Un buen chico, que cree en lo que hace”.

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