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Una historia que nunca debió ocurrir

La banda deja como legado el “sufrimiento desmedido” causado a sus víctimas y a la democracia, pero aún pugna por escribir para la posteridad su propio relato

ETA comunica el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, en diciembre de 1973. ATLAS

“General, ¿crees que esta es la última?”, le preguntó Alfredo Pérez-Rubalcaba al general Pablo Martín Alonso, un hombre clave de la Guardia Civil en la derrota de ETA, cuando ambos cruzaban la calle de Amador de los Ríos (Madrid) tras informar de la detención de Mikel Kabikoitz, Ata, jefe militar de la banda, el 21 de mayo de 2010. “Sí ministro, creo que esta es la última gran operación contra ETA”, contestó Martín Alonso. Ocho años después de esa escena, cuando la historia de Euskadi Ta Askatasuna termina, toca contar los 60 años de “sufrimiento desmedido” que causó la organización terrorista y averiguar qué contará la historia de esta historia que jamás debió ocurrir. Un recorrido criminal que se cobró 853 muertos —cifra oficial del Ministerio del Interior, a la que hay que sumar al policía francés Jean-Serge Nerín y no ha servido para nada.

ETA no quiere pasar a la posteridad como la banda asesina que ensangrentó la democracia española y que no supo leer tantos avisos que la historia le dio para desaparecer. Quiere ser recordada como aquel movimiento de liberación nacional que surgió de la mano del colectivo EGI-EKIN —media docena de jóvenes nacionalistas y antifranquistas germinados en la Escuela de Ingenieros de Bilbao— “allá por 1958”, como escribió en su libro Giari zor (En deuda con la verdad) Julen Madariaga, uno de sus fundadores.

El nacimiento oficial ha quedado marcado en el 31 de julio de 1959 por el matasellos de la carta enviada al PNV por la recién nacida organización (casi se llamó ATA, que en euskera significa pato) donde se menciona el manifiesto fundacional de ETA. Esta optó desde el principio por la vía cubana de lucha armada frente a la vía india y pacífica de Gandhi. “Fíjate la importancia que tuvo luego eso”, rememoraba la semana pasada un miembro de la cúpula política etarra que dejó la organización en los 70.

La banda fue vista en esos primeros años como “la personificación de la lucha contra Franco”, escribe Manuel Sánchez —coronel de la Guardia Civil embarcado durante años en la lucha antiterrorista—, autor de Historia de un desafío (Península, 2017), guía para conocer la historia de la banda y de su combate por el instituto armado.

Esa visión casi romántica empezó a cambiar el día en que la organización perpetró su primer asesinato. A las 17.30 del 7 de junio de 1968, el terrorista Txabi Etxebarrieta mató por iniciativa propia al cabo de la Guardia Civil José Pardines en un control de carreteras en Aduna, en lo que se grabó como el primer asesinato oficial de ETA. Otros historiadores consideran que la primera víctima fue Begoña Urroz, de 22 meses, abrasada en la estación de Amara el 27 de junio de 1960. Pero no hay consenso. El primer asesinato planificado fue el de Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político Social de San Sebastián, torturador y colaborador de los nazis.

Todavía hoy Fermín Garcés Hualde, con 86 años, recuerda el día en que se enfrentó desarmado al terrorista que acababa de matar a Pardines cuando era un simple camionero. “Vi caer al guardia muerto y cómo le metían tres o cuatro tiros más y les grité: ‘¡Quietos asesinos, quietos!”, rememoraba hace unos días desde su casa de Madrid, junto a su hija Carmen: “Es como si lo viera, como si fuera ahora mismo”. Poco después pereció Etxebarrieta en un enfrentamiento con la Guardia Civil, lo que lo convirtió en el primer etarra muerto.

Este doble bautismo de sangre fue disyuntivo para la sociedad vasca. “La muerte de Etxebarrieta puso a todos los que privadamente se tenían por nacionalistas ante la disyuntiva de aprobar o condenar el asesinato de Pardines (…) La comunidad vasco-nacionalista se reconstruyó sobre un pacto de sangre (caiga sobre nosotros la sangre de Pardines y sobre ellos la de Etxebarrieta)”, escribió Jon Juaristi en Sacra Némesis (Espasa, 1999). Son esos años en los que la frase “algo habrá hecho” aliviaba conciencias. A partir de ese asesinato, la de ETA es solo la historia de asesinatos, miedo, complicidades y mal rollo que describe Fernando Aramburu en Patria. Cuando las adolescentes llevaban en sus carpetas unos versos del Ché Guevara (Mañana cuando yo muera...) dedicado a Ángel Otaegi y Jon Paredes, Txiki, fusilados por la dictadura en septiembre de 1975.

Fotografía tomada el 7 de junio de 1968, en Malpica (La Coruña), del entierro del agente de la Guardia Civil, José Antonio Pardines Arcay, primera persona asesinada por ETA.
Fotografía tomada el 7 de junio de 1968, en Malpica (La Coruña), del entierro del agente de la Guardia Civil, José Antonio Pardines Arcay, primera persona asesinada por ETA.

Pero la represión torpe y brutal del franquismo, que llevó al proceso de Burgos de 1970 (seis etarras fueron condenados a muerte; las penas fueron conmutadas), aún fortaleció a los terroristas como “unos héroes de la lucha antifranquista”. Un perfil que se acentuó con el asesinato del almirante Luis Carrero Blanco, presidente del Gobierno de Franco, en el célebre atentado de la calle de Claudio Coello de Madrid del 20 de diciembre de 1973. “Y eso es lo que se recordará de ella: que se enfrentó a Franco y mató a Carrero. Y punto”, sentencia un mando antiterrorista de la Guardia Civil.

Con el advenimiento de la democracia, ETA se afinó como una máquina de matar y dejó de ver los avisos para echar la persiana. “Perdieron todas las oportunidades para dejar de matar. Y todo para nada, porque no han conseguido nada. Su fracaso es de proporciones inmensas, a pesar de tantos muertos”, asegura Gaizka Fernández Soldevilla, historiador y responsable de investigación del Centro Memorial de Víctimas del Terrorismo.

La primera oportunidad fue la ley de Amnistía. “En octubre del 77 fueron amnistiados 60 asesinatos y se le perdonaron todos los crímenes… pero ETA perdió esa oportunidad”, asegura el historiador. A partir de 1978 comienza la etapa más letal: 234 personas asesinadas entre ese año y 1980. “Ese 1980 llegamos a tener casi 100 muertos, ¡casi uno cada tres días! No sé cómo aguantamos eso”, evoca Rubalcaba. La organización no supo leer ni la Constitución ni el Estatuto de Autonomía. Ni interpretó la disolución de ETA político-militar, en septiembre de 1982, para incorporarse a las vías exclusivamente políticas y cuyos miembros fueron salieron de la cárcel en una amnistía encubierta. Algunos acabaron siendo amenazados por los terroristas.

En ese periodo penetran en la historia colectiva los atentados más salvajes de ETA y, sobre todo, uno que mostraría que cualquiera —y no solo policías o guardias civiles: “uniformados” o “txakurras” (perros), como los definía la banda— podía ser objetivo de muerte para ETA: la matanza de Hipercor, un popular supermercado de Barcelona donde una bomba mató a 21 personas y dejó otras 45 heridas, el 19 de junio de 1987. Son también los años de la excrecencia del terrorismo de Estado de los Grupos Antiterroristas de Liberación (GAL), que dañaron la democracia, dieron razones a la propia ETA para justificarse y generaron más dolor: 27 muertos.

Cambios que no supo ver

La banda volvió a pasar por alto otros tres avisos que la historia le dio en los 80 de que matar no serviría para nada. El primero fue el final del santuario francés —desde donde atacaba y donde se escondía— durante la presidencia de François Mitterrand, que iniciaba el fin de las complicidades europeas. El segundo fue el Pacto de Ajuria Enea, en el que los partidos vascos, los compatriotas de ETA, se conjuraban para negar y combatirla policial y socialmente. El tercero fueron las negociaciones y la tregua de Argel, cuya ruptura no calibró: siguió pensando que podía derrotar al Estado.

El olvido ya ha empezado

La maquinaria del olvido colectivo de ETA se puso en marcha en cuanto la banda dejó de matar. La última encuesta del Euskobarómetro sobre el final del terrorismo y sobre sus víctimas muestra cómo la sociedad vasca se otorga un papel protagonista en el final del terror, apuesta por “pasar página” sobre el pasado violento, quiere que sean eliminadas de las calles las pintadas a favor de ETA y sus presos y cree “innecesarios” los homenajes a etarras que regresan a sus pueblos desde la prisión.
La encuesta, de julio pasado, revela que los vascos consideran que la movilización de la sociedad civil y “la evolución interna de ETA y la izquierda abertzale” han sido los dos elementos clave en el final del terrorismo. Mucho más que la política antiterrorista o la eficacia de las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado.
Pero sobre todo muestra la división sobre la forma “más adecuada” de tratar el pasado violento: el 43% cree que hay que cultivar la memoria de las víctimas y el 44% opina que se debe “pasar página”. Esta segunda opción sube al 46% entre los votantes nacionalistas y la primera baja al 41% entre estos.

En esos años, la banda y su entorno ya eran mucho más que una amenaza. Algunos libros de texto de Geografía e Historia de 4º de la ESO para el País Vasco rezan: “La principal amenaza terrorista contra la naciente democracia fue ETA, la organización más mortífera y la que contó con un mayor respaldo, centrado alrededor de la coalición electoral HB, Herri Batasuna”. Esta se asentó en el Parlamento vasco y gobernó Ayuntamientos al tiempo que exhibía el evidente respaldo de los pistoleros a la altanería de los políticos de la izquierda abertzale. Ese poder y esa intimidación se mantuvieron hasta la ley de Partidos Políticos, que en 2003 supuso la ilegalización de HB por parte del Tribunal Supremo.

Pero antes la banda demostró que aún le quedaba más daño que infligir. Se llamó “la socialización del sufrimiento”, el asesinato del adversario político elegido en las urnas. Tras la caída de la cúpula de ETA en Bidart en 1992 (otro aviso: las fuerzas de seguridad se rearmaban y la hacían vulnerable), la banda abrió este ignominioso periodo matando el 24 de enero de 1995 a Gregorio Ordóñez, concejal del PP. Así extendía el asesinato de quienes pensaban diferente mientras se envalentonaba la kale borroka (vandalismo terrorismo) y los jarraitxus implantaban su ley callejera.

Entonces el paisaje de Euskadi (y de media España) se llenó de políticos, periodistas, empresarios o jueces escoltados. De más gente viviendo con miedo a la muerte de un balazo o un coche bomba. Una socialización del terror que tuvo su némesis con el secuestro y asesinato el 13 de julio de 1997 del joven y desconocido concejal del PP en Ermua Miguel Ángel Blanco, cuando la sociedad vasca se rebeló masiva e irreversiblemente contra los asesinos. “¡No son vascos, son asesinos!”, gritaban sus compatriotas ante las herriko tabernas.

La sociedad vasca se instalaba en el “¡Basta ya!”, e incluso la izquierda abertzale empezaba a cuestionar a sus mentores de las pistolas. Ese cambio progresivo de la percepción social del terrorismo corrió en paralelo al acorralamiento de ETA en todos los frentes (judicial, policial, internacional...) y a la extraordinaria velocidad con las que las fuerzas de seguridad desmantelaban las cúpulas terroristas. Y sí: el último gran golpe fue el de Ata, considerado “el último gran general” etarra.

La banda aún obvió otro aviso: el de la tregua que mantuvo en 2006 con el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero. La rompió con el atentado contra la T-4 del Aeropuerto de Barajas, donde usó el coche bomba más potente de toda su historia. Se quebraba así una negociación que se pensaba definitiva. “Y que nadie se engañe: todos los gobiernos negociaron con ETA, todos”, explica un veterano de la Comisaría General de Información que incluso dio cobertura a algunos encuentros. Rubalcaba contaba hace unos días cuando, en una fecha imprecisa de 2009, siendo ministro del Interior, le dijo en La Moncloa a José Luis Rodríguez Zapatero, presidente del Gobierno: “Presidente, esto de ETA lo acabamos”. Y se acabó, aunque hubo que esperar a que el 20 de octubre de 2011 tres encapuchados anunciaran que la banda no volvería a matar, tras 43 años de dolor.

El dolor ha sido tanto que ni siquiera hay consenso sobre cuántas personas mató ETA (955, según la Asociación de Víctimas del Terrorismo, la mayor cifra al incluir las del incendio del hotel Corona de Aragón; 854 para el Ministerio del Interior, la oficial) ni están aclarados todos los crímenes (hay 350 crímenes sin autor condenado). “No hay consenso y creo que va a ser imposible”, asegura Fernández Soldevilla.

El legado de la banda

Sí hay consenso en quién fue la última víctima mortal: el policía francés Jean-Serge Nerín (Dammarie-lès-Lys, 16 de marzo de 2010). Y en el dolor, el “desmedido” padecido por sus víctimas, pero también el propio. “Ser familiar no se elige”, sentencia Etxerat, la organización que reúne a las familias de etarras presos. “De la cárcel se sale: de la muerte o la silla de ruedas, no”, replican las víctimas de ETA.

Ahora, la pregunta que solo el paso de la historia resolverá es: ¿cuál es el legado de ETA? “Sin duda es el dolor causado, porque ETA ha fracasado en todo: 60 años de sufrimiento no han servido para nada. Pero hay una fortísima batalla por el relato, por la historia: de un lado están los propagandistas de la izquierda abertzale y del otro, los historiadores rigurosos…”, asegura Fernández Soldevilla. Porque hay un intento de “blanquear la historia negra de ETA”, como sostiene Andoni Ortuzar (PNV), o de “poner el contador a cero y de que se les perdone todo”, como decía el miércoles en un acto Consuelo Ordóñez. “Se recordará que fue derrotada por la democracia y que no consiguió más que matar”, sentencia Rubalcaba, un fanático del relato.

El relato es la nueva batalla, antes de que la conciencia colectiva archive el terror. El olvido ha comenzado: solo el 1,2% de los vascos recordaba en una encuesta reciente quién fue la primera víctima. “Es acuciante investigar todo en serio y divulgarlo, porque los chavales, a los que ETA les suena a pleistoceno, aún no están totalmente vacunados contra el odio mediante el conocimiento de la historia”, añade Fernández Soldevilla.

Y usted, don Fermín, ¿pensó que vería el final de ETA?

—Siempre tuve la esperanza que algún día se acabaría, porque no podían seguir toda la vida matando. Y he podido verlo.

Fermín Garcés, que era camionero, se hizo guardia civil. Como su nieta.

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