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EP Verdad BLOGS Coordinado por José Manuel Abad

¿Quién mató a Martin Luther King?

Cincuenta años después del asesinato del líder afroamericano una investigación del Congreso y una sentencia judicial ponen en duda la versión oficial de un solo asesino

James Earl Ray, el asesino convicto de King, toma declaración ante un comité en Washington, en una imagen de archivo. REUTERS-QUALITY

Ha pasado ya medio siglo. El 4 de abril de 1968, en Memphis (Tennesse), un disparo en la cabeza ponía fin al sueño de Martin Luther King. La bala, que le perforó la mejilla antes destruir sus vértebras y quedar alojada en su hombro, había sido disparada por James Earl Ray, un ladrón de poca monta que cargó con el peso de matar al mito y cuyo salto de delincuente a asesino frío y metódico sigue siendo hoy un misterio que inquieta a expertos y familiares del líder de los derechos civiles de los negros estadounidenses.

Nacido al otro lado del sueño americano, hijo de un padre desempleado y de una madre que tenía dificultades para comunicarse al nivel más básico, cuentan los biógrafos que la primera vez que Ray pisó una escuela lo hizo descalzo porque no tenían ni para zapatos.

Tampoco la genética se mostró generosa con él. Con un coeficiente intelectual apenas por encima de la media, su carrera como ladrón fue tan desastrosa que antes de matar a King había pasado ya la mitad de su vida en la cárcel. Para lo único que Ray demostraba cierto talento era para escapar. A lo largo de su vida, protagonizó varias fugas, algunas de ellas tan espectaculares como la que realizó en 1977, cuando consiguió escalar la pared de una prisión junto a otros seis convictos. Fue en uno de estos interludios entre arresto y arresto cuando tomó forma en su mente una idea que llevaba tiempo digiriendo: matar al hombre más famoso de Estados Unidos, y hacerlo sin dejar rastro.

Antes lo había intentado todo. Se había apuntado a clases de danza, se había operado la nariz y pasaba sus tardes devorando libros de autoayuda, pero nada conseguía calmar su resentimiento.

James Earl Ray, que fue arrestado en junio de 1968, siguió defendiendo su inocencia y que en 1997 consiguió que uno de los hijos del predicador se reuniera con él

No tuvo que buscar mucho. Los medios, obsesionados con Martin Luther King durante esos días, habían informado de su visita a Memphis, e incluso se había detallado el hotel y la habitación donde se alojaba (la 306 del Lorraine Motel). Ray solo tuvo que conseguir un arma (un rifle Remington 760) y alquilar un pequeño cuchitril enfrente del motel. El resto era lo que mejor se le daba: volver a escapar. Para cuando la policía registró el lugar del que procedió el único disparo, el ladrón, aquel niño descalzo que no aguantaba ni un trabajo, ya había puesto rumbo a Canadá.

Quizá porque todo el mundo sabía que el FBI había atormentado a King hasta sus últimos días, la agencia federal se empleó a fondo para encontrar a su asesino. Según el escritor Hampton Sides, autor de Hellhound on his Trail: The Stalking of Martin Luther King, Jr and the International Hunt for his Assassin, la policía siguió cientos, incluso miles, de pistas hasta dar con el responsable. Ray fue arrestado en junio de 1968 en el aeropuerto de Heathrow (Londres). En el momento de su detención estaba a punto de embarcar rumbo a Bruselas, desde donde pensaba viajar a Rodesia para trabajar como mercenario.

¿Una conspiración del Gobierno?

Hasta aquí la historia oficial. Lo que sigue son hipótesis, teorías de conspiraciones, investigaciones políticas e incluso una resolución judicial que ponen en duda la versión oficial.

Aunque en un primer momento se declaró culpable, logrando así cambiar la pena de muerte por cadena perpetua, solo tres días después de su sentencia Ray se retractó de su confesión. Alentado por el polémico abogado Jack Kershaw, aseguró que había sido forzado a confesar y que un misterioso personaje llamado Raul le había embaucado para conseguir el arma que luego se utilizó en el asesinato.

Durante años, el tándem formado por letrado y cliente consiguió algunos triunfos, como que el comité del Congreso de EE UU que investigó el asesinato, realizara una nueva prueba balística del arma, que resultó inconcluyente. El mismo comité admitió en sus conclusiones que la muerte de King se debió con toda probabilidad a una conspiración, aunque nunca dudó de la culpabilidad de Ray. Eso no desanimó al prisionero, que siguió defendiendo su inocencia y que en 1997 consiguió que uno de los hijos del predicador se reuniera con él.

La familia de King nunca ha creído que alguien como Ray pudiera por sí solo haber organizado el complot. Siempre defendió la inocencia del asesino confeso y en 1999, en una decisión sin precedentes, presentó una demanda civil contra Lloyd Owners, el dueño de un restaurante que aseguraba haber participado una conspiración para matar a King en la que estaban implicados el Gobierno, la mafia y la policía local.

Finalmente, el jurado acabó determinando que la muerte de King se debía a un complot en el que habrían estado involucrados varios hombres, aunque nunca se juzgó a ninguno de ellos. Pero no pasó nada. Ni Ray salió de la cárcel, ni la familia de King obtuvo más que 100 dólares de compensación. Porque matar a un hombre es fácil, pero asesinar a un mito es mucho más difícil.

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