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República de aire

El Gobierno de Rajoy será tan inepto, corrupto y derechista como se quiera –lo es, ciertamente, y merece la mayor reprobación—, pero el Estado es mucho más que Rajoy, que el PP y que el Gobierno

El presidente del 'Parlament', Roger Torrent, con Puigdemont en Bruselas el pasado 24 de enero.
El presidente del 'Parlament', Roger Torrent, con Puigdemont en Bruselas el pasado 24 de enero.

Hemos entrado definitivamente en una fase nueva. El procés terminó y terminó mal, con una declaración de independencia sin arriar la bandera del país del que se escindía el Gobierno secesionista, sin un solo decreto inaugural, ni balconing ni discurso de manos a la obra. El que hizo Puigdemont desde Girona al día siguiente de la falsa proclamación de la nonata república fue una ceremonia de la confusión vergonzosa, de la que nadie retiene ni siquiera una frase de gloria. El independentismo hubiera corrido a gorrazos a los dirigentes que les prometieron la luna de una república catalana si no hubiera sido por los presos, el 155 y el destierro belga, que transformaron la decepción por el comportamiento del Govern en ira y resentimiento contra el Estado, Rajoy y los partidos que apoyaron el 155.

La carga de mentiras piadosas que ha acompañado al procés ha sido espectacular. Este capítulo ha quedado cerrado: los fieles procesistas saben que no habrá independencia ni a corto ni a medio plazo y que hay que acomodarse a la desagradable expresión de conformismo de que eso es lo que hay, una república de aire. Las prisas, los plazos sin prórroga, las hojas de ruta y las fechas gloriosas que conducían indefectiblemente al paraíso han pasado a mejor vida. Ni 2014 ni 2017. De momento, nunca. Hacer república no significa nada.

También ha sucedido con la unilateralidad, reivindicada hasta el 27 de octubre como la síntesis anticipada de la plena soberanía, y enmascarada ahora bajo la aceptación resignada de la bilateralidad. Renunciar a ella es solo un primer paso, porque tampoco habrá bilateralidad propiamente dicha, es decir, una relación de igual a igual. El peldaño que todavía no se ha descendido, desde el pedestal de la secesión obligatoria, es el de la legalidad constitucional. Los instrumentos coercitivos para impedir la vulneración de la legalidad están más afilados que nunca, de forma que pronto quedará bien claro que ahora se trata de ver cómo se gobierna la autonomía sin vulnerar la Constitución y a la vez sin traicionar la ideología independentista. Será lo más parecido a como se ha gobernado hasta que empezó el procés. Puede que haya sido un buen ejercicio de realismo del que salgamos todos algo mejores. Ojalá.

Entre los muchos pelos que nos hemos dejado en esta gatera, hay una idea de las más apreciadas por todo el soberanismo, que como se sabe desborda al independentismo en sentido estricto. Algunos siguen hablando del derecho a decidir y de su materialización en un referéndum legal y acordado. Pero si estaba lejos antes del desenlace tumultuoso y dramático del procés, más lejos está ahora. Nada se podrá hacer sin el acuerdo y consulta al conjunto de la ciudadanía española. También ha quedado en evidencia el empate paralizador para cualquier decisión plebiscitaria que se vive en Cataluña, donde ninguna de las dos mitades está dispuesta a admitir que por unos pocos votos sea la otra la que imponga su voluntad sobre todos. Todo está a punto para el pacto o para un enfrentamiento civil todavía más grave del atisbo que hemos tenido hasta ahora.

Hay más cosas que han cambiado en esta nueva fase. Los dirigentes ya intuían que la historia iba a cobrarse un precio elevado, pero ahora han tomado plena consciencia e incluso han descubierto a cuánto subía y que quizás no serían capaces o no estarían dispuestos a pagarlo. El procés lejos de salir gratis, como habían imaginado algunos, está pasando elevadas facturas personales y colectivas. Aquel independentismo que llegó a creer en la fuerza imparable del deseo expresado en las urnas ya sabe que si se empeña en seguir el mismo camino encontrará obstáculos quizás insalvables y tendrá que abonar un precio quizás más alto de lo que corresponde al objetivo buscado y sin garantías de que vaya a conseguirlo.

Son muchos los tópicos del independentismo que han quedado hecho añicos. Nada se puede obtener sin una enorme paciencia estratégica y una gran contención táctica, lo contrario exactamente del activismo astuto y febril de Puigdemont. Nada se obtendrá sin pagar precio, sin sacrificios merecedores de cuidadosos cálculos previos respecto a su equivalencia en beneficios. La cohesión del país, la buena marcha de la economía o el prestigio exterior no pueden quedar fuera del balance, como ha sucedido hasta ahora. Tampoco cabe prescindir de una mitad de catalanes, mayoritariamente de apellidos alógenos y de lenguas materna castellana, sin consolidar un nacionalismo étnico de nula credibilidad democrática y enorme peligrosidad política. Este es el coste humanamente más alto y más insoportable.

La lección mayor para el independentismo debiera tomarla de la caracterización de lo que es un Estado. Querían uno para los catalanes solos,  pero no sabían propiamente qué era un Estado. Súbitamente, por su mala cabeza rupturista, ahora el independentismo se ha caído del guindo y lo está comprobando. El Gobierno de Rajoy será tan inepto, corrupto y derechista como se quiera –lo es, ciertamente, y merece la mayor reprobación—pero el Estado es mucho más que Rajoy, que el PP y que el Gobierno. Viene de lejos y su fuerza deriva, entre otras cosas, de que es reconocido como tal por sus pares, iguales que el español en el monopolio legal de la coerción para su supervivencia y para el mantenimiento de la integridad territorial. Nadie da las gracias a quien le quita la cartera.

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