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La debacle catalana, la corrupción y la competencia de Ciudadanos agotan la supervivencia del marianismo

¿Es Rajoy el gran problema del PP?

La crisis de los populares invita una solución tan extrema como la retirada de su líder

Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno, en el Spain Investors Day, en el Hotel Ritz de Madrid, el pasado 8 de enero. Ampliar foto
Mariano Rajoy, Presidente del Gobierno, en el Spain Investors Day, en el Hotel Ritz de Madrid, el pasado 8 de enero. EL PAÍS

La identificación absoluta entre Mariano Rajoy, el PP y el Gobierno -uno y trino- relacionan los mayores éxitos y los peores fracasos con la responsabilidad del hiperpresidente. Es la razón por la que cabe preguntarse si el mejor estímulo que podrían encontrar los populares como solución a su emergencia política consistiría en dar por amortizado el marianismo. Rajoy ha sido la virtud del PP en la doctrina de la resistencia pasiva. Y ahora es el límite. Por varias razones.

1.- Cataluña.- Sería temerario atribuir a García Albiol el desastre popular en los comicios del 21D. Porque no ha sido sino el fusible de una gestión negligente —el desastre del 1 de octubre, la ausencia de pedagogía, el mensaje del miedo— que ha implicado la expulsión de Mariano Rajoy de Cataluña. Es el mayor fracaso de su trayectoria política y la prueba de su falta de idoneidad como timonel de la gran crisis de Estado. Rajoy ha sido masivamente desautorizado en las urnas. Fue un acierto la aplicación del 155. No lo ha sido su incomunicación ni el cinismo con que convertía la batalla perdida de Cataluña en un estímulo de la victoria en el resto de España.

 2.- Ciudadanos.- El énfasis plebiscitario de los comicios catalanes beneficiaba la pujanza de Ciudadanos en la reputación de una buena candidata, Inés Arrimadas, en la coherencia de un discurso político -la unidad territorial, la lucha contra el adoctrinamiento- y en la dinámica del voto útil. No es que Cs haya ganado las elecciones. Es que el éxito del 21D ha sido su prueba de madurez hacia la conquista del territorio nacional, tal como demuestra la encuesta que El País publicó el pasado sábado. El PP ya no brega contra el PSOE. Lo hace frente a un partido que “muerde” directa, explícitamente, en su espacio electoral. Es demérito de Rajoy haber subestimado a Albert Rivera.

3.- La corrupción.- La crisis catalana ha sido la niebla espesa que ha protegido a Rajoy de los escándalos de corrupción vinculados al PP -Gürtel, Púnica, Barcenas...-. Los procesos han avanzado sistemáticamente en 2017, pero apenas han trascendido ni han provocado desgaste, precisamente por la relevancia jerárquica y mediática del “procés”. Se trata de una mera tregua. El calendario judicial retoma su músculo, de forma que Mariano Rajoy reaparece como presidente omnímodo del Partido Popular y como expresión política de una era en la que han proliferado los escándalos de financiación irregular y clientelismo.

4.- El aislamiento.- La competencia directa de Cs en la gran partida de la política nacional complica extraordinariamente el papel de garante que Rivera había proporcionado a la legislatura de Mariano Rajoy. El presidente del Gobierno opera en “minoría absoluta”. Y lo hace sin interlocución con todas las demás fuerzas políticas, hasta el extremo de haberse paralizado la aprobación de los Presupuestos Generales. ¿Cuánto tiempo puede durar un Gobierno desprovisto de actividad legislativa y de consenso parlamentario?

5.-Pablo Iglesias.- El líder de Podemos y el presidente del PP se necesitan. La tonicidad de uno justifica la corpulencia del otro en la dialéctica de los antagonismos. El esquema del caos contra el orden había favorecido la solución de Rajoy como antídoto al peligro morado. Y Cs aparecía como una fuerza política demasiado nueva y experimental, de tal forma que el marianismo confortaba la idea del voto seguro y justificaba una cierta permisividad a las cañerías de Génova. Desarmado  Pablo Iglesias, ya no hace falta un gendarme para neutralizarlo. No es casualidad que el peor momento de Podemos coincida con la mayor crisis del Partido Popular.

6.- El relevo generacional.- La cuestión no es jubilar a Rajoy en beneficio de la efebocracia, sino plantear su vinculación con una época de la política de la que ya es prácticamente el último reflejo. Todo el esfuerzo de renovación que intenta el PP en sus personalidades y órganos, se resiente de la elefantiasis marianista, más todavía cuando el líder del partido ejerce el cargo desde el presidencialismo y la purga de cualquier debate interno. Ni siquiera en una situación de emergencia como la contemporánea han aparecido discrepancias ni cuestionamientos, con una sola y martilleante excepción de ultratumba: José María Aznar.

7.- El banquillo.- Podría entenderse que Mariano Rajoy se aferrara al cargo en ausencia de delfines preparados para sustituirlo. Algunos, como Soraya Sáenz de Santamaría, se están carbonizando a su lado, pero el PP dispone de alternativas evidentes, por mucho que las más claras, como Núñez Feijóo o como Cristina Cifuentes, dotadas ambas de un sesgo progre y de un antídoto anti Ciudadanos, no formen parte de las apetencias endogámicas de Génova. Mariano Rajoy se observa a sí mismo como sucesor de Mariano Rajoy, quizá al precio de terminar sepultándose con su partido.