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No digas que fue un sueño

Puigdemont traiciona a su pueblo con la proclamación de una república fantasma, aislada y depauperada

independencia Cataluña
El presidente de la Generalitat, Carles Puigdemont extiene su voto durante la votación en el Parlament sobre la declaración de independencia. REUTERS

Más allá de haber atracado la democracia a cara descubierta, el error de Puigdemont consiste en haber destruido el sueño prometido a su "poble". Ha proclamado la independencia en el contubernio parlamentario. Y por esa razón ha desfigurado la ilusión que suponía aspirar a ella. No se ha dado cuenta Puigdemont de que ser independiente representa una degradación respecto al fervor de ser independentista.

Y no sólo por la frustración que conlleva toda realización y la consecución de cualquier meta, sino porque los catalanes que se han conmovido en los vaivenes de esta farsa de la tierra prometida se percatarán de que han llegado, aleluya, al lugar en el que ya se encontraban.

Les ocurre a los protagonistas de un cuento ejemplar de Sciascia, tripulantes de una embarcación clandestina cuyo patrón les promete llevarlos a América. Los extorsiona, secuestra sus emociones. Y once noches después de haber salido, de haberle rezado a la Luna, de haberse confiado sus sueños, ocurre que saliendo de Sicilia han llegado a Sicilia, desconcertados por la familiaridad de la lengua, los lugares, las gentes. Traicionados por el pirata que los embarcó.

Hubieran agradecido los catalanes, polizones también ellos de la Arcadia de Puigdemont, que el sueño permaneciera vivo. Alcanzarlo con atajos, conspiraciones y delitos, desfigura la propia epopeya, la destruye. Puigdemont la ha trivializado. Se ha plegado a la coacción de un comando trotskista y al furor de los tuiteros. Ha demostrado ser la triste y mediocre marioneta de Junqueras.

Cataluña es independiente en el orden retórico, se ha emancipado de España en la política-ficción. Y semejante placebo aspira encubrirse ahora con una llamada a la resistencia y con la coreografía de las movilizaciones organizadas. Cataluña es una república fantasma, y una comunidad autonómica real cuyo porvenir, credibilidad, seny, madurez, economía se ha visto expuesta a una implosión que ha maniobrado el cinismo de Junqueras.

Tendrá que responder a su grey del engendro que le ha construido. No ya con la devastación de los espacios democráticos, con la ferocidad del pucherazo y con la vacua superstición de la represión franquista, sino porque ha perseverado en la ruptura sin haber asumido el rechazo de la comunidad internacional, la fuga de la economía y el trauma de un pueblo dividido.

Cataluña no es independiente, pero experimenta al mismo tiempo las peores consecuencias de su anomalía y excepcionalidad "indepe". En sentido conceptual, por el estupor del oscurantismo nacionalista. Y en sentido práctico, por cuanto el simulacro de una patria amañada y malparida ha precipitado una situación de aislamiento, de regresión y de empobrecimiento.

¿Y ahora qué, Puigdemont? Si Cataluña es independiente y nos deslumbra el fulgor de El Dorado, ¿qué sueño va a proponerle a su feligresía? ¿Qué nueva anestesia o elixir del amor va a recetar a la muchachada? ¿La resistencia al opresor? ¿Cuándo van ustedes a bajar a la tierra, ocuparse de gobernar, remediar los trastornos que han creado, responsabilizarse de sus fechorías?

Tendrá que inventarse un nuevo sueño, como hizo Scherezade para evitar que el gran visir la decapitara. Es lo que hacía con todas las mujeres que desposaba. Y Scherezade descubrió que su vida dependía de dejar el cuento abierto. Porque el final era su muerte.

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