¿Elecciones en España cada cinco años?

España es el único de los cinco grandes de la UE que no vota cada lustro ni contempla aumentar la duración de la legislatura

Una mujer vota en una urna en un colegio electoral de Barcelona.
Una mujer vota en una urna en un colegio electoral de Barcelona.Albert Garcia

El debate no ha salido a la palestra en España, donde los últimos encontronazos en torno a la ley electoral afectan a la limitación de mandatos del presidente del Gobierno y a la representatividad de un sistema que da al voto más o menos posibilidades de sumar un diputado según donde se deposite. Sin embargo, el tiempo idóneo que debe durar una legislatura es motivo de reflexión en el ámbito europeo. La última en abordar la cuestión ha sido Alemania. Los principales partidos del Bundestag han mostrado un amplio consenso para extender el periodo electoral de cuatro a cinco años a partir de 2021, lo que de aprobarse dejaría a España como el único de los cinco mayores países europeos que celebra elecciones cada cuatro años.

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Los partidarios de ampliar el tiempo que transcurre entre voto y voto creen que los Gobiernos tienen mayor capacidad de acción para emprender reformas de calado cuando no han de afrontar continuos procesos electorales. También defienden sus beneficios frente a la fatiga electoral del votante ante su participación en comicios locales, regionales, nacionales y europeos, así como el ahorro para las arcas públicas que supone organizar unas elecciones menos asiduamente. Enfrente, sus opositores lo ven como un retroceso democrático al sondear menos la opinión ciudadana. Tampoco están claros sus vínculos con una mayor estabilidad: en Italia, donde se vota cada cinco años, ha habido 41 primeros ministros desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, uno cada 20 meses.

Los cambios en el mapa político español favorecen sin embargo la extensión de los mandatos. Una fecha puede simbolizar esa necesidad. 29 de octubre de 2016: Mariano Rajoy es nombrado presidente formalmente tras 315 días en funciones. En el camino, dos elecciones con sus respectivas campañas, tres investiduras, cinco consultas del Rey y una certidumbre más o menos afianzada: la era de las mayorías absolutas ha terminado, al menos en el medio plazo. La nueva realidad multipartidista ha contribuido a renovar las instituciones, pero también implica más dedicación a cuestiones ajenas a la acción de gobierno. Aunque sea de manera oficiosa, las campañas electorales se alargan, y sobre todo lo hace la formación de coaliciones postelectorales.

La búsqueda de acuerdos de Gobierno no solo genera quebraderos de cabeza en Madrid. Países como Bélgica, Holanda, y actualmente Alemania, también han probado el vacío al frente del Ejecutivo. El funcionamiento con piloto automático mientras se decide quién manda. Esa creciente dificultad para compatibilizar la toma de decisiones con la parte más frívola y táctica de la política, aupada al primer plano con el bombardeo de baterías de consignas las 24 horas del día en redes sociales, ha alimentado un cortoplacismo que algunos consideran nocivo para el interés general. "Desde una perspectiva gubernativa, sin duda es mejor cinco años que cuatro. Mucho más si se tiene en cuenta que la mayoría de las democracias han aumentado su fragmentación política y conseguir acuerdos de gobierno se ha complicado enormemente. No hace falta recordar los casos de Bélgica o España", apunta el eurodiputado socialista Ramón Jáuregui.

Pese a esa riada de beneficios, el político vasco no es partidario de su aplicación en España: "La prolongación de las legislaturas reduce los derechos democráticos y la participación de la ciudadanía en la vida pública. Yo no recomendaría esa medida en la España de hoy". De la misma opinión es el europarlamentario de Podemos, Miguel Urbán: "Alargar las legislaturas alejaría aún más el ámbito de la política institucional de la población a la que pretende representar", predice.

Entre los Veintiocho, la opción de votar cada cuatro años sigue siendo mayoritaria. 17 socios comunitarios celebran comicios en ese plazo por los 11 que —una vez se apruebe en Alemania— aguardan cinco años. Pero mientras en los países que llaman a votar cada lustro no hay visos de modificar la ley para reducir el plazo, sí se produce el camino inverso. Junto al cambio que ahora promueve Berlín, Bélgica elevó en 2014 el tiempo entre elección y elección a cinco años para hacerlas coincidir con las europeas, locales y regionales. ¿El objetivo? Una legislatura libre del desgaste del cuerpo a cuerpo electoral.

Algunos expertos advierten de que cuestiones como el modelo energético, las reformas laborales, la política industrial o la planificación de infraestructuras requieren plazos superiores a los que marca el calendario electoral. Además, los equipos de confianza de los ministros y otras altas esferas se forjan con más dificultad en legislaturas breves. "Cuatro años no son suficientes para hacer verdaderas reformas. Hay asuntos que no se hacen inmediatamente, pueden resultar impopulares y necesitan tiempo para que se vean sus resultados. El último año se pierde mucho tiempo porque es el año electoral, lo que reduce el tiempo útil a tres años. Hace falta más que eso", estima Sébastien Maillard, director del Instituto Delors, uno de los think tanks de referencia en Europa, con sede en París. "El hecho de que llegar al poder sea la prioridad de la mayoría de partidos con vocación de gobernar es lo que daña al debate de fondo y refuerza el cortoplacismo, no la convocatoria de elecciones", contrapone Urbán.

Estados Unidos, la democracia más poderosa del mundo, funciona con elecciones cada cuatro años pese al largo camino que han de recorrer los candidatos hasta llegar a la Casa Blanca, con primarias para ser elegido en su propio partido antes de enfrentarse al rival. "Eso quiere decir que hay un estado de campaña electoral permanente. Aunque tras la elección de Trump quizá podemos decir que es el único caso donde felizmente duran cuatro años", ironiza el director del Instituto Delors.

Sobre la firma

Álvaro Sánchez

Redactor de Economía. Ha sido corresponsal de EL PAÍS en Bruselas y colaborador de la Cadena SER en la capital comunitaria. Antes pasó por el diario mexicano El Mundo y medios locales como el Diario de Cádiz. Es licenciado en Periodismo por la Universidad de Sevilla y Máster de periodismo de EL PAÍS.

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