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LOS GRANDES SUCESOS DEL ARCHIVO DE EL PAÍS

Crimen de Alcàsser: el espanto y el espectáculo del talión

El brutal asesinato tras la tortura y violación de tres niñas de la localidad valenciana dio rienda suelta al dolor y a la explotación televisiva de la ira popular

Fernando García, padre de una de las niñas, en el lugar del crimen. Ver fotogalería
Fernando García, padre de una de las niñas, en el lugar del crimen.

“¡Que los maten!”, rugió una multitud en medio de la noche, mientras las campanas tocaban a muerto. “¡Que me los dejen a mí”, vociferó un hombre con ganas de hacerse notar. "¡Les pegaría cinco tiros!", chilló un niño que aparentaba poco más de ocho años.

La sed de sangre se palpaba en el ambiente. Aquello recordaba a El árbol del ahorcado. Pero esto no era el Far West americano ni sus protagonistas calzaban un Colt a la cintura. La escena ocurría la no­che del 27 de enero de 1993 en el pueblo valenciano de Alcàsser, unas horas después del hallazgo de los cadáveres de las niñas Desi­rée Hernández, Miriam García y Antonia Gómez, salvaje y brutal­mente asesinadas después de haber sido secuestradas durante la tar­de-noche del 13 de noviembre de 1992.

Entre la desaparición de las tres adolescentes y el descubrimien­to de sus cuerpos destrozados habían pasado 75 días. 75 días con sus 75 noches en los que los 7.000 vecinos del pueblo de Alcàsser, a tiro de piedra de la capital valenciana, habían vivido la incertidumbre, el miedo, la desesperanza y, finalmente, la angustia compartida con millones de españoles a través de los reality shows de televisión que en esas fechas hacían furor en todas las audiencias. Demasiada bilis contenida, demasiada rabia ahogada, como para que al final no se produjera una explosión ...

 Y, claro, la explosión se produjo activada por los tres ataúdes que contenían los cuerpos sin vida de Miriam, Toñi y Desirée. El pueblo clamó justicia, aunque en realidad exigía venganza; y pidió, claro, un castigo adecuado para los culpables, aunque en verdad quería decir pena de muerte. Ojo por ojo y diente por diente. La ley del ta­lión a rajatabla. "iQue cuelguen a los asesinos!", exigió un joven, al que sólo le faltó acompañar el grito con una soga en la mano para que la imagen hubiera quedado perfecta.

Los rostros de las tres niñas estuvieron presentes en carteles y pasquines repartidos por todo el país. Atlas

"Alcàsser clama justicia tras el hallazgo de las tres niñas asesina­das", tituló EL PAÍS en su primera página, a tres columnas, dedican­do a la noticia el mejor espacio. Debajo, una foto y un titular de si­milar tamaño para otra noticia dramática: la muerte de seis personas aplastadas por la marquesina del cine Bilbao, en Madrid. El anuncio de Felipe González de expulsar del PSOE a los que aprovecharan el cargo para enriquecerse se vio arrinconado a una columna.

España entera estaba conmocionada desde las siete de la tarde del 27 de enero de 1993. A esa hora, los teletipos de las agencias in­formativas escupieron como un trallazo la noticia del hallazgo de tres cadáveres enterrados en un inhóspito monte de la partida de La Romana, cerca de la presa de Tous y a medio centenar de kilómetros de Alcàsser. Las radios tardaron apenas unos segundos en vomitar el teletipo en las ondas. Nadie se atrevió a asegurar que se trataba de las tres quinceañeras desaparecidas aquel fatídico 13 de noviembre anterior. Pero no había que ser muy listo para deducirlo. A pesar de que el portavoz de la Delegación del Gobierno en Valencia se esfor­zaba por pedir calma a los periodistas antes de dar por cierto algo que, según él, no pasaba de ser más que una mera suposición.

Una mano descarnada

La suposición, sin embargo, hacía ya horas que había adquirido la categoría de verdad absoluta. Casi, casi desde que Gabriel Aquino y José Sala habían subido al monte a revisar sus colmenas de abe­jas y se habían tropezado con una mano descarnada que emergía de la tierra como con desesperación. Esto ocurrió en torno a las 10 de la mañana. Después pasaron por allí el jefe forestal de la zona, Ser­gio Balbastre; el empleado de la funeraria El Amparo de Alberic, Pedro Carboneres Álvarez; el juez de Alcira, el forense, los guardias civiles del cuartel más próximo ... Toda una legión de bocas que no tardaron demasiado en propalar el descubrimiento por toda la co­marca. Aunque el juez no ordenó exhumar los cadáveres hasta casi las cinco de la tarde —estaba ocupado con el levantamiento de un suicida ahorcado en Benimala—, para entonces todo el mundo sabía que la búsqueda de Miriam, Toñi y Desirée había tocado a su fin. Ya no era necesario seguir pegando carteles con sus fotos, ni continuar asistiendo a programas de televisión para reclamar la colaboración ciudadana, ni volver a hablar con el presidente del Gobierno para que pusiera a los mejores policías al frente de la investigación ... Lo que la gente de Alcàsser había temido durante 75 días y 75 noches, se había producido.

Los sucesos de EL PAÍS

Crimen de Alcàsser: el espanto y el espectáculo del talión

Los reportajes y ensayos de esta serie veraniega han sido extraídos del libro Los sucesos de EL PAÍS, publicado en 1996 como parte de la conmemoración de los 20 años del diario, lanzado el 4 de mayo de 1976. Históricas firmas del periódico, como Rosa Montero, Juan José Millás o Jesús Duva desmenuzan algunos de los crímenes que han marcado la reciente Historia de España, de la matanza de Atocha al crimen de los Marqueses de Urquijo.

En los bares, en las tiendas, en las casas de la comarca, el rumor inicial se había transformado pronto en evidencia, en contra de los deseos de la Guardia Civil, que hubiera preferido que el asunto se mantuviera en silencio durante el mayor tiempo posible. ¿Para qué? Para poder realizar la inspección ocular en la partida de La Romana sin agobios, sin la avalancha de reporteros que, sin duda, empezarían a llegar a aquella montaña, pese a lo escarpado del terreno. Y, ade­más, porque convenía que el asesino o asesinos no supieran que los cadáveres de Miriam, Toñi y Desirée habían sido localizados, que si­guieran creyendo que el cuerpo de su delito continuaba bajo tierra.

Los sabuesos del tricornio se vieron obligados a trabajar contra­rreloj. Acordonaron la zona donde habían sido sepultados los cadá­veres de las niñas —un picacho azotado por el viento, frecuentado sólo por alimañas, jabalíes y cazadores— para recoger cualquier cosa que resultase ser una pista: unos cinturones, una radio vieja, colillas de cigarrillo, trozos de tela ... y 17 pedazos de papel que debidamen­te pegados entre sí resultaron ser parte de un volante de la ciudad sanitaria La Fe, de Valencia. Un formulario en el que, aun sucio y arrugado, se podía leer con relativa facilidad que se trataba de un parte de asistencia médica a un paciente que había acudido a ese hospital a la 1.09 de la madrugada del 14 de mayo anterior y al que se le había diagnosticado una blenorragia. Al volante le faltaba un pedazo correspondiente al espacio reservado a reseñar la identidad del enfermo. Sin embargo, en el folio recompuesto se adivinaba que el primer apellido del paciente empezaba por ANG ...

Los guardias civiles corrieron a La Fe. Aquellos trozos de papel podían ser la clave para resolver el triple crimen de las niñas de Alcàsser. Y no había tiempo que perder. Los asesinos no tardarían en poner pies en polvorosa en cuanto se enterasen por la radio o la televisión del hallazgo de los cadáveres.

— ¿Nos pueden decir a quién corresponde este historial clínico?— preguntó el sargento a la administrativa de guardia en el hospital valenciano.

— Lo siento. No les puedo dar ese tipo de información. Eso es con­fidencial —refunfuñó la joven.

— Mire, señorita, tenemos una autorización judicial. Necesitamos saber inmediatamente a quién corresponde el historial número 9317583. Es muy, muy importante... De verdad. No puedo decirle más, pero le aseguro que es muy urgente.

Tras las consabidas consultas a la superioridad, la oficinista aca­bó aporreando las teclas del ordenador para saber quién se ocultaba tras ese anónimo y aséptico 9317583. Y al cabo de unos segundos, como por arte de magia, la pantalla electrónica se llenó de palabras.

— Aquí dice que esa historia clínica se abrió a nombre de Enrique Anglés Martínez, con domicilio en el Camí Real número 101, de Ca­tarroja. El 14 de mayo se le atendió en urgencias y se le recomendó que siguiera tratamiento ambulatorio bajo supervisión de su médico de cabecera.

Los picoletos no tardaron demasiado en descubrir que el tal Enri­que Anglés era un hombre con personalidad trastornada y pertene­ciente a una familia muy conocida en Catarroja, no precisamente por su moral y buenas costumbres, sino por haber tenido alguno de sus miembros más de un problema con la justicia. El ministro de In­terior, el visceral José Luis Corcuera, pisó el acelerador y ordenó prioridad absoluta al caso.

Mientras los boletines de radio machacaban la noticia del día, los guardias civiles se movían en una frenética lucha contra el tiempo para tratar de impedir la fuga de los sospechosos. O, al menos, del que entonces se había convertido en sospechoso número uno: el tal Enrique Anglés. ¿Tendría algo que ver con quienes recogieron aquel 13 de noviembre de 1992 a Miriam, Toñi y Desirée cuando hacían autoestop para ir a la discoteca Coolor, de Picassent? ¿Sería él uno de los que iban en aquel coche blanco en el que una vecina vio su­bir a las tres adolescentes antes de que desaparecieran? Los agentes no estaban en condiciones de afirmar o negar. Sólo tenían un indi­cio consistente en un papel en el que constaba su nombre.

Las pesquisas policiales se hicieron con tanto sigilo que nadie, ni siquiera los padres de las tres niñas, supo en aquellos momentos que ya había un sospechoso. Ellos y sus convecinos de Alcàsser soltaban su rabia y su dolor a raudales en la plaza del Ayuntamiento, con­vertida en el centro neurálgico de toda España.

Cartel de búsqueda Antonio Anglés, el supuesto autor material del crimen de Alcàsser que nunca fue localizado.
Cartel de búsqueda Antonio Anglés, el supuesto autor material del crimen de Alcàsser que nunca fue localizado.

Huida por los tejados

Los féretros con los cadáveres de Miriam, Toñi y Desirée llegaron al cuartel de la Guardia Civil de Llombai alrededor de las 10 y media de la noche del 27 de enero, unas 12 horas después de que los apicultores Gabriel Aquino y José Sala hubieran descubierto junto a sus colmenas aquella mano descarnada que emergía de la tierra. So­bre las 12 de la noche, los tres ataúdes fueron trasladados en sendos furgones funerarios hasta el Instituto Anatómico Forense para ser sometidos a la preceptiva autopsia.

— Aún hay esperanzas. Nadie nos ha confirmado oficialmente que se trate de las niñas —decía a esa misma hora el abuelo de Miriam, como queriendo negar la evidencia.

 A unos pocos kilómetros de Alcàsser, mientras tanto, un puñado de guardias civiles de paisano aporreaban la puerta de un piso del número 101 del Camí Real, en Catarroja. ¿Objetivo? Detener al sos­pechoso número uno del triple crimen de las adolescentes.

— ¡Abran a la Guardia Civil! —grita imperativamente uno de los agentes.

— ¿Quién es? ¿Qué quieren? —pregunta una voz desde dentro de la casa.

— ¡Abran a la Guardia Civil! Abran o echamos la puerta abajo —amenaza el guardia que parece estar al mando de la operación, en cuya mano sostiene una Star en posición de disparo.

Antonio Anglés Martins, de 27 años, uno de los nueve hijos de la brasileña Neusa Martins y un valenciano muerto años atrás de ci­rrosis hepática, aprovecha la colaboración de su familia para poner­se a toda prisa unas zapatillas y salir volando por la ventana. Desde la Semana Santa anterior estaba evadido de la prisión de Valencia, de donde salió mediante un permiso concedido por un juez. Así que no dudó ni un segundo en saltar al vacío aun a riesgo de partirse las piernas o la crisma: sabía que, si le cazaban, tendría que pasarse unos cuantos años entre rejas. Y no estaba dispuesto a entregarse sin resistencia.

Antonio Anglés salta de tejado en tejado, aprovechando las sombras de la noche, hasta alejarse del domicilio familiar. Mientras, los guardias civiles registran el piso sucio y destartalado, decorado ape­nas con unos carteles de amazonas sin enmarcar. Neusa Martins, sorda desde que tuvo un mal aborto, siente cerrarse unos grilletes en torno a sus muñecas. Lo mismo les ocurre a sus hijos Dolores y En­rique, a quienes de nada les valen sus protestas frente a la contun­dencia de los picoletos.

En plena operación policial llega al portal de la casa de los An­glés un joven rubio, de 23 años, cargado con una bolsa de naranjas, ignorante de lo que está sucediendo en el piso de su amigo Antonio. Un guardia le cierra el paso.

— Aquí hay un individuo que dice que va a ver a Antonio Anglés —informa un agente a través del transmisor portátil—. Se llama Miguel Ricart.

— ¡Deténganle! Vamos a ver qué sabe de este asunto —ordena por la radio el jefe del grupo.

Miguel Ricart, Neusa Martins y sus hijos Enrique y Dolores son trasladados inmediatamente a la 311 Comandancia de la Guardia Civil, un edificio encalado y austero de la capital valenciana, donde está ubicada la jefatura provincial del instituto armado fundado por el duque de Ahumada hace un siglo y medio.

"Detenidos tres hombres en relación con el asesinato de las niñas de Alcàsser", titula erróneamente EL PAÍS en su primera página del 29 de enero de 1993 bajo una fotografía en la que Fernando García, el padre de la difunta Miriam, abraza a la hermana de otra de las adolescentes asesinadas. En realidad no eran tres hombres los dete­nidos, sino dos hombres varones y dos mujeres. Pero el hermetismo impuesto por las autoridades en torno a las investigaciones hacía ex­plicable la equivocación periodística, debida también en parte a la escasez de tiempo para poder reconfirmar las noticias antes de que echen a andar las rotativas.

Ese mismo día, EL PAÍS publicaba un pequeño editorial bajo el tí­tulo de "Espanto y talión", en el que se criticaba el morboso espec­táculo televisivo que se había organizado en torno al espantoso su­ceso, fruto de la encarnizada batalla que aquellos momentos estaban librando varias cadenas en su empeño por aumentar sus respectivas audiencias millonarias.

"La captura y puesta a disposición de la justicia de los autores es la respuesta de una sociedad civilizada a tales atrocidades. La utili­zación del dolor de otros niños, compañeros de las víctimas, para convertir el drama en espectáculo resulta indecente. Especialmente cuando, como ocurrió ayer en algunos espacios televisivos, se apro­vecha la tensión vivida por esos niños durante más de dos meses pa­ra convertirlos en heraldos de la ley del talión", concluía diciendo el editorial del diario que entonces dirigía Joaquín Estefanía.

La crítica estaba más que fundamentada, si se recuerda que Al­càsser se convirtió en un inmenso plató televisivo por el que fueron obligados impúdicamente a desfilar desde los padres de las niñas, sus amigas, las autoridades locales ... Cualquiera que pudiese provocar los lacrimógenos sentimientos y los más irracionales instintos de los televidentes. ¿Usted qué haría si tuviera ahora delante al asesino de su hija?, se les preguntó una y otra vez a los padres de Miriam, Toñi y Desirée, forzándoles a que vomitaran su rabia y sus deseos de ven­ganza sin el menor recato. Eso, y no otra cosa, es precisamente lo que se quería de ellos: que dieran espectáculo.

Pero eso sólo fue la parte visible del show. Porque detrás de las cámaras, entre bambalinas, los colaboradores de Paco Lobatón y los de Nieves Herrero libraron una reyerta que poco faltó para que no acabara a dentelladas. Lobatón se creía con derecho a explotar en exclusiva a los protagonistas del mórbido espectáculo, te­niendo en cuenta lo mucho que les había ayudado a buscar a las ni­ñas a través de su popular programa "¿Quién sabe dónde?" de TVE.

Nieves Herrero pensaba que, después de haber prestado tantas veces su programa "De tú a tú" de Antena 3 para el mismo fin, también tenía derecho a llevarse la mejor parte del trágico pastel. Y en esta despiadada y necrófaga batalla por la au­diencia se emplearon todo tipo de trucos y artimañas, utilizando in­cluso a policías municipales para que "secuestraran" a los invitados del programa contrario. La guerra sucia llegó a las ondas.

El caso de Alcàsser convulsionó los cimientos de la sociedad es­pañola, no sólo por lo intrínsecamente terrible del mismo, sino tam­bién por su impactante transmisión y explotación de los medios de comunicación. Consciente de este hecho, EL PAÍS no dudó en dedicar las tres cuartas partes de su portada del 30 de enero a ese asunto, bajo un titular a cuatro columnas: "Los asesinos de Alcàsser mata­ron a tiros a las niñas tras torturarlas y violarlas". Completaba la in­formación de primera página una fotografía de los cientos de perso­nas que se habían congregado ante el juzgado de Alzira y los rostros de Antonio Anglés y Miguel Ricart, los dos presuntos autores del rapto y posterior asesinato de las tres jóvenes.

EL PAÍS, un periódico tan renuente al sensacionalismo, dedicó na­da más y nada menos que ocho primeras páginas consecutivas al tri­ple crimen de Valencia, consciente del insaciable interés informativo despertado por el caso y sus circunstancias políticas, penales y peni­tenciarias. Este tema no cedería los privilegiados honores de porta­da hasta el 5 de febrero, fecha en que el espacio de primera plana fue ocupado por el descubrimiento de que algunos abogados de He­rri Batasuna se habían dedicado a transmitir a presos de ETA las consignas de la organización terrorista.

Pero, mientras tanto, los lectores tuvieron cumplida y abundante información del multitudinario entierrro de las niñas, al que asistie­ron unas 30.000 personas; de la puesta en libertad de Neusa Martins y sus hijos Enrique y Dolores ante la falta de evidencias en su contra; de las múltiples salvajadas, violaciones y torturas que habían sufrido Miriam, Toñi y Desirée antes de ser asesinadas y enterradas en un hoyo cavado en un solitario y desconocido monte; y de la per­secución y búsqueda del escurridizo Antonio Anglés por parte de un auténtico ejército de policías y guardias civiles desplegado por la co­marca de L'Horta valenciana.

Entierro de las tres niñas en el cementerio de Alcàsser.
Entierro de las tres niñas en el cementerio de Alcàsser.

"Experimentos con gaseosa"

Con el paso de los días, el crimen de Alcàsser adquirió un nuevo giro. En la búsqueda de culpables, el debate se centró en la política penitenciaria y más concretamente en la concesión de permisos a presos peligrosos. No en vano, el supuesto asesino Antonio Anglés se hallaba en libertad desde que el juez de Vigilancia Penitenciaria le concediera el 28 de febrero de 1992 un permiso de seis días de du­ración. Gracias a eso pudo abandonar la cárcel que le había sido im­puesta por secuestrar, maltratar y dejar encadenada a un pilar a su antigua novia Nuria Pera, una yonki a la que acusaba de haberle ro­bado unos gramos de heroína. Y el tal Anglés, tras decidir prolongar el permiso por su cuenta y riesgo, había presuntamente asesinado a tres inocentes criaturas.

"Los experimentos, en casa y con gaseosa", proclamó el colérico José Luis Corcuera, ministro del Interior dejando ver a las claras su postura contraria a que se deje en libertad a quien no se sepa muy bien qué uso va a hacer de ella. Pascual Sala, presidente del Tribu­nal Supremo y del Consejo del Poder Judicial, calificó de "desafortu­nadas" tales declaraciones de Corcuera, mientras que otros jueces re­cordaron que Anglés ya había obtenido en 1991 un permiso navideño de siete días y que se había reintegrado a prisión "sin problemas".

EL PAÍS terció en la polémica a través de un editorial publicado el 3 de febrero: "Es tal el horror social que puede generar un suceso co­mo el asesinato de las niñas de Alcàsser que no es extraño que a su rebufo flaqueen las convicciones y se produzcan reacciones sólo ex­plicables en el contexto de la gran emotividad del momento", co­menzaba señalando el artículo de opinión. Y proseguía: "El caso concreto del presunto asesino de las niñas de Alcàsser pone de ma­nifiesto la impredecibilidad de determinadas conductas criminales y, por ello, la dificultad de prevenirlas por los criminólogos, psicólogos, pedagogos, psiquiatras y sociólogos que integran los equipos de ob­servación y tratamiento penitenciarios. El caso ha evidenciado de igual modo un defecto del sistema: la descoordinación de las admi­nistraciones. Cuando un recluso no vuelve a la cárcel después de un permiso, lo normal es que campe por sus respetos, salvo que tenga la mala suerte de toparse con un policía o que —es el caso del pre­sunto asesino de las niñas de Alcàsser— vuelva a cometer un crimen que lo ponga tras él. Con este agujero policial en el sistema, cual­quier permiso penitenciario es un riesgo".

El Ministerio de Justicia, por su parte, argumentó que durante el año 1992 se habían concedido 53.029 permisos penitenciarios y que solamente se habían registrado 527 casos de no reingresos. O lo que es lo mismo: que únicamente había habido un porcentaje de fraca­sos cifrado en un 0,99%.

El entonces diputado de Izquierda Unida José Luis Núñez criticó la "tosquedad" verbal del ministro Corcuera y le sugirió que, en vez de arremeter contra los jueces, él también era responsable de los cuerpos de seguridad del Estado y que como tal debería "cumpli­mentar con la mayor rapidez posible" las órdenes de busca y captu­ra dictadas por aquéllos. El magistrado Ramón Rodríguez Arribas remachó en el mismo clavo, al proclamar sin ambages: "El señor Corcuera no es nadie para echar broncas a los jueces".

Al margen de polémicas y sutilezas legales, Antonio Anglés con­tinuaba libre, sin que los cientos de policías y guardias civiles des­plegados por Valencia fueran capaces de echarle el guante. Su osadía quedaría nuevamente de manifiesto cuando se supiera que el 29 de enero, apenas unas pocas horas después del hallazgo de los tres cadáveres, había acudido tranquilamente a La Peluquería, un cén­trico salón de belleza de la valenciana calle de Fernando el Católico, para hacerse teñir el cabello de color cobre. Después pagó 3.500 pe­setas por el servicio y no tuvo el menor reparo en que una joven pe­luquera tomara sus datos para rellenar la correspondiente ficha de cliente. Claro que el astuto Anglés no dio su verdadera identidad, si­no la de Francisco Partera Zafra, una de las cuatro bajo las que so­lía encubrir su personalidad.

Por aquellas fechas, y durante dos semanas, periodistas y policías jugaron al ratón y al gato por las calles de Valencia y los pueblos de los alrededores. Todo el mundo había visto al fugitivo, que parecía tener el don de la ubicuidad: un taxista juraba haberle visto mero­dear por la estación, y un confidente aseguraba lo mismo en la pun­ta opuesta de la ciudad... Sólo que eso era imposible, salvo que An­glés fuera Dios o el mismísimo diablo en persona.

El 10 de febrero, el enemigo público número uno de España sacó la lengua para burlarse del ejército de hombres con metralleta que le tenía cercado. Se acercó al pacífico sexagenario Vicente Golfe, mientras éste se hallaba en su naranjal, ya punta de navaja le obli­gó a sacarle de la zona en su humilde Citroen 2CV. Ambos rodaron sin tropiezos hasta Cheste y, tras pasar este pueblo, repostaron com­bustible en una gasolinera. Anglés, embutido en un mono de traba­jo azul y tocado con una gorrilla, no tuvo miedo en bajar del coche y pedir al operario que echase en el depósito 2.000 pesetas de gaso­lina. Después, el presunto homicida y su forzado chófer volvieron a la carretera.

— Para, párate junto a esos camiones —ordena al atemorizado Gol­fe, a la vez que deja hacerse bien visible la navaja que empuña.

Antonio Anglés había dejado atrás ya la provincia de Valencia y acababa de entrar en la limítrofe de Cuenca. El peligro quedaba a sus espaldas. Salvo que alguien hubiera alertado a la policía de la extraña desaparición de Vicente Golfe y su humilde Citroën del pue­blo de Vilamarxant. Antes de permitirle regresar a casa, el supuesto homicida le advierte que no debe decir a nadie nada de lo que le ha ocurrido, si no quiere sufrir represalias.

Durante horas, el fugado merodea por Minglanilla. De pronto ve a un cuarentón que sale del bar-restaurante Terry y que se encami­na hacia una furgoneta Citroën C15 que tiene aparcada en las in­mediaciones. Es Pedro Requena Buleo, de 48 años, encargado del es­tablecimiento.

— Tengo el coche averiado ahí adelante. ¿Puede acercarme?

— No, lo siento. Tengo prisa —se disculpa Requena, más que nada porque ese tipo de mono azul no le infunde confianza.

Anglés abre rápidamente la portezuela de la furgoneta y se mete dentro, mientras Requena forcejea para echarle fuera. El vehículo ya está rodando y apenas puede controlar el volante. Siente un objeto duro apretado contra su riñón derecho y lo primero que le viene a las mientes es que aquello es una pistola y que aquel cabrón le va a agujerear la barriga. Así que no duda en saltar del coche, mientras ve cómo éste se aleja primero despacio y luego cada vez más rápido.

Cuando la Guardia Civil descubre el automóvil ya es demasiado tarde. Han transcurrido 48 horas y Anglés se ha esfumado. Pero al menos eso ha servido para algo: para reencontrar la pista del fugiti­vo. El teniente coronel Antonio Carrascosa, uno de los encargados de cazarle, anota en su expediente: "Graja de Iniesta. Fiabilidad 5". Es decir, la máxima. Es decir, que no hay duda de que el autor del ro­bo de la furgoneta es el mismísimo Antonio Anglés Martins. Y lo peor de todo es que, posiblemente, durmió en una casa semiderruida de Graja de Iniesta, tras abandonar la furgoneta en unos viñedos pró­ximos al pueblo. ¡Maldita sea!

Los rastreos realizados en puticlús, pinares y carreteras de la co­marca no aportaron ninguna pista. Eso hizo pensar que el criminal había logrado escapar una vez más, tal vez oculto en alguno de los muchos camiones que cubren la ruta Valencia-Madrid. Tal sospecha hizo que, desde ese momento, Anglés fuera visto en mil lugares di­ferentes de la capital de España y sus alrededores, provocando más de una falsa alarma.

Pasquines y recompensa

Más desorientados que nunca, los responsables del Ministerio del Interior decidieron solicitar la colaboración ciudadana para dar ca­za al presunto asesino. Para ello, a mediados de marzo se distribu­yeron 15.000 grandes carteles con el encabezamiento "Delincuente armado muy peligroso". Y debajo, junto al nombre de Antonio An­glés Martins, una foto con el pelo teñido de rubio y otra con el ca­bello negro y repeinado.

Interior indicaba en los pasquines que el fugitivo podía utilizar las falsas identidades de Francisco Partera Zafra, Rubén Darío An­glés Martins, Rubén Darío Romero Pardo y Enrique Anglés Martins (el nombre de su hermano). También se le conoce por los alias de Azuquiqui y Rubén. En el apartado epigrafiado como "otros datos", se indicaba que se trata de un individuo "desconfiado, muy violen­to, toma Rohipnol y tiene un quiste sebáceo en la garganta, sobre la nuez". El cartelón, de características similares a los empleados para reclamar ayuda contra activistas de ETA o GRAPO, finalizaba di­ciendo: "Si usted conoce algún dato que pueda facilitar su localiza­ción, le rogamos lo ponga en conocimiento de la Policía o la Guar­dia Civil. SERÁ DEBIDAMENTE RECOMPENSADO".

Coincidiendo con la difusión de los carteles publicitarios, la pren­sa de Extremadura publica en repetidas ocasiones presuntos avista­mientos del fugitivo en las calles de Cáceres o Badajoz. La Guardia Civil no otorga demasiada credibilidad a estas noticias y duda de que el delincuente haya llegado tan lejos de Valencia. Pero, frente al escepticismo de los agentes de tricornio, la Policía Judiciaria portu­guesa organiza un rastreo en la región más próxima a Extremadura, después de que un campesino de Monfortinho crea reconocer al de­lincuente español como el sujeto que robó algunos alimentos en su casa.

La posible presencia del asesino de Alcàsser es ampliamente di­fundida por la prensa y la televisión portuguesa, originando un alu­vión de llamadas de ciudadanos de este país que aseguran haberle visto. Rafael Vera Fernández-Huidobro, el sempiterno número dos de Interior, decide entonces enviar a Lisboa al inspector Ricardo Sánchez, jefe del Grupo de Homicidios del Servicio Central de Poli­cía Judicial de Madrid, un antiguo cazaterroristas, al que sus supe­riores utilizan frecuentemente como apagafuegos para casos difíciles o aparentemente irresolubles.

El fantasma de Anglés reaparece en Lisboa y hasta allí vuela des­de Madrid, el 15 de marzo de 1993, el inspector Sánchez. Éste y un grupo de colegas lisboetas patean de punta a punta el puerto de Tra­faria en busca de un tal Andrés Joaquim Carvalho, un drogadicto que según un confidente había sido visto repetidamente acompaña­do de un español. Pero no hay el menor rastro de uno ni de otro, co­mo si cualquiera que tuviese relación con este maldito caso tuviese el don de desaparecer por ensalmo.

Sánchez logra juntar todas las piezas del rompecabezas gracias a una pequeña noticia que publica un periódico lisboeta informando que un polizón portugués había saltado al mar, a unas 300 millas de Burdeos, desde el barco de bandera británica City of Plymouth. Al sabueso español se le enciende una bombilla en el cerebro: ¿y si fue­ra Anglés? La sospecha se convierte en certeza cuando, a través de la consignataria del buque en Lisboa, se sabe que el polizón dice ser portugués y llamarse Carvalho, aunque curiosamente apenas cha­purrea unas pocas palabras en este idioma.

Sin embargo, cuando Ricardo Sánchez y sus compañeros logren pegar y hacer encajar todas las piezas del puzzle ya será demasiado tarde. El escurridizo Antonio Anglés se les ha vuelto a escapar entre los dedos casi, casi en el momento en que iban a echarle la red en­cima. En ese momento viaja ya en el City of Plymouth rumbo a Du­blín; tras haber convivido durante casi dos semanas con Carvalho en Lisboa, una ciudad conmocionada también en aquellos momentos por un descuartizador de prostitutas baratas.

Cuando el policía alerta a las autoridades irlandesas, es demasia­do tarde: el mercante había levado anclas, el 25 de marzo, con des­tino a Liverpool. Pese a todo, los agentes irlandeses decidieron re­gistrar a fondo los muelles del puerto de Dublín ante la posibilidad de que el criminal continuara oculto en la zona. Todo inútil. No obs­tante, el rastreo permitió hallar un flotador del City of Plymouth en las aguas, de lo que se dedujo que Anglés había saltado antes de que el barco echara amarras para evitar así ser entregado a las autori­dades.

La noticia, pese a la incredulidad del jefe de turno, fue amplia­mente publicada en EL PAÍS e inmediatamente tuvo una enorme re­percusión en los medios de comunicación de Irlanda, que pronto bautizaron al criminal como El Ángel de la Muerte. El programa te­levisivo Crime Watch, uno de los de mayor audiencia en el país, de­sató una orgía de morbo y miedo entre la población, tras difundir la foto de Anglés y relatar que éste era un tipo que tenía tatuado en el brazo derecho un esqueleto con una guadaña y en el izquierdo una chinita con sombrilla junto a la leyenda "Amor de madre".

Miguel Ricart, único condenado por el crimen, cuando acudió a declarar ante el juez en febrero de 1995.
Miguel Ricart, único condenado por el crimen, cuando acudió a declarar ante el juez en febrero de 1995.

La increíble desaparición del presunto homicida, cuando la poli­cía había llegado a pisarle los talones, fue una nueva burla para sus perseguidores. o es extraño que desde el Ministerio del Interior se quisiera cerrar el caso. ¿Cómo? Por un método tan expeditivo como el de sugerir que Anglés había muerto ahogado en Dublín y que su cadáver había sido devorado por los peces o arrastrado por las co­rrientes marinas.

Los principales investigadores del triple crimen de Alcàsser, sin embargo, dudan de que Anglés ya no exista. Porque ¿dónde está su cadáver? ¿Cómo es que no ha aparecido el menor rastro de su cuer­po? Años después de su evaporación, policías y guardias ci­viles sospechan que logró escapar de Dublín a Inglaterra y desde aquí abordar un nuevo mercante en el que se trasladó a Sudaméri­ca, posiblemente a Brasil, su tierra natal. Interpol-Sao Paulo e In­terpol-Río de Janeiro, las dos oficinas de la policía internacional existentes en ese enorme país, fueron alertadas. Aunque nunca se probó la presencia del criminal español en su territorio.

Al margen de la odisea de Antonio Anglés, el juez de Alzira, José Miguel Bort, continuó con la tramitación del sumario por el triple crimen en el que únicamente estuvo incurso el joven Miguel Ricart, un ex camionero que lo más que llegó a reconocer es que violó a una de las niñas después de raptarlas en Picassent. Y juró y perjuró que no tuvo nada que ver. En septiembre de 1997, Miguel Ricart fue condenado a 170 años de prisión por la violación y el asesinato de las tres niñas. En noviembre de 2013, salió de la cárcel de Herrera de la Mancha al beneficiarse de la aplicación de la doctrina Parot.

Las pruebas practicadas en el otoño de 1995 han demostrado que los hermanos Antonio, Roberto y Mauricio Anglés eran asiduos visi­tantes de la casucha del monte La Romana, donde fueron asesina­das las tres adolescentes de Alcàsser, como se deduce de los restos de sangre, semen y cabellos localizados en esa madriguera. En el coche utilizado por los criminales para trasladar a las niñas desde Picas­sent a ese paraje se localizaron restos de vello perteneciente a Ricart.

 Fernando García, el padre de Miriam, sigue convencido de que fueron más de dos quienes sometieron a su hija y a sus dos amigas a un aberrante ritual de sangre y sexo, durante el que éstas llegaron a ser violadas mediante un punzón piramidal. Hay policías que tam­bién tienen la firme sospecha de que no sólo fueron Antonio Anglés y su compinche Ricart quienes arrancaron la vida a las tres mu­chachas, sino que al menos intervinieron tres desalmados.

 En el caso se personaron los abogados que representan a las tres familias de otras tantas niñas que fueron víctimas del sadismo criminal durante los últimos años: Ana María Jerez Cano, asesinada en Huelva; Carmen Rivas, en Villaba (Lugo) y OIga Sangrador, cu­yo cadáver fue hallado enterrado en Tudela de Duero (Valladolid).

Mientras tanto, continúa sin aclarar qué pasó y dónde están otras dos adolescentes desaparecidas en la primavera de 1992: Virginia Guerrero Espejo, de 15 años, y su amiga Manuela Torres Buggeffa, de 14, se esfumaron entonces de su pueblo de Aguilar de Campoo (Palencia) y desde aquella fecha nadie ha vuelto a verlas ni vivas ni muertas. Parece como si se las hubiera tragado la tierra ... ¿Se con­vertirá algún día su historia en un segundo caso Alcàsser?

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