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Somos la alternativa

El PSOE puede sumarse al cambio y renovarse o anclarse al pasado y convertirse en una fuerza con mucho menos peso histórico

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El líder de Podemos, Pablo Iglesias. EFE

Podemos y sus aliados representan hoy la principal alternativa de gobierno al PP, en un momento de impasse provocado por las dificultades del Partido Socialista para elegir una de las dos modalidades de gobierno posibles, llamadas a definir la disputa política presente y futura en España. El contexto internacional y europeo en el que se da esta transformación del sistema político es inédito, completamente diferente del que determinó la suerte de nuestro país en el siglo XX.

Quizá tengan que pasar todavía unos años para que los historiadores y el resto de científicos sociales den cuenta de la dimensión de los acontecimientos sociales y políticos que estamos viviendo y que, en poco más de dos años, han consolidado nada menos que un nuevo sistema de partidos.

La emergencia de Podemos, como traducción político-electoral de la nueva época inaugurada por el 15-M, redefinió el tablero político. Pero si algo supera en trascendencia a aquella irrupción impetuosa, es su consolidación como opción de gobierno, capaz de liderar una alianza histórica sin precedentes (y, a mi juicio, sin vuelta atrás) con una pluralidad de fuerzas que va desde espacios políticos tradicionales de la izquierda en España y Cataluña, pasando por partidos gallegos, valencianos y baleares, eco-socialistas y movimientos sociales, hasta las coaliciones municipalistas que hoy gobiernan las principales ciudades del país.

Nuestro primer desafío es asumir que sólo podremos gobernar mediante una alianza, en España y en Europa, con la vieja socialdemocracia, en un contexto posterior a la Guerra Fría en el que las identidades políticas de la izquierda que se forjaron al calor del breve siglo XX (1917-1989) tienen problemas para reconocerse a sí mismas. Ello implica la apertura de un debate de país, que debe incluir a sectores de la vieja socialdemocracia, en clave ideológica y geoestratégica, sobre qué tipo de políticas se podrían implementar desde un Estado y unas administraciones con enormes limitaciones soberanas y sobre qué papel queremos jugar con relación a Europa, Iberoamérica y el mundo.

Nuestro segundo desafío implica abrir un complejo diálogo para dar una salida institucional-constitucional por vías democráticas a la plurinacionalidad de España, al tiempo que armamos, desde un nuevo patriotismo ciudadano, una idea de país capaz de sostener un proyecto colectivo respetuoso con la diversidad de nuestra patria. No es ni mucho menos una cuestión nueva, sino una tensión constitutiva de nuestra historia política que hoy implica actualizar los debates y las fórmulas sobre el federalismo y el encaje constitucional y jurídico de diferentes realidades y sentimientos nacionales.

A pesar de que tanto la estructura de nuestro sistema político como las estructuras políticas, económicas y militares internacionales en las que se subsume (UE, OTAN, etc.) son herederas del mundo bipolar, el contexto ha cambiado lo suficiente como para imaginar nuevas posibilidades tanto hacia dentro como hacia fuera.

¿Es posible ser soberanista y europeísta a la vez? Debe serlo, si entendemos que la democracia ha de informar la legitimidad de las instituciones tanto estatales como europeas

El fracaso de las políticas de austeridad patrocinadas por Alemania en el Sur de Europa y el abandono por parte de la vieja socialdemocracia, arrastrada al callejón sin salida de la Tercera Vía, de las políticas neokeynesianas, ha dejado abierto el espacio para una nueva socialdemocracia, no condicionada por las contingencias de la Guerra Fría, que pueda reclamar una política a un tiempo soberanista y europeísta de carácter social. ¿Es posible ser soberanista y europeísta a la vez? Debe serlo, si entendemos que la democracia ha de informar la legitimidad de las instituciones tanto estatales como europeas.

Los déficits democráticos de las estructuras decisionales de la Unión y el vaciamiento soberano de las instituciones del Estado son una asignatura pendiente. La enorme desafección hacia Europa como proyecto político tiene múltiples expresiones (los accidentados refrendos sobre el tratado constitucional europeo, la posibilidad real del Brexit o el avance de fuerzas políticas de la extrema derecha antieuropea son sólo algunos ejemplos) y sólo se puede combatir recuperando una idea de Europa asociada a los derechos sociales y el bienestar. Esas y no otras fueron las claves de que la Unión fuera atractiva como proyecto político y social para las poblaciones del Sur y en ellas debe basarse un nuevo proyecto socialdemócrata para un continente que debe tener una identidad geopolítica propia no subordinada a otras potencias.

Una nueva idea de España en Europa, plurinacional y en la que los derechos sociales estén garantizados en el marco de un nuevo modelo productivo, no podemos construirla solos; requiere de amplias alianzas, sociales, políticas y con sectores estratégicos del empresariado, tanto en nuestro país como en Europa.

 El PSOE se verá seguramente en el dilema de decidir con cuál de las dos opciones se compromete y corresponsabiliza: la continuidad del PP al frente del Ejecutivo o un Gobierno con Unidos Podemos

Tras las elecciones del próximo 26 de junio volverán seguramente a plantearse las dos opciones de gobierno que nosotros vemos hoy como posibles; la continuidad del PP al frente del Ejecutivo o un Gobierno con Unidos Podemos. El PSOE se verá seguramente en el dilema de decidir con cuál de las dos opciones se compromete y corresponsabiliza. Pero en cualquiera de los dos casos, el cambio de sistema ya se habrá consolidado y será sólo una cuestión de tiempo el momento del cambio en el ejecutivo.

Estoy convencido de que la vieja socialdemocracia, decida lo que decida tras el 26-J, seguirá siendo una fuerza política fundamental y un aliado necesario para nosotros, pero creo que su peso específico como alternativa de gobierno a los conservadores estará determinado por la decisión que tome ahora. Tras el 26-J el PSOE puede sumarse al cambio y renovarse o anclarse al pasado y convertirse en una fuerza con mucho menos peso histórico a la hora de determinar el futuro de España.

Pablo Iglesias es el secretario general de Podemos.

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