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El legado de seis presidentes

Luces y sombras de los jefes de Gobierno de la democracia

Los expresidentes de Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo (izquierda) y Adolfo Suárez, en 1985. Ampliar foto
Los expresidentes de Gobierno Leopoldo Calvo-Sotelo (izquierda) y Adolfo Suárez, en 1985.

Lo acontecido nunca fue inevitable y siempre pudo haber sido de otra manera. En ello, mucho tiene que ver la acción individual de las personas. En el transcurrir de la historia, la acción de quienes sustentan las máximas responsabilidades –con sus luces y sombras- tiene, por acción u omisión, una importancia esencial en el curso de los acontecimientos. Sus biografías, sus filias y fobias, sus pasiones, virtudes, errores y horrores, inciden en el devenir de los acontecimientos. Así ha sido también en el caso español en las últimas cuatro décadas. Ahora que estamos revisitando la historia reciente de nuestro país, conviene no perder de vista esos detalles que resultan esenciales para comprender lo sucedido.

Adolfo Suárez González (Cebreros, Ávila, 1932- Madrid, 2014)

Fue un político intuitivo y seductor, un conseguidor de los más difíciles objetivos políticos gracias a su habilidad para manejar la información como instrumento de poder, un “chusquero de la política”, como se autodefinió. Nacido en Ávila, la ambición fue uno de los motores fundamentales de su carrera política. Iniciada en el tardofranquismo (llegó a ser ministro del Movimiento en 1975), si en los últimos años de la Dictadura ser miembro del Opus Dei –luego abandonaría esta institución- le ayudó en sus aspiraciones, con el inicio de la democracia, establecer su residencia en Puerta de Hierro y frecuentar los restaurantes de moda, le dio la presencia que necesitaba en el momento en que aspiraba a jugar algún papel relevante en la nueva etapa política que se abrió en 1975.

Hombre de extraordinaria simpatía, Suárez tuvo un enorme atractivo personal. Su juventud, que sintonizaba con la aspiración de varias generaciones que esperaban el cambio, también le ayudó decisivamente a lograr el respaldo de la ciudadanía en las urnas. “No soy experto en nada, pero creo que soy un buen político”, dijo en una entrevista a finales de los setenta, y decía bien. Durante el periodo previo a las primeras elecciones democráticas en más de 40 años (15 de junio de 1977), supo trasladar a interlocutores de posiciones ideológicas opuestas lo que querían escuchar sin explicitarlo. Su audacia se manifestó en cómo supo manejar los sobreentendidos de sus conversaciones para llegar a los propósitos que se había marcado. Especialmente relevante fue la reunión que mantuvo con la cúpula del Ejército de la que algunos de sus asistentes infirieron de las palabras del presidente un compromiso implícito para no legalizar al Partido Comunista de España algo que, sin embargo, sucedería poco después, en abril de 1977. Con su ácida y aguda inteligencia, Alfonso Guerra calificó esta capacidad suya como propia de un “tahúr del Mississipi, con su chaleco y su reloj”.

Sus últimos tiempos en la Moncloa fueron muy ingratos. Se le sometió a una estrategia de acoso y derribo desde fuera –especialmente desde el PSOE-, pero también desde dentro de su propio partido

Los logros políticos de Suárez han sido decisivos para nuestra historia reciente. Con coraje y el apoyo de algunos colaboradores fundamentales –Torcuato Fernández Miranda, singularmente- supo implantar la reforma del sistema político eludiendo la ruptura en el paso de la Dictadura a la democracia. Su empatía personal y ante las cámaras, así como su determinación, le ayudaron en algunos de los pasos de muy difícil consecución que se dieron entre 1975 y 1980: amnistías de presos políticos, legalización de partidos y sindicatos o convocatoria de elecciones. Con todo, su legado se asocia especialmente a una palabra: el consenso como valor fundamental para llegar a una Constitución de todos en 1978. El contexto para acometer todos esos cambios no solo no era sencillo, sino que se asemejaba a la tormenta perfecta. Junto con la mayor ofensiva etarra de la historia –277 asesinatos entre 1975 y 1980-, los efectos de la crisis económica internacional de 1973 se hicieron sentir con especial crudeza en los momentos iniciales de la democracia, lo que llevó al equipo económico de Suárez a promover en 1977 los Pactos de la Moncloa que supusieron el concurso de los principales actores económicos –sindicatos, empresarios, sector público y privado- para lograr la estabilización y relanzamiento de la economía. Sus últimos tiempos en la Moncloa fueron muy ingratos. Se le sometió a una estrategia de acoso y derribo desde fuera –especialmente duros fueron los ataques desde el PSOE-, pero también desde dentro de su propio partido, la UCD, que, desintegrada en facciones enfrentadas entre sí, llevaron a Suárez a perder su respaldo y a dimitir en enero de 1981, cediendo la Jefatura del Gobierno a Leopoldo Calvo-Sotelo.

Leopoldo Calvo Sotelo (Madrid, 1926- Pozuelo de Alarcón, Madrid, 2008)

Cuando se produjo el golpe de Estado del 23 de febrero de 1981, en las Cortes se estaba votando la investidura de Calvo Sotelo como nuevo presidente del Gobierno, cargo que ocuparía hasta la llegada de los socialistas al poder en las elecciones de octubre del año siguiente. Su perfil intelectual le presentaba como una figura gris, que contrastaba con el atractivo de Suárez. Nacido en Madrid, ingeniero, fue un hombre de gran cultura jurídica y humanista, que había sido Procurador en Cortes durante el franquismo. Reconocido monárquico, su perfil técnico se había acentuado como resultado de su propia experiencia dentro de los gabinetes de su predecesor como ministro de Obras Públicas, Relaciones con las Comunidades Europeas y Vicepresidente Segundo del Gobierno para Asuntos Económicos.

Entre sus actuaciones políticas más importantes estuvo la exterior pues, con la decisión de su gobierno de entrar en la OTAN en mayo de 1982, se normalizaba el alineamiento político de España dentro del bloque occidental que se oponía a la URSS. Esa decisión conllevó una enorme controversia social y fue utilizada por la oposición socialista para debilitar su gobierno bajo el eslogan “OTAN, de entrada no” (paradójicamente, luego sería el gobierno de Felipe González quien pediría el sí a la entrada en la OTAN en el referéndum que se celebró en marzo de 1986). También fue de la mayor relevancia que, tras el golpe de Estado, se restableciera el curso de las decisiones políticas de calado que habían sido tomadas años atrás. Entre las más importantes destacaron la ley del divorcio –vinculada al ministro Francisco Fernández Ordóñez- o el impulso de la reestructuración del poder político y territorial de España en el Estado Autonómico, con la aprobación, durante su gobierno, de los Estatutos de buena parte del país.

José María Aznar y Felipe González se entrevistan en La Moncloa, en 1996. ampliar foto
José María Aznar y Felipe González se entrevistan en La Moncloa, en 1996.

Felipe González (Sevilla, 1942)

La histórica victoria en octubre de 1982 del PSOE de Felipe González llevó a la izquierda, por primera vez en la historia, a un gobierno en solitario y exitoso. De origen humilde, fue el único de sus cuatro hermanos que estudió carrera universitaria, era miembro de las Juventudes Socialistas desde los veinte años. Isidoro en la clandestinidad, cuando se aproximó el momento del cambio, por su carisma personal, se fue erigiendo en el líder que el PSOE eligió como Secretario General en su XXVI Congreso, celebrado en Suresnes en 1974 –frente a Nicolás Redondo (padre), que lideraba la UGT, el sindicato del partido, y que llegó a aquella cita como favorito-. Iniciada la Transición, Felipe González dio muestras de su talla política al percatarse y valorar correctamente la voluntad cierta del Rey y Suárez de poner en marcha una democracia en España sin ningún tipo de limitación. En esos años finales de los setenta fue también decisiva su audacia para renunciar al marxismo como ideología oficial del PSOE y orientarlo finalmente hacia un perfil vinculado a la socialdemocracia europea que sería la ideología que inspiraría su acción de gobierno entre 1982 y 1996.

La empática personalidad y el hiperliderazgo que desarrolló tuvieron como consecuencia que el Gobierno llegara a identificarse con su persona y con lo que se dio en conocer como el felipismo

Con los gobiernos socialistas, España logró la plena implantación del Estado de Bienestar tras superar con éxito una serie de reformas estructurales complejas y difíciles que venían lastrando el desarrollo español desde hacía décadas. Puso en marcha una política liberalizadora para desmantelar el peso del Estado franquista en determinadas áreas estratégicas y en el tejido industrial español. Aunque dura y muy contestada en la calle –como ilustró la masivamente seguida Huelga General de 1988 en cuya convocatoria participó la propia UGT- la reconversión industrial fue, en términos generales, un éxito que lograría relanzar la economía de algunas de las zonas más afectadas por ella, como el País Vasco. Tras el golpe de Estado, se puso en marcha la reforma militar que, actualizando algunas de las ideas que había apuntado Azaña, logró convertir en poco tiempo al ejército de una amenaza en un cuerpo profesionalizado.

También fue por entonces cuando la lucha contra ETA comenzó a ser visiblemente eficaz. Los Pactos de Ajuria Enea –que reafirmaba el compromiso de las fuerzas políticas con la democracia y contra el terrorismo-, así como la captura de la cúpula de la banda terrorista en Bidart en 1992, fueron hitos indispensables en la larga batalla que libró la sociedad española con la banda. En lo exterior, los Gabinetes de Felipe González culminaron la entrada de España en la Comunidad Económica Europea en junio de 1985, con lo que se apuntalaba en un sentido amplio y pleno la europeización de España a la que había apelado Ortega 75 años antes. Y también se impulsó la política de relación privilegiada con América Latina que se plasmó en las Cumbres Iberoamericanas que se celebraron anualmente y que dotaron de un papel relevante a España en la zona y ante el mundo. La modernización de las infraestructuras que se visualizó en torno a los Juegos Olímpicos celebrados en Barcelona y la Exposición Universal de Sevilla, ambos en 1992, proyectaron una nueva imagen de España –moderna, abierta y dinámica- al mundo entero.

En ese contexto, la empática personalidad y el hiperliderazgo que Felipe González desarrolló en el Gobierno y en el partido tuvieron como consecuencia que este llegara a identificarse con su persona y con lo que se dio en conocer como el felipismo. Al igual que había sucedido con Suárez, los últimos años de los socialistas en el poder no fueron sencillos. Su gestión económica dio síntomas de agotamiento con la crisis que afectó al país a comienzos de los años noventa. Junto con ella, el inicio del proceso judicial contra la cúpula del Ministerio del Interior por los GAL (guerra sucia contra ETA de comienzos de los años ochenta) y la sucesión de nuevos escándalos de corrupción (financiación ilegal del partido, apropiación de fondos reservados del director de la Guardia Civil, caso Ibercorp en el que se vio envuelto el Gobernador del Banco de España, entre otros) mostraban a un Felipe González extenuado y a un gobierno desgastado por el poder.

José María Aznar López (Madrid, 1953)

Con la llegada a la Moncloa en 1996 de José María Aznar, además de producirse la alternancia en el poder propia de las democracias consolidadas, tuvo lugar un relevo generacional en la política española. Por vez primera iba a estar protagonizada por personalidades que no habían participado directamente en la alta política durante la Transición. Eso tendría como consecuencia en años venideros –con las presidencias de Zapatero y Rajoy- la paulatina ruptura de algunos de los pactos esenciales alcanzados hasta entonces en cuestiones como el posicionamiento de España en el exterior o la vertebración territorial de Estado.

Aznar es un hombre de semblante serio, nada carismático, cuyo perfil técnico y el acierto en lo económico de su primer gobierno le llevó a obtener mayoría absoluta en su segunda legislatura. Durante su mandato, España asistió a la etapa de mayor crecimiento económico y de creación de empleo de su historia. La integración de España en la unión monetaria europea fue reflejo de esa buena gestión. Si en un inicio, y tras el brutal asesinato del concejal popular Miguel Ángel Blanco, punto de inflexión en el cambio de clima moral en el País Vasco, su firmeza contra el nacionalismo vasco suscitó el apoyo de la mayoría de la ciudadanía –las elecciones autonómicas de 2001 se interpretaron en clave constitucionalistas vs nacionalistas-, su agrio enfrentamiento con el lehendakari Ibarretxe, en el que ambos mantuvieron posturas maximalistas, comenzó a quebrar el consenso obtenido con las otras fuerzas constitucionalistas.

Con todo, fue su giro exterior hacia una política atlantista y proestadounidense –cuyo último reflejo fue el apoyo de España a la intervención británica y norteamericana en Irak con una amplísima oposición de la ciudadanía española- el que llevó, tras los terribles atentados yihadistas en Madrid el 11 de marzo de 2014, a que el Partido Popular perdiera las elecciones tres días más tarde. La gestión de la información que Aznar y su gobierno hicieron durante los días que transcurrieron desde los atentados hasta la jornada electoral mostraron a un presidente y un partido desarbolados, sin capacidad para elaborar un discurso con altura miras y visión de Estado, que dieron información contradictoria si no interesada –al menos en un inicio-, y que no supieron, ante el mayor atentado terrorista jamás sufrido en la historia de Europa, convertir aquel crimen en motivo de unidad de un país que había sido ferozmente agredido.

Mariano Rajoy (derecha) saluda al ya expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tras ser investido en el pleno del Congreso. ampliar foto
Mariano Rajoy (derecha) saluda al ya expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, tras ser investido en el pleno del Congreso.

José Luis Rodríguez Zapatero (Valladolid, 1960)

Cuando de nuevo ascendió al poder el PSOE, una nueva generación se había hecho con las riendas del partido. José Luis Rodríguez Zapatero representó un socialismo, en términos históricos e ideológicos, cuando menos difuso. Su aceptación de la preminencia de los derechos históricos de los territorios por encima de la radical igualdad de la ciudadanía, con independencia de donde se hubiera nacido o vivido, llevó a la revisión del Estatuto de Autonomía de Cataluña en 2006 y, tras casi una década de escaso entendimiento, primero, y de enfrentamiento abierto a partir de 2011, entre el gobierno central y la Generalitat, a la declaración de independencia del Parlamento de Catalunya a la que hemos asistido estos días.

Por el contrario, su sensibilidad hacia temas sociales, como la igualdad de género o la ampliación de los derechos cívicos ciudadanos, que alcanzaron su expresión más evidente y celebrada en cuestiones como la legalización del matrimonio entre personas del mismo sexo -en lo que España fue pionera-, la reforma de la ley del aborto o del divorcio, fueron algunas de sus más distinguidas acciones. De la frágil consistencia de su inicial postura de apaciguamiento frente a ETA –con funestos resultados- pasó, de la mano de Alfredo Pérez Rubalcaba, a recuperar la política de lucha total contra la banda que tuvo, como punto final, uno de los mejores legados de la era Zapatero: el anuncio de ETA del “cese definitivo de su actividad armada” el 20 de octubre de 2011, un mes antes de que el PSOE perdiera las elecciones generales después de una calamitosa gestión de la crisis financiera internacional que se había desencadenado tras el verano de 2008.

Mariano Rajoy Brey (Santiago de Compostela, 1955)

Cuando Mariano Rajoy alcanzó la Jefatura del Gobierno en noviembre de 2011, hubo de hacer frente a la posible quiebra de la economía española. Hombre vinculado al mundo político desde comienzos de los años ochenta, había pasado por buena parte de las estructuras de la Administración. Aunque hábil parlamentario, su perfil público discreto y gris, su tendencia a la inmovilidad como sistema en política y la mala gestión de la comunicación, ha llevado a su partido a la paradoja de que, tras lograr que España no siguiera la senda de las economías griega o portuguesa, cuando se aproximan las elecciones generales del próximo 20 de diciembre, la ciudadanía no solo no valora la gestión económica de su gobierno (según datos de Metroscopia de manera sostenida en torno al 60% de los españoles no le atribuyen ese mérito), sino que los sondeos apuntan a que su partido ha perdido cerca de la mitad del apoyo que recibió en 2011. Con una acción de gobierno muy centrada en lo económico,

Rajoy no ha logrado conectar con la calle y ha visto como, fruto de los escándalos de corrupción que han afectado al PP –fundamentalmente la trama Gürtel-, el descrédito se ha extendido sobre el sistema lo que ha llevado a una aspiración generalizada de regeneración y reforma entre la ciudadanía que ha hecho emerger con fuerza a otras fuerzas políticas como Ciudadanos y Podemos. Pronto veremos cómo se traduce el fin del bipartidismo tal como lo habíamos entendido en la aritmética parlamentaria.

Antonio López Vega es historiador y dirige la publicación “Pulso de España” de Metroscopia.