Selecciona Edición
Conéctate
Selecciona Edición
Tamaño letra

¿Quién pone flores frescas en la tumba de Franco?

Secretos, verdades y mentiras del Valle de los Caídos

Misa en la basílica del Valle de los Caídos con motivo del 30º aniversario de la muerte de Franco. Ampliar foto
Misa en la basílica del Valle de los Caídos con motivo del 30º aniversario de la muerte de Franco.

Siempre hay flores frescas sobre la tumba de Francisco Franco. Las ponen personas que aseguran que el régimen franquista “se caracterizó por su defensa de la libertad” y que “el Caudillo fue, es y será la solución a todos los problemas que se plantean en épocas convulsas y falsarias de la democracia”. Personas que creen que Billy el Niño, el policía imputado por torturas, era “un honesto defensor de la legalidad” y que hoy lamentan cómo “la sociedad se ha afeminado considerablemente”. Personas que integran la Fundación Nacional Francisco Franco y que recuerdan con flores, cada día desde hace cuatro décadas, que no le han olvidado. Desde 2004 no reciben subvenciones del gobierno, pero en su página web hacen saber que ser socio tiene “interesantes ventajas fiscales”.

A veces el de la Fundación no es el único ramo. Cuarenta años después de la muerte del dictador todavía hay nostálgicos que se acercan a rendirle homenaje frente a la atenta mirada de una vigilante de seguridad que, apostada a cuatro pasos, no quita ojo a la lápida. Su única misión es evitar que alguien fotografíe o pise la tumba. El pasado 1 de noviembre, día de difuntos, un despistado grupo de turistas españoles fue expulsado del recinto por este motivo. “Es por su seguridad”, les explicó la vigilante. La mayoría de los hombres y mujeres presentes aquella mañana en el mausoleo no eran turistas y, según la advertencia de la empleada, podían reaccionar de forma agresiva a “su provocación”.

¿Qué dice el cura en las misas de la basílica? Durante la misa, los asistentes rezan, a petición del cura, “por la unidad de España” y contra “la apostasía generalizada, la ley del aborto, la legislación de género y el matrimonio homosexual”. El actual ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, ha acudido en varias ocasiones a meditar a este lugar.

¿Quién manda en el Valle de los Caídos? El Gobierno de Adolfo Suárez y el primero de Felipe González trataron de crear sendas comisiones para actuar sobre el monumento y ambos fracasaron. El Ejecutivo de José Luis Rodríguez Zapatero convocó al final de su segunda legislatura a un comité de expertos para que volviera a intentarlo. Los especialistas comprobaron que la actual situación jurídica del Valle está determinada por un decreto ley del 23 de agosto de 1957 que atribuye la administración y titularidad del lugar a la Fundación de la Santa Cruz del Valle de los Caídos. Los fines de esta fundación eran "rogar a Dios por las almas de los muertos en la Cruzada Nacional, impetrar las bendiciones del Altísimo para España y laborar el conocimiento e implantación de la paz entre los hombres sobre la base de la justicia social cristiana". La Abadía benedictina asumió estas tareas por un convenio suscrito en mayo de 1958. Para el comité de expertos tal fundación en realidad, no existe, porque carece de patrimonio -sus bienes son de dominio público-, en la práctica sus rentas son las transferencias periódicas de los Presupuestos Generales del Estado y sus dotaciones se han adquirido directamente por Patrimonio Nacional. Por eso, en su informe final, instaban a modificar ese “anacronismo” de forma que  el monumento se rija por la ley reguladora de Patrimonio Nacional, es decir, por el Estado. Pero el documento se presentó con el Gobierno ya en funciones y tras ganar el PP las elecciones de 2011, la propuesta de sacar a Franco del Valle y levantar allí un museo de la memoria fue a parar a algún cajón de La Moncloa. Así que 40 años después de la muerte del dictador y 56 desde su inauguración, el Valle de los Caídos se rige por los mismos principios que Franco dejó atados y bien atados.

Visita de Franco y Carmen Polo a las obras del Valle de los Caídos, en 1940. ampliar foto
Visita de Franco y Carmen Polo a las obras del Valle de los Caídos, en 1940.

¿Quién puede decidir un traslado de los restos de Franco? Francisco Ferrándiz, antropólogo del CSIC, afirma que durante las reuniones de trabajo de la comisión de expertos les hicieron saber que asociaciones profranquistas tenían “querellas preparadas por profanación de tumbas” en caso de que su dictamen final aconsejara mover los restos. El comité propuso finalmente sacar a Franco del Valle, puesto que no era un caído de la Guerra Civil; trasladar a Primo de Rivera –que sí lo es- del lugar privilegiado, junto al altar mayor, donde está ahora, hasta las criptas laterales donde yacen el resto de enterrados, y enviar a un equipo de expertos internacionales a comprobar si es posible exhumar a los republicanos que fueron allí inhumados sin el consentimiento de sus familias. De esta forma, explica Ferrándiz, “se rompía la jerarquía funeraria franquista, es decir, se evitaba que hubiera cadáveres de primera y de segunda, como ahora, y se cambiaba de significado el monumento”.

El comité consideraba las criptas laterales como un “cementerio público especial”, donde el Estado es competente para actuar, pero en el caso de las tumbas de Franco y Primo de Rivera advertía que era necesario el consentimiento de la autoridad eclesiástica, ya que están en el interior de la basílica, “inviolable por la autoridad estatal” de acuerdo con el derecho canónico. “De negar ese consentimiento, la Iglesia se convertiría en custodia de un dictador”, afirma Ferrándiz. Pero las negociaciones nunca llegaron a iniciarse. Fueron ignorados todos los planes, incluido el de construir un museo, un centro de interpretación histórica a la entrada del recinto que convirtiera lo que había detrás, es decir, el actual monumento, “en una maqueta del franquismo”.

¿Cuántos caídos están en el Valle? El Valle de los Caídos alberga los restos de, al menos, 33.833 personas (el equivalente a la ciudad de Teruel). Pero conocer el número exacto es imposible porque, como explica el historiador Julián Casanova, “ni siquiera hay fichas de entrada de todos los enterados allí”. Entre ellos, apuntados como “desconocidos”, están los huesos de centenares de republicanos que fueron trasladados de “forma clandestina” sin el consentimiento de sus familiares.

El Régimen terminó vendiendo esa convivencia entre muertos de ambos bandos como un gesto de reconciliación, pero no había sido ese el objetivo. El propio Franco explicaba así sus intenciones en un decreto del 1 de abril de 1940: “La dimensión de nuestra Cruzada (...) no puede quedar perpetuado por los sencillos monumentos con los que suelen conmemorarse en villas y ciudades (...) es necesario que las piedras que se levanten tengan la grandeza de los monumentos antiguos, que desafíen al tiempo y al olvido (...) para que las generaciones futuras rindan tributo de admiración a los que les legaron una España mejor (...) los héroes y mártires de la Cruzada”. Es decir, el dictador quería el equivalente a una gran pirámide egipcia que sirviera para inmortalizar su victoria, y en ella solo tenían cabida los muertos del bando nacional. Por si quedaran dudas, cuatro días después, una orden en el BOE exigía a los ayuntamientos que tomaran medidas para proteger las fosas de “las víctimas de la saña marxista” hasta que pudieran sus restos ser recogidos en el Valle de los Caídos.

Pero entonces, en 1940, el dictador todavía pensaba que la cripta estaría construida en un año y el resto del complejo monumental en cinco. Fueron 19. Cuando el 1 de abril de 1959 se inauguró finalmente el mausoleo habían cambiado muchas cosas. “El entusiasmo que podía haber en 1940 para que las familias accediesen a trasladar los restos al monumento de la victoria fue decayendo”, explica la historiadora Queralt Solé (Los muertos clandestinos, Editorial Afers). Y cuando fueron requeridos por una circular para informar de la existencia de fosas en su municipio, muchos Ayuntamientos, como el de Cogul (Lleida) contestaron: “Existen muchos enterramientos en este término, pero son caídos del Ejército Rojo, a lo que no hace referencia dicha circular”.

Los restos de republicanos empezaron a llegar al Valle en 1958, un año antes de la inauguración. En cualquier caso, en ninguno de los dos largos discursos que Franco pronunció aquel día habló de reconciliación. Al contrario, el dictador advertía el 1 de abril de 1959: “No sacrificaron nuestros muertos sus preciosas vidas para que nosotros podamos descansar (...) La anti-España fue vencida y derrotada, pero no está muerta. Periódicamente la vemos (sic) levantar cabeza...”

¿Quién se atrevió a decirle no a Franco? El Régimen contaba con los 11.000 cuerpos que creía enterrados en Paracuellos, según consta en varias actas de las reuniones del Consejo de Obras del Valle de los Caídos. Pero familiares de las víctimas se opusieron a que tocaran a sus muertos. En España ese rechazo pasó desapercibido, pero tal y como recoge Fernando Olmeda en El Valle de los Caídos, una memoria de España (Ediciones Península), el corresponsal de The Times sí publicó una noticia sobre el malestar de las familias en marzo de 1959. Finalmente, los mártires de Paracuellos nunca se movieron.

Panorámica de la basílica del Valle de los Caídos, en Cuelgamuros. ampliar foto
Panorámica de la basílica del Valle de los Caídos, en Cuelgamuros.

¿Hay un hombre vivo enterrado en el Valle? “Yo estoy enterrado en el Valle de los Caídos”, decía, cargado de razón y lleno de vida, Eugenio Azcárraga, cuyo nombre figura por error en el libro de inhumaciones de los monjes benedictinos. Le confundieron con un alférez que cayó en la batalla de Teruel y llevaba en el bolsillo la carta de una madrina de guerra dirigida a él. Cuando los nacionales volvieron a entrar en la ciudad recogieron los cadáveres, los llevaron a un cementerio y posteriormente los trasladaron al Valle de los Caídos. La madre de Azcárraga llegó a recibir un telegrama comunicándole su muerte, pero su hijo no había fallecido, había caído prisionero. Pasó cerca de un año recluido por los republicanos en el castillo de Montjuïc (Barcelona) y finalmente, logró escapar tirándose de un tren en marcha. Años después descubrió que estaba enterrado en el mausoleo: era el muerto 8.273. No hizo nada por subsanar el error. “Ahora hubiese puesto más interés, pero entonces seguían interesándome más las mujeres que la política”, contaba a este diario en 2011, a los 94 años.

¿Por qué hay un chileno enterrado en la cripta? Hubo madres y viudas, como las de Paracuellos, que rechazaron que sus seres queridos fueran trasladados al Valle, y otras que fueron rechazadas por el Régimen. Así ocurrió en el caso un aviador alemán y varios soldados italianos a cuyos familiares contestó el Ministerio de la Gobernación que se trataba de una tumba solo para “caídos en nuestra guerra de liberación que tengan nacionalidad española”. Pese a todo, entre los más de 33.000 cuerpos enterrados en el Valle de los Caídos se incluyó finalmente a un extranjero: un ciudadano de origen chileno que vivía en Barcelona desde los años veinte y había sido condenado a muerte por un tribunal popular, fusilado y enterrado en Montjuïc.

¿Por qué encargó Franco las esculturas a un rojo? El dictador supervisaba cada detalle de la construcción del monumento, hasta el punto de que, según la guía oficial del Patrimonio Nacional, seleccionó personalmente en la sierra segoviana el enebro con el que está hecho el madero de la cruz del Cristo del altar mayor y el árbol en cuestión fue talado en su presencia. También fue suya la elección de Juan de Ávalos para realizar las esculturas del Valle de los Caídos. Le conoció en una exposición donde quedó fascinado por una obra suya titulada El héroe muerto. Republicano, afiliado a las juventudes socialistas en su juventud, Ávalos había sido “depurado por falta de adhesión al Régimen” siete años antes, motivo por el cual se había tenido que ir a vivir con su familia a Portugal. Su hijo aseguró en una entrevista con César Vidal que cuando Fernando Fuertes de Villavicencio, jefe de la casa civil de Franco, informó al dictador de que Ávalos era “un rojillo”, este contestó que todos los artistas lo eran. Pese a todo, no fue invitado a la inauguración del monumento. Una de sus nietas se casó muchos años después allí. El artista, que solía decir que solo había visto a Franco una vez en su vida, cobró por aquel trabajo 300.000 pesetas. El Valle de los Caídos le persiguió durante toda su carrera, pero Ávalos siguió esculpiendo hasta poco antes de su muerte, en 2006, a los 94 años, y es autor, entre otras, de las figuras de los Amantes de Teruel, la estatua de Rocío Jurado en Chipiona o el monumento a Manolete en Córdoba.

¿Se está cayendo el monumento? Según la guía oficial de Patrimonio Nacional, el coste total de las obras de construcción del Valle de los Caídos fue de 1.086.460.331 pesetas (el equivalente a 247,5 millones de euros hoy). Los miles de euros invertidos en democracia en el complejo no han evitado el deterioro. El acceso a la gran cruz de 130 metros de altura está actualmente cerrado porque las grandes esculturas que la rodean se caen a pedazos. En 2008 un desprendimiento casi hiere a una turista. El interior de la basílica está lleno de grandes tinajas negras. Un turista mira curioso en el interior de la primera y comprueba que su único fin es recoger agua. El Valle de los Caídos está atestado de goteras y se ha convertido en la mayor fosa común de España, con cientos de huesos mezclados tras las húmedas paredes de las criptas. Según el informe elaborado por los forenses enviados por el Gobierno en 2011 para comprobar mediante catas, el estado de los restos, el agua ha deshecho las cajas de madera en las que fueron inhumados y los huesos se han apilado de forma que tratar de identificarlos individualmente sería de una “complejidad extrema”. Pese a todo, los familiares de republicanos enterrados junto a su verdugo no se resignan. Fausto Canales, cuyo padre fue trasladado allí sin su consentimiento, llevó su caso hasta el tribunal de Estrasburgo, que ignoró su reclamación.

El Valle de los Caídos sigue siendo, 40 años después de su muerte, lo que el dictador quiso que fuera. Sepultado bajo una losa de granito de 1.500 kilos, Franco resiste desafiando al tiempo y al olvido.