Los drones sobrevuelan el campo andaluz

El sector agrícola se enfrenta al reto de la modernización para competir en una economía globalizada

Josemaria Serrano Lopez, gerente de la Finca Duernas de olivar ecológico.
Josemaria Serrano Lopez, gerente de la Finca Duernas de olivar ecológico.Juan Manuel Vacas (EL PAÍS)

La concentración de historia en los olivares al sureste de Córdoba es impresionante. Allí, antes de nuestra era, tuvieron lugar batallas decisivas en la guerra civil romana que llevó al poder a Julio César y allí, en la localidad de Espejo, tomó Robert Capa en 1936 la foto del miliciano caído con la que empezó el fotoperiodismo moderno. Ya había olivos en la época de Roma y dominaban el paisaje en la España del siglo pasado. Sin embargo, es un escenario que está a punto de sufrir la que puede ser la revolución más importante en siglos. Los viejos olivos centenarios, de varios pies, esparcidos por el campo, están siendo reemplazados por el olivar superintensivo, arbustos unidos los unos a los otros, que se recogen con máquinas y sobrevolados por drones que ayudan a calcular el regadío necesario. Es una transformación que acabará por dejar sin sentido el viejo dicho "cada mochuelo a su olivo".

"El paisaje está cambiando porque un olivar superintensivo no es lo que estamos acostumbrados a ver", explica Miguel Ángel Raso, ingeniero agrónomo de 29 años. "La agricultura es cada vez más competitiva: o avanzas y te adaptas o desapareces", agrega este trabajador autónomo que representa una generación que, en su mayoría, se ha alejado de la agricultura. El sector agroalimentario tiene un peso grande en el PIB andaluz (8%) y en el empleo (10%) y aporta un 25% de toda la producción agrícola española. Sin embargo, se enfrenta a un momento crucial, sacudido por un lado por guerras de precios, y, por otro, por un mundo globalizado que le obliga a ser cada vez más competitivo. Y eso pasa necesariamente por la modernización. "Es el sector en el que se está investigando más ahora mismo", señala Elena Vívoras, consejera de Agricultura de la Junta. "Sin investigación no hay futuro, porque no hay rentabilidad. El sector privado tiene que hacer un esfuerzo importante y tiene que producirse una mayor empatía entre los agricultores y los investigadores".

Los problemas del campo andaluz no se centran tanto en la propia producción agraria como en la comercialización, en la capacidad para encontrar un valor añadido. "Conseguir una mayor calidad es esencial en un mercado mundial, es la forma de diferenciarse", afirma Antonio Delgado, profesor de Ciencias Agroforestales de la Universidad de Sevilla. "Es un sector muy bien organizado, que tiene clara la demanda pero marcada por las grandes superficies", prosigue. Nathalie Chavrier, responsable del sector agroalimentario en la Corporación Tecnológica de Andalucía, una fundación apoyada por 150 empresas para promover el desarrollo de la I+D+i, cree que es "necesario un esfuerzo para profesionalizar la comercialización". "Es importante tener una visión de mercado más amplia. El sector agroalimentario está acostumbrado a la política de la subvención, en su mayoría a través de la PAC. La cultura de la innovación todavía no ha calado: hay muchos proyectos, pero son puntuales. Hay que cambiar por completo la dinámica, convencer de que la innovación no es un gasto, es una inversión".

El olivar –dos de cada cinco litros de aceite de oliva que se producen en el mundo son en Andalucía– puede servir para ilustrar esta dicotomía. Por un lado, está la producción a granel, las grandes extensiones que apuestan por reducir los costes cambiando la forma de cultivo. El olivar representa 1,5 millones de hectáreas (en torno al 27% del total en la UE). Sin embargo, el superintensivo representa todavía una pequeña parte, entre 50.000 y 100.000 hectáreas según las fuentes. En el superintensivo se recoge con máquinas y son suficientes tres personas: el coste de recolección se rebaja enormemente (en el olivar tradicional, son necesarios 20 trabajadores). Pero, al final dado que el aceite se vende a granel, el precio es el mismo y las grandes cadenas imponen su ley. "La tendencia es el intensivo porque es mucho más rentable. El olivar tradicional sobrevive por las ayudas europeas", afirma Miguel Ángel Raso.

En el otro extremo, está la agricultura ecológica que, con considerables inversiones, se abre camino en los mercados internacionales. Está dirigida a consumidores dispuestos a pagar más por productos de mucha calidad y muy sensibles al medioambiente. "El mercado del aceite de oliva solo se va a salvar con la calidad", asegura Josemaría Serrano López, gerente de la finca Duernas, en Santa Cruz (Córdoba), mientras contempla como se embotella un aceite ecológico de máxima pureza destinado a ser vendido en farmacias en Bélgica. Exportan el 90% de su producción a medio mundo y es la gran apuesta de futuro para esta finca centenaria.

En el caso de la agricultura ecológica, la innovación representa en parte ir hacia el pasado. Pero también el campo está viviendo una revolución tecnológica. Las universidades andaluzas se han convertido en punteras, junto a las de Australia y California, en investigación aplicada a la agricultura y las zonas de mayor producción agrícola, Almería y Huelva, están entre las más sofisticadas del mundo. Es imposible resumir todos los proyectos que están en marcha: drones con cámaras térmicas, aprovechamiento de residuos, selecciones genéticas, cambios en el sabor, en la calidad... José Enrique Fernández Luque, director del Instituto de Recursos Naturales Agrobiología de Sevilla, dependiente del CSIC, dirige un equipo que ha desarrollado técnicas que permiten medir con precisión el agua que necesita un cultivo a través de un sistema de censores. Ahora mismo, a través de una aplicación de móvil, un agricultor puede conocer cuántas horas de riego son necesarias. Fernández Luque explica: "En Andalucía se ha producido un avance extraordinario pero que no acaba de llegar al agricultor. Existe un claro problema de transferencias". De hecho, la Junta de Andalucía ha puesto en marcha el proyecto Recupera2020, con 25 millones de euros de fondos europeos, para aumentar la transferencia tecnológica al campo.

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El equipo de agricultura de precisión de Manuel Pérez-Ruiz, profesor de la Universidad de Sevilla, es el máximo ejemplo del salto entre la universidad y el campo. Con proyectos financiados por diferentes instituciones, Pérez-Ruiz trabaja con drones que ayudan a identificar las zonas de malas hierbas para reducir la utilización de fitosanitarios o a trazar mapas para mejorar el riego. En el pequeño despacho que acoge a su equipo, hay un simulador de un tractor que se conduce solo guiado por GPS. Sin embargo, son proyectos que llegan con cuentagotas a los agricultores. "En cualquier investigación siempre hay que preguntarse para qué sirve, que aplicación tiene, todo esto solo tiene sentido si llega al agricultor", afirma Pérez-Ruiz, que pasó dos años en la universidad californiana de Davis, considerada el Silicon Valley de la investigación agrícola.

Sobre la firma

Guillermo Altares

Es redactor jefe de Cultura en EL PAÍS. Ha pasado por las secciones de Internacional, Reportajes e Ideas, viajado como enviado especial a numerosos países –entre ellos Afganistán, Irak y Líbano– y formado parte del equipo de editorialistas. Es autor de ‘Una lección olvidada’, que recibió el premio al mejor ensayo de las librerías de Madrid.

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