El poder del cortoplacismo
Gracias a Internet, la ciudadanía está ganando capacidad de presión sobre los gobernantes

“No creo que en la literatura haya nada radicalmente nuevo”. Esta frase de Harold Bloom, publicada en este periódico, ha provocado cierto revuelo. ¿Melancolía de crítico ya veterano que idealiza el pasado, obsesión vanguardista por lo nuevo como si no pudiera haber buena literatura sin ruptura o, simplemente, constatación de una sospecha que otros ya han avanzado: la biblioteca infinita frena el ingenio? Lo sugería Jaron Lanier, gurú de Silicon Valley: quizás la avalancha de información que las redes nos ofrecen estimula la recuperación y la memoria, pero debilita la creatividad.
¿Está perdiendo también la política capacidad creativa? Gracias, en parte, al poder viral de las redes sociales y al mayor acceso a la información a través de Internet, la ciudadanía está ganando capacidad de presión sobre los gobernantes. Después de décadas de cultura de la indiferencia, vuelve la exigencia. Muchos de los casos de corrupción que ocupan las portadas de los medios vienen de lejos. Y, sin embargo, la ciudadanía nunca había demostrado tanta intolerancia con estas conductas. La fractura social de la crisis ha provocado la reacción ciudadana contra la austeridad expansiva poniendo el foco en el bipartidismo cerrado y, por tanto, en la necesidad de abrir el régimen y de buscar nuevos actores. Rajoy llegó con un programa de restauración conservadora, se ha tenido que tragar la ley del aborto y puede pasarle algo parecido con la ley de seguridad ciudadana. El Gobierno ha resultado ser mucho más reaccionario que muchos de sus votantes. Del sano escepticismo democrático hemos pasado a la desconfianza total. Y la respuesta de la política es el inmovilismo, la defensa del statu quo y el discurso del miedo contra todo lo que se mueve. Cero en creatividad.
¿A dónde queremos ir? Apocalípticos e integrados parecen coincidir en una idea: vayamos, después ya veremos. Podemos está en plena adaptación a este principio. Es el poder del cortoplacismo. Para el Gobierno la realidad es la que es, no hay alternativa, el cambio social no es tarea de la política. Es la esencia del pensamiento conservador. Su opción es negar los problemas. La desigualdad no está en la agenda, porque el reino del Gobierno está en las cifras macroeconómicas y no la vida de las personas; la corrupción se trata con promesas legales que casi nunca se concretan, eludiendo las responsabilidades de quienes mandan; y la crisis del Estado se niega por principio, rechazando cualquier reforma constitucional. En vigilias electorales, unas cuantas propinas para que los decepcionados les vuelvan a votar. Ésta es la estrategia que Rajoy ha puesto en manos de Alfonso Alonso y Ana Pastor. Ahora toca giro social. Coge el dinero y corre. Desde luego, en la política institucional, la creatividad está de vacaciones. Habrá que esperar que los proyectos que se vienen alumbrando desde fuera maduren. Y que no se pierdan imitando a un PP dividido en su prosaico objetivo: salvar al jefe o salvar al partido.
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