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Rajoy irá a Cataluña para recuperar el espacio frente al independentismo

El Gobierno cree que los soberanistas son menos pero admite que están copando el debate

Mariano Rajoy, durante la sesión plenaria de la Cumbre.
Mariano Rajoy, durante la sesión plenaria de la Cumbre. Getty Images

Nadie en La Moncloa, el Gobierno o el PP niega que Mariano Rajoy, y España en general, tienen un gran problema en Cataluña. Las dudas y discusiones vienen a la hora de decidir cómo hacerle frente. Por primera vez, después de la consulta alternativa del 9-N, el presidente parece decidido a tomar la iniciativa y afrontar uno de los principales problemas que reconocen en La Moncloa: la escasa presencia en Cataluña del Gobierno y del mensaje a favor de una España unida. Por eso Rajoy está ultimando la fecha para su próxima visita a esa comunidad autónoma, casi con seguridad a Barcelona, que es inminente. Es probable que se cierre a partir del lunes, a la vuelta de su viaje a Australia para participar en el G-20.

Así empezaría un giro de discurso para intentar recuperar el pulso de un debate que en este momento el Gobierno ve muy desigual en Cataluña, con un dominio abrumador de los soberanistas. Las fechas pueden bailar porque el Ejecutivo está pendiente también de grandes actos que están montando tanto Unió como Convergència, el 22 y el 25 de noviembre. Precisamente el 22 a Rajoy se le abrirá un nuevo boquete en su electorado natural: ese día hay convocada en Madrid una manifestación a favor del proyecto de ley del aborto que él mismo retiró, lo que provocó la dimisión de Alberto Ruiz-Gallardón.

Cataluña inquieta, pues, aunque no en su dimensión internacional. “Acabo de venir de Singapur, una plaza financiera importante”, explicó ayer Luis de Guindos, ministro de Economía, en un receso de la cumbre del G-20. “Los inversores creen que en España va a haber estabilidad política y que Cataluña va a continuar siendo parte de España, como no puede ser de otra manera”, aseguró. Esto es, nadie ve real el riesgo de independencia.

El gran problema, y no solo por Cataluña, lo tiene Rajoy en su electorado, según admiten en el PP. Tanto por la ley del aborto como, sobre todo, por los escándalos de corrupción y ahora por el problema soberanista, el alejamiento del electorado tradicional del PP es cada vez mayor, aunque las encuestas detectan que de momento se va a la abstención, con lo que podría volver.

Cambios en el horizonte electoral

Rajoy fue tajante el pasado miércoles: no tiene previsto ningún cambio interno en el PP. Sin embargo, el presidente tiene cada vez más presiones internas para que haga cambios en el Ejecutivo y en el partido. Algunos creen que a medio plazo, cuando pase la presión, el presidente sí va a impulsar una cierta renovación; aprovechando las candidaturas a las municipales y autonómicas, donde se la juega —especialmente en Madrid y la Comunidad Valenciana, y allí tomará las decisiones personalmente—.

Nadie se plantea la posibilidad de descabezar a María Dolores de Cospedal a pocos meses de las elecciones en Castilla-La Mancha, pero Rajoy sí podría aprovechar que tiene una vacante, la secretaría de Estudios y Programas que ahora apenas puede ocupar Esteban González Pons como portavoz europeo, para reorganizar la cúpula, en la que en cualquier caso permanecerá el valenciano.

Rajoy debe tomar en breve una decisión clave: nombrar a un director y un comité de campaña de las elecciones autonómicas y municipales. Ese grupo dirigirá en realidad el partido en los próximos meses, decisivos para el futuro de esta formación y de la política española, mientras Cospedal tendrá que concentrarse en ganar en Castilla-La Mancha. Muchos creen que ha llegado el momento de hacer cambios en Génova, una sede a veces semivacía porque varios dirigentes (Cospedal, Pons, Javier Arenas y otros) no tienen dedicación plena porque son diputados autonómicos.

El independentismo está copando todo el espacio del debate, admiten en La Moncloa y el PP, aunque en el Ejecutivo siguen convencidos, y más después de los datos del 9-N, de que el soberanismo es minoritario. Hay por tanto un problema de orfandad de los no soberanistas, la que desde el Gobierno definen como “mayoría silenciosa” de Cataluña.

“Nos enfrentamos a la tormenta perfecta: primero las tarjetas [de Caja Madrid], luego la Operación Púnica y ahora Cataluña, pero esto es excepcional, en algún momento bajará”, resume un miembro del Ejecutivo. Otro admite que Rajoy lo tiene muy difícil porque buena parte de la ciudadanía y el propio PSOE le exige un plan atractivo para Cataluña, con una oferta para frenar el independentismo, pero a la vez los barones territoriales del PP —ya en campaña electoral— y el electorado conservador —que reclama mano dura con Artur Mas— aprietan hacia el otro lado. En este contexto el PP catalán está en su peor momento, con una notable sensación de desamparo y de derrota, admiten diversos dirigentes. Y ahora la inquietud crece ante la división que hay en la fiscalía sobre la querella contra Mas.

“La rueda de prensa que Rajoy dio el miércoles [su primera intervención en público tras el 9-N] calma un poco las cosas, pero la situación es muy complicada. Es muy difícil explicar lo que está pasando para una parte de nuestro electorado que solo quiere guerra contra Mas”, señala un dirigente. “A los nuestros les habíamos contado que no habría consulta y ellos entendieron que no habría urnas. No es fácil convencerles de que la consulta que se celebró no valía para nada: la imagen está ahí”, admite un ministro.

La lentitud de Rajoy a la hora de responder a las crisis —la decisión de esperar tres días antes de hablar sobre el 9-N, tomada por Rajoy y su asesor Pedro Arriola, ha generado críticas unánimes— hace que a veces el Gobierno parezca a la defensiva. “No podemos estar a la defensiva. Ni en esto ni en la corrupción. Hay que actuar rápido y contar por qué lo hacemos”, opina un dirigente. Fuentes del Ejecutivo señalan que en este momento hay muchas posibilidades de respuesta en estudio. Casi todas excepto la de aceptar una consulta de autodeterminación pactada, algo que Rajoy nunca hará, insisten los suyos. Por eso el presidente responderá a la carta que le envió Artur Mas en cuanto vuelva de Australia, pero para decirle que su principal petición en ese texto, la de un referéndum definitivo, es imposible.

A partir de ahí hay muchas ideas. Hasta ahora el presidente había rechazado la posibilidad de organizar una campaña del estilo de la de Better Together (mejor juntos) que inventaron conservadores, liberales y laboristas británicos con la participación de intelectuales, artistas, cantantes, deportistas y todo tipo de personas conocidas a favor de una Gran Bretaña unida frente a los independentistas escoceses. Pero ahora esa idea se está replanteando. Rajoy sabe que el Gobierno no podría liderar esa campaña, pero sí podría impulsarla.

Cuando le preguntaron el miércoles qué plan tenía para ofrecer a los catalanes, Rajoy se limitó a decir que no había que proponer ningún plan de respuesta a los 2,2 millones que votaron el 9-N porque otros cuatro millones no lo hicieron. “Mi plan es seguir luchando para bajar el paro. Hablemos de economía, que es lo que importa”, insistió, abundando en la tesis de que la recuperación económica bajará la presión independentista. Pero, a pesar de estas palabras del presidente, el Ejecutivo sí trabaja, según diversos miembros del Gobierno, en un plan para darle la vuelta en Cataluña al dominio absoluto del espacio de los soberanistas.

Aunque es Rajoy el que tomará la última decisión y aún no hay nada cerrado, la sensación más extendida es que ha llegado el momento de cambiar el rumbo y hacer algo realmente de fondo. El presidente tiene un grato recuerdo de la última campaña electoral catalana, en 2012. Se volcó para evitar que Mas sacara la mayoría absoluta que estaba reclamando y, cuando CiU perdió 12 escaños, el PP lo celebró como una enorme victoria. Ahora las cosas están mucho peor para el PP catalán, pero el Ejecutivo le da vueltas a cómo recuperar la iniciativa.