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OPINIÓN

La tentación electoralista

El presidente del Gobierno debe acatar la legislación, pero también actuar como un político

Poco a poco se nos van acabando las palabras para referirnos al conflicto catalán. La noticia al respecto es que no hay noticias. Cada uno de sus actores protagonistas sigue sin apartarse del guion. Ya sólo queda por saber qué ocurrirá el día 9 de noviembre y, confiemos, en que algo se mueva al día siguiente. Mientras, la ciudadanía observa, expectante, a un líder a lomos de la legalidad vigente —o sea, parado— y a otro en plena cabalgada hacia un destino incierto. Lentitud y velocidad, silencio y estruendo, pasividad y activismo. Al final, pura dialéctica carente de síntesis.

Para otros asuntos, nuestro presidente del Gobierno no es, sin embargo, tan pasivo o inerte como se nos pinta. Ha bastando que se aproximaran las elecciones del próximo mes de mayo para que nuestro irresoluto no-decididor cambie de registro e intente modificar el sistema de elección de alcaldes en nombre de la tan anunciada —y siempre postergada— “regeneración democrática”. O resuelva de un plumazo la cuestión del aborto; en perfecto ejercicio, por cierto, de la máxima grouchiano-marxista de “estos son mis principios; si no le gustan, tengo otros”. En periodo electoral despiertan hasta los políticos más acomodaticios, se aceleran los metabolismos e incluso afloran las sonrisas en los rostros más impávidos.

Un presidente del Gobierno debe acatar la legislación, pero también actuar como un político

Si esto es así, si detrás de toda decisión —o no decisión— que se adopte en estos momentos se esconden consideraciones tácticas, ¿es posible que en el caso de Cataluña se esté poniendo a nuestro país al borde del precipicio por un mero cálculo electoral, porque se piense que esta actitud de envolverse rígidamente en la legalidad produce rendimiento en las urnas? Lo he puesto entre interrogaciones porque la cuestión es tan grave que me resisto a afirmarlo sin más. Un presidente del Gobierno debe acatar la legislación vigente, ¡faltaría más!, pero también debe actuar como un político; es decir, hacer todo lo posible por llevar la iniciativa, apaciguar conflictos, propiciar negociaciones o, llegado el caso —que ya está aquí—, buscar el cambio de dicha legalidad constitucional. Para ello no le faltan apoyos por parte de otras fuerzas políticas. La prudencia no está hoy del lado del inmovilismo, sino en el atrevimiento y la acción. La valentía de Mas cae en la temeridad, pero no es menos temeraria la ostentosa quietud de Rajoy.

Si hay algo que debería preocuparnos es el silencio de los catalanes no independentistas, aquellos que hemos dejado huérfanos de alguna alternativa a lo que perciben como un viaje a ninguna parte y ansían poder agarrarse a un proyecto de convivencia que juzguen razonable. Pero sí, señor Rajoy, yo sé que usted sabe que esos catalanes en ningún caso le van a votar, por mucho que ahora se mueva. Su caladero de votos está en otra parte y ése es el que hay que cuidar. Si tiene esa tentación de entregarse a la política pequeña, estaremos perdidos. Atrévase, por una vez piense como estadista, aunque al final le maree el mal de altura.