Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra

Rajoy llama a los españoles al sacrificio con un tono dramático

Contesta a la protesta: la reforma laboral es “justa” y piensa en los parados

Apela al apoyo electoral para tomar medidas duras

Floriano, Cospedal, Rajoy, Arenas y Pons, en la clausura del Congreso. Ampliar foto
Floriano, Cospedal, Rajoy, Arenas y Pons, en la clausura del Congreso.

Hay dos formas de explicar el discurso de Mariano Rajoy con el que cerró ayer el congreso del PP, tal vez el más catastrofista y churchilliano de su carrera política. O se está poniendo en lo peor para vender como un éxito cualquier pequeña mejora, o está preparando ya recortes brutales que se verán en los Presupuestos. El entorno del presidente señala que las dos cosas son compatibles. Y además, dicen, el Gobierno maneja datos muy poco alentadores.

Rajoy tenía que contestar a la primera gran protesta social de su mandato, solo 50 días después de llegar a La Moncloa, por la reforma laboral. Podía hacerlo a su estilo, ofreciendo diálogo, ganando tiempo, planteando que se pueden tocar cosas. Pero no quiso. Decidió lanzar un mensaje dramático, tratar de atraerse a los parados, a los que temen perder el empleo, a los millones de personas asustadas con la crisis.

La idea, muy clara: esto está mal, se va a poner peor, el Gobierno va a tomar medidas duras como la reforma laboral y recortes muy importantes, pero es lo único que se puede hacer. ¿Servirá para algo? Según Rajoy, no dará resultados en poco tiempo, pero al final sí. Un llamamiento en toda regla al sacrificio, a la confianza ciega en el Gobierno, una petición churchilliana, una oferta de sangre, sudor y lágrimas para ganar la batalla a la crisis. Sin certezas. Y sin ilusiones.

Un discurso mucho más desolador que el que le llevó a ganar las elecciones. Entonces ya decía que sería difícil, pero no hablaba de medidas duras, sino de bajar impuestos, no abaratar el despido y garantizar el Estado del bienestar. Ayer cada frase caía a plomo: “Ojalá nuestra situación económica hubiera tocado fondo. No es así”.

Había sido un buen fin de semana para el presidente. Su partido lo ha elegido con un 97,4%, ya no tiene quien le tosa internamente, solo ve aplausos a su alrededor. Pero él no se la juega en el PP. Su mirada estaba en las manifestaciones contra la reforma laboral, en la protesta, en el deterioro de su imagen.

En privado, cuando reunió a su Comité Ejecutivo a primera hora de la mañana, comentó las declaraciones de Alfredo Pérez Rubalcaba, que acusa al Gobierno de iniciar una campaña contra los sindicatos. “Nosotros no le hemos hecho nada a los sindicatos”, les dijo a los suyos.

Después, en el discurso, evitó citar a las centrales. No quiere calentar más un ambiente que ya se elevó tras el Consejo de Ministros del viernes, cuando la vicepresidenta insinuó que los sindicatos no piensan en los parados y protestan solo porque pierden poder interno en las empresas. Rajoy no hizo eso. El reparto de papeles deja a sus subordinados el choque político.

El presidente habló directamente para los manifestantes: “La reforma laboral es justa y buena para España. Es necesaria. Y lo saben bien quienes llevan tanto tiempo buscando empleo sin encontrarlo. Ninguna de las medidas hará milagros. No basta con ponerle ruedas a un coche para que ande, pero sin ellas es imposible que se mueva”. A los manifestantes les pidió que piensen en los parados: “A los que protestan les digo: ¿Saben que hay madres solas haciendo milagros? ¿Saben que hay padres de familia que ya ni imaginan cuándo trabajarán de nuevo? ¿Qué hacemos frente a ese desaliento?”.

“Cuando tomamos medidas, pensamos en quienes peor lo pasan. Y si no me queda más remedio que subir impuestos, lo hacemos porque muchas personas necesitan una oportunidad. Y cuando recortamos el gasto público, lo hacemos para que haya dinero para pensiones, sanidad, educación. Y cuando hacemos reformas laborales, lo hacemos pensando en la gente que está en el paro”, se defendió.

El dramatismo alcanzó su cénit al hablar de padres, de hijos, de abuelos, de la forma en que las familias resisten la crisis: “Las nuevas generaciones piensan que no alcanzarán el bienestar de sus padres, y los padres viven con impotencia esa frustración de sus hijos. Los abuelos se han convertido en apoyo de sus familias. Es el mundo al revés”.

Pese al evidente giro de su discurso y sobre todo de su política tras la victoria electoral, Rajoy asegura que está haciendo lo que los españoles quieren que haga. Es lo mismo que dijo Aznar el día anterior, y que se está convirtiendo en el discurso oficial del PP. El Gobierno no admite que en algunos puntos está haciendo lo contrario de lo que prometió. Al revés, asegura que todo el mundo tenía claro qué estaba votando al apoyar al PP. Que era evidente que iba a hacer recortes. Aunque nunca los explicitara ni los detallara.

“Los españoles quieren que, por amargo que resulte, cortemos el grifo de todo el gasto que no sea imprescindible. Que hagamos reformas. Nada de eso es fácil, ni cómodo, ni siquiera gratificante en el corto plazo”.

Rajoy sabe que se le van a exigir resultados rápidos, y no cree que pueda ofrecerlos. Tal vez por eso dice que de momento solo se va a dedicar a frenar la caída. “Lo urgente, en los primeros meses, más que pensar en reconstruir, es frenar el deterioro. Cuesta mucho más detener la caída que reiniciar el ascenso”.

En realidad, el Gobierno solo vive pendiente ahora de que Bruselas sea flexible y cambie los objetivos de déficit del 4,4%, que la mayoría de los ministros ven como casi imposibles. El Ejecutivo, lleno de liberales, entiende sin embargo que los recortes no son la solución. Pero no encuentra margen de momento en Europa para hacer otra cosa. Tal vez por eso Rajoy se puso la venda antes que la herida por si la gente se impacienta: “Algunos dirán que las cosas siguen así porque no acertamos con las medidas. Lo dirán a sabiendas de que no es cierto. No lo dirán los mismos que nos han puesto en esta situación”.

Antes de las elecciones, Rajoy vendía que el PP resolvería la economía como en 1996. Muchos expertos argumentaban que Aznar llegó al Gobierno ese año cuando la recuperación ya estaba en marcha. Ayer, el presidente admitió la gran diferencia: “¿Estamos preparados [el Gobierno] para asumir la tarea? Sí. Podemos hacerlo, sabemos hacerlo y queremos hacerlo. Será difícil, más que la otra vez [1996], pero está a nuestro alcance. No será agradable, pero los españoles están de acuerdo”.

Aunque diga lo contrario, Rajoy es un hombre pendiente de las críticas. Las lee casi todas, aunque siempre trata de ofrecer, también en privado, esa sensación de indiferencia que le caracteriza. Una de las críticas que más le duele es la de indolente, que no toma decisiones. Ayer utilizó los primeros 50 días de su Gobierno para reivindicarse como hombre de acción. “Nadie dirá que no tomamos decisiones. En siete semanas hemos puesto en marcha más reformas que el PSOE en siete años”.

Todo el discurso fue dramático, pero lo más churchilliano fue el final, en el que parecía estar llamando a los españoles a una auténtica guerra: “Saldremos adelante, nos costará, pero lo haremos. No ofrecemos esperanzas, ni siquiera buenos deseos. Ofrecemos convicción. España entera arrimará el hombro. Aceptaremos los sacrificios. Soportaremos las renuncias. Aprovecharemos mejor nuestros recursos. Y no cejaremos hasta que llegue el día en que podamos descansar y sentirnos, ante el mundo entero, orgullosos de nuestro esfuerzo”.

Más información