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Coordinado por Anna Argemí

La (pseudo)ciencia, en el banquillo de los acusados

El libro ‘Los papeles de Monsanto’ denuncia una “dictadura tecnocientífica” impuesta por grandes conglomerados industriales

Imagen de archivo de varios envases de RoundUp, de Monsanto, expuestos en una tienda de Encinitas, California, en 2017.
Imagen de archivo de varios envases de RoundUp, de Monsanto, expuestos en una tienda de Encinitas, California, en 2017.Mike Blake (Reuters)

Al acabar la lectura de Los papeles de Monsanto (editorial Octaedro, 2022), de Gilles-Éric Seralini, me entró vértigo existencial. Tengo la impresión de que el suelo, que parece estable, en realidad se mueve bajo mis pies. ¿Quién dice la verdad y quién miente? El Roundup, un producto vendido durante décadas por Monsanto ¿es un herbicida inocuo para la salud y, por lo tanto, apto para la venta? ¿O es en realidad el causante de enfermedades graves como el cáncer para quienes lo utilizaban?

En julio del 2020, un tribunal de California dio la razón a Dewayne Johnson, un jardinero de 48 años aquejado de un cáncer terminal, y condenó a la compañía Monsanto porque entendía que el Roundup había contribuido “considerablemente” a su enfermedad. La farmacéutica Bayer, que era ya por aquel entonces la nueva propietaria de la extinta Monsanto, fue condenada a pagar a Johnson 20,4 millones de dólares, algo más de 19 millones de euros, en concepto de indemnización.

Un árbol no hace un bosque, evidentemente. Una historia particular no tiene por qué convertirse en generalización. Pero el caso es que, en el año 2020, eran ya 100.000 personas quienes habían interpuesto demandas contra Monsanto por las mismas razones que Dewayne Johnson. Leo en el libro que ese mismo año, Bayer se vio forzada a firmar un acuerdo de 10.000 millones de euros para que esos 100.000 demandantes cesaran sus acusaciones. A pesar de ello, varias decenas de miles lo rechazaron y su demanda judicial sigue en pie. ¿Pueden tantas personas equivocarse?

Gilles-Éric Seralini no es un periodista de investigación, sino un experto en biología molecular que ha escrito de manera pormenorizada la historia científica, mediática y jurídica del llamado “escándalo del Roundup”. El libro fue publicado en Francia en el 2020. Llegó a España el pasado mes de marzo y a México en abril. La edición alemana verá la luz también a lo largo de este año.

Portada del libro 'Los papeles de Monsanto'.
Portada del libro 'Los papeles de Monsanto'.Editorial Octaedro

Su autor es uno de los expertos que más artículos ha publicado en revistas científicas sobre la toxicidad y los mecanismos de activación y desintoxicación en mamíferos y humanos, así como en OMG (organismos genéticamente modificados) agrícolas y sus pesticidas. Según explica él mismo en su libro, escrito en colaboración con Jerôme Douzelet, se encontró en medio del ojo del huracán simplemente por querer realizar sus investigaciones, publicar las conclusiones resultantes y querer alertar a la opinión pública sobre las consecuencias nefastas del uso del Roundup.

Poco a poco fue granjeándose, sin buscarlo, la enemistad de colegas de la academia, que le acusaban de crear problemas; la antipatía de políticos, de empresarios y de periodistas, quienes entre todos le echaban en cara no hacer bien su trabajo: es decir, llevar a cabo investigaciones no acordes con los parámetros de la ciencia. Le fueron relegando a paria en vez de reconocerle como una voz más de autoridad.

En un viaje a Inglaterra, se vio incluso obligado a cancelar su agenda. Fue internado de urgencia en el hospital y fue operado en una intervención en la que corrió el riesgo de perder la vida. Los médicos pensaban que no sobreviviría. Y todo porque en el metro de Londres una maleta le dio un golpe en la pierna, lo que le produjo de entrada un cierto escozor al que no dio mayor importancia. Lo cierto es que se debatió entre la vida y la muerte por una “infección por estreptococo de origen desconocido”, según consta en el expediente médico.

Mientras leía Los papeles de Monsanto tenía la impresión a ratos de estar viendo el thriller de Alfred Hitchcock Con la muerte en los talones. Igual que en la película, el ensayo cuenta la historia de una persona normal, considerada por error como excepcional, agente de la CIA en la película y, por lo tanto, enfrentado a una situación extraordinaria: obligado a la defensa propia constante para poder sobrevivir.

Si a lo largo de la historia han prevalecido prejuicios e intereses de orden religioso, político, económico por encima de la verdad científica, ¿por qué debería ser diferente hoy en día?

El crimen de Seralini, según cuenta él, fue querer revelar la verdad y desmontar más de un mito, lo que supone poner en entredicho la buena fe de empresas, políticos, agencias de control de la salud pública, de periodistas. De ahí, el vértigo que sentí. El problema no es solo el Roundup de Monsanto. La pregunta cae por su propio peso: ¿estamos en buenas manos? ¿Podemos confiar ciegamente en las instituciones que nos gobiernan? ¿Quién es el defensor de la ciencia y quién se esconde detrás de la pseudo-ciencia para justificar sus intereses? Seralini escribe afirmaciones muy duras que no dejan casi títere con cabeza. Denuncia que vivimos en una “dictadura tecno-científica” impuesta por multinacionales que imponen su producción en el mercado sin que haya sido verdaderamente demostrada su inocuidad.

Al final del libro, el biólogo carga contra la comunidad científica en general: “Nunca antes la ciencia había sido tan criminal o ciega ante la degradación de la salud y de la Tierra. A pesar de las revisiones de comisiones puestas en marcha, tantas veces demasiado tarde, son los propios expertos científicos los que han justificado la comercialización, masiva y sin pruebas de control adecuadas, de plásticos, pesticidas, detergentes corrosivos para el cerebro fabricados con tabaco, OMG con pesticidas, nanopartículas tóxicas, vacunas mal hechas o mal testadas, disruptores endocrinos y nerviosos”. En este sentido, escribí no hace mucho que la expresión “a ciencia cierta” ha pasado, por desgracia, a la historia.

Tal y como yo lo veo, entre todos tenemos que mantener despierta la conciencia de que la ciencia tiene sus límites, no solo los propios del conocimiento, sino las fronteras que establecen los intereses que la animan y que la financian. ¿Quién ha olvidado que durante siglos se dijo y se insistió que la Tierra era plana y el centro del universo, y que incluso alguien murió en la hoguera por sostener una tesis diferente? Si a lo largo de la Historia han prevalecido prejuicios e intereses de orden religioso, político y económico por encima de la verdad científica, ¿por qué debería ser diferente hoy día?

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